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Índice

Cubierta

Don de lenguas

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Epílogo

Agradecimientos

El gran frío

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Agradecimientos

Azul marino

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Epílogo

Agradecimientos

Créditos

Don de lenguas

A ti, Celia, para siempre en la memoria

Allí estaba Mariona. Blanca, rubia, carnosa y muerta.

Como un hurón enjaulado, Abel Mendoza iba de un lado a otro del monstruoso escritorio levantando pequeñas nubes de polvo al revolver pilas de papeles que no habían sido tocados desde hacía meses. Se volvió hacia los estantes llenos de libros de medicina. Las manos parecían haber cobrado vida propia y se movían enajenadas sacando libros, recogiendo algunos de los caídos al suelo, cerrando los cajones abiertos y abriendo los cerrados.

Finalmente encontró lo que buscaba. En ese momento, con un golpe involuntario del dorso de la mano izquierda, tiró al suelo una calavera de plástico, la mitad de la cual estaba recubierta de músculos y tenía un ojo; la otra, solo tenía los huesos pelados. Las calaveras siempre sonríen, incluso cuando caen al suelo y el impacto hace saltar el globo ocular, que huye dando botecitos como una pelota de ping-pong hacia el cuerpo yaciente.

Levantó la calavera y, a pesar del nerviosismo, o tal vez por ello, no pudo evitar corresponder a su sonrisa. Entonces, el ojo de plástico golpeó el tacón del único zapato que llevaba la muerta. Ese sonido seco y hueco desató el pánico definitivo.

Abel Mendoza abandonó la habitación y salió huyendo por la misma puerta que había abierto con una ganzúa hacía unos minutos.

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—Han asesinado a Mariona Sobrerroca.

Goyanes sonaba neutro, profesional, como siempre. Joaquín Grau se cambió de mano el pesado auricular negro del teléfono para poder frotarse la sien derecha. El dolor de cabeza que tenía desde que se había levantado le había dado un zarpazo en el momento en que el comisario le comunicó la noticia. Ignorante de ese efecto, la voz al otro lado de la línea seguía hablando.

—La encontró muerta su criada esta mañana, al volver después de pasar el fin de semana con unos familiares en Manresa. La casa estaba patas arriba, seguramente un robo.

El dolor de cabeza se hizo más intenso. Grau estiró el brazo para acercar el vaso de agua que su secretaria le había dejado sobre la mesa, cogió un sobrecito de analgésico, se lo metió entre los dientes y lo abrió de un tirón. Echó el contenido en el agua y lo removió con la cucharilla sin hacer ruido. Se lo bebió de un trago y después interrumpió a su interlocutor:

—¿Quién va a llevar el caso?

—Se lo he dado a Burguillos.

—No. No me convence.

Al otro lado del teléfono se oyó un resoplido. Grau lo ignoró y le ordenó:

—Quiero a Castro en ese asunto.

—¿Castro?

—Sí, Castro. Es el mejor que tenéis.

Goyanes no podía más que asentir.

—Está bien —concedió, pero sonaba contrariado.

El fiscal reaccionó con irritación.

—Y espero resultados pronto. En un mes tenemos aquí el Congreso Eucarístico y quiero la ciudad limpia. ¿Queda claro?

—Clarísimo.

Tras colgar el teléfono, analizó la conversación. Había tomado la decisión correcta. Castro era uno de los inspectores más capaces de la Brigada de Investigación Criminal, por no decir el más capaz. Y le era absolutamente leal. De Goyanes no estaba tan seguro, porque, aunque en esta ocasión el comisario de la Brigada de Investigación Criminal le había mostrado una vez más el grado necesario de sumisión, desde hacía un tiempo Grau no estaba seguro de poder fiarse de Goyanes y de sus hombres más próximos, como el inspector Burguillos.

Su puesto en la fiscalía de momento no se tambaleaba. De momento. Pero era consciente de que sus enemigos eran muchos, cada vez más. Además eran astutos. Los sabía capaces de esperar escondidos en las sombras hasta ver llegar una ocasión propicia. Tenía que estar atento. Goyanes obedecía, pero lo había notado aún más distante de lo que era habitual en él. ¿O eran imaginaciones suyas? Tenía que estar atento, en guardia, como siempre. El león que da el primer zarpazo suele ser el ganador.

Implacable, así le gustaba definirse a sí mismo. Como en la guerra, cuando era juez militar, cargo donde destacó por su capacidad y prontitud a la hora de dictar sentencias de muerte. Por eso, cuando después de la guerra el Régimen designó personas de confianza para la nueva Administración de Justicia, lo nombraron fiscal en Barcelona. La labor empezada en la guerra no había terminado, aún quedaba mucho por hacer. Él seguía siendo implacable.

Se recostó en el asiento y miró la pila de cartas sobre su mesa. Nunca había permitido que las abriera su secretaria, del mismo modo en que no había dado pie a la más mínima aproximación. Si bien él se había informado bien sobre quién era la persona a su servicio, ella no sabía absolutamente nada que no tuviera que saber sobre su jefe. Ni ella ni nadie. No entendería nunca la necesidad de las personas de contar historias personales a los demás, de abrir gratuitamente flancos de ataque al enemigo.

Su vista seguía clavada en los sobres intactos. Aún experimentaba un ligero malestar al encontrar la correspondencia diaria encima del escritorio. Después de la huelga de usuarios del tranvía de la primavera del año pasado, durante varias semanas había abierto las cartas con algo de temor. El boicot de la población a la subida de los billetes del transporte público y la huelga general que siguió habían costado muchas cabezas. En primer lugar, la del gobernador civil de Barcelona, a quien siguió de inmediato la del alcalde. Dos funcionarios de la Falange acabaron en la cárcel porque no mostraron excesivo entusiasmo por enviar sus unidades a llenar los tranvías para acabar la huelga. Otros falangistas de la vieja guardia habían perdido también sus puestos. Nadie podía estar seguro de conservar su posición.

Cogió al azar una de las cartas, un sobre de papel bueno que desgarró con un golpe seco del abrecartas con empuñadura de acero. Era una invitación a una recepción oficial. Por supuesto que iría, aunque solo fuera para no darles oportunidad de murmuraciones e intrigas a sus espaldas. Sí, estaba en guardia.

Y ahora el asesinato de la Sobrerroca. Mariona Sobrerroca muerta. La había conocido y tratado en eventos sociales; también a su marido, ya fallecido, el doctor Jerónimo Garmendia. ¡Qué vueltas da la vida! En dos años la magnífica mansión en el Tibidabo había quedado deshabitada. Así de rápido los había alcanzado la guadaña de la muerte. «Me estoy poniendo melancólico» pensó. «Eso no es bueno, melancolía y dolor de cabeza son una mala combinación». Para ambos solo había una solución, mantener la cabeza fría. La muerte de Mariona Sobrerroca solo significaba trabajo, era un caso, una investigación policial. Que implicaba también husmear entre la burguesía barcelonesa. Eso, por una parte, podría ser complicado. A saber con qué se iban a encontrar. Siempre que se investigaba un asunto, daba lo mismo dónde, salían a la luz trapos sucios. Era como trabajar de pocero, siempre se acababa sacando mierda. Y a esta gente, como a cualquiera, no le gustaba que se mirara en sus cloacas y, dado que estaban bien relacionados, había que tratarlos con guantes de seda, porque enseguida hacían llegar sus quejas y, sobre todo, sabían a quién hacérselas llegar. Después habría que esperar que los resultados de la investigación fueran satisfactorios. Quizá, como en otras ocasiones, habría que ocultar un par de cosas, y no estaba muy seguro de que un asunto de esas características le fuera a reportar apariciones públicas destacables.

¿O tal vez sí?

Cogió el teléfono y marcó el número de Goyanes.

Le dijo lo que quería sin preámbulos:

—Quiero que este caso reciba un tratamiento prioritario en la prensa.

—¿Por qué?

—Porque es importante mostrar al mundo que en este país el crimen se persigue y castiga de forma eficaz.

Si Goyanes creía o no esas frases tomadas del discurso oficial, le daba lo mismo. Grau sabía que tenían la propiedad de ser incontestables.

—¿Qué quiere decir prioritario? —quiso saber el comisario.

—Que se lo vamos a dar en exclusiva a un periódico, a La Vanguardia.

—¿A esos? ¿Por qué precisamente a ellos? Recuerde lo que pasó con la información del caso Broto…

—Justo por eso. Esta vez, como única fuente oficial, no podrán ponerse a especular.

Esta conversación fue aún más breve que la primera.

Después echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos con la esperanza de mitigar algo el dolor, que ahora se hacía sentir como una pulsación en los oídos.

Por otra parte, se dijo, recuperando el hilo de pensamiento que había interrumpido para llamar al comisario, era muy probable que gracias a las pesquisas llegara a sus manos alguna que otra información interesante que se ocuparía bien de conservar y usar cuando fuera menester. Quizá incluso obtuviera informaciones que podrían ayudarle a resolver algunos de sus pequeños problemas.

Empezó a notar un ligero alivio.

2

A las nueve de la mañana, mientras contemplaba con ojos adormilados la taza de café medio vacía, Ana Martí oyó el teléfono en la escalera. El aparato estaba en un hueco, debajo del primer tramo, metido en un cajón con una puerta de rejilla cerrada con un candado. La llave solo la tenían Teresina Sauret, la portera, y los Serrahima, los vecinos del principal, que eran los dueños del edificio. Cuando el teléfono sonaba, la portera lo cogía y se encargaba de avisar al vecino a quien iba dirigida la llamada. Si le apetecía, porque a veces no le venía en gana. Las propinas o los aguinaldos de Navidad, tanto la expectativa de recibirlos como la generosidad con que se hubieran presentado, la animaban a subir las escaleras.

Ese día seguramente la posibilidad de reclamar los dos meses de alquiler que debía Ana le concedió más agilidad a sus piernas y poco después de que el sonido estridente del aparato la hubiera sacado de su piso, la portera ya había subido hasta el tercero, que con el principal era un cuarto, y aporreaba la puerta.

—Señorita Martí, teléfono.

Abrió. Teresina Sauret, plantada en mitad de la puerta, le bloqueaba la salida. Por el espacio que no cubría su cuerpo rechoncho embutido en una bata de felpa entró un aire frío y húmedo. Ana estiró la mano para coger el abrigo, por si la llamada era larga, y las llaves para cerrar e impedir miradas curiosas de la portera. Esta debió de pensar que buscaba el dinero y se hizo a un lado. Ana aprovechó el hueco para salir del piso y cerrar la puerta. Dejó a la portera a pocos centímetros de la madera con la cara a la altura de la mirilla de bronce redonda como un ojo de buey. Las de las otras tres puertas brillaban a la luz de la bombilla que colgaba desnuda del techo del rellano. No había lámparas en los pasillos de las plantas de alquiler, solo en la entrada del edificio y en el principal, para las visitas de los Serrahima; que los inquilinos de los pisos de alquiler no las tuvieran y lo que estos pudieran opinar traía sin cuidado a los dueños de la casa.

La portera masculló algo; no sería ni bonito ni agradable, pero Teresina Sauret tomaba la precaución de no decirlo demasiado alto para que si alguien en la casa lo escuchaba no lo entendiera y, con todo, a ella, a la morosa, le bastara percibir el tono para entender el mensaje.

Mientras tanto, Ana bajó corriendo las escaleras, llegó al hueco y cogió el pesado auricular de baquelita que la portera había dejado apoyado en la caja.

—¿Diga?

—¿Aneta?

Era Mateo Sanvisens, jefe de redacción de La Vanguardia.

—¿Conoces a Mariona Sobrerroca?

¿Cómo no iba a conocerla? Llevaba casi dos años escribiendo notitas de sociedad, a la fuerza tenía que conocerla. Viuda de un médico de postín, pubilla de un antiguo linaje catalán, era parte del elenco fijo en todas las fiestas importantes de la ciudad.

—Claro —respondió.

Después de separarse de la puerta, Teresina Sauret había iniciado el descenso y ralentizaba el paso para poder captar parte de la conversación. Los pies se acercaban con una lentitud exasperante.

—Pues ya no la conoces, la conocías.

—¿Y eso?

—Está muerta.

—Y necesitáis la necrológica para mañana… —empezó a decir.

Las líneas del texto ya se escribían en su cabeza, «Nos ha dejado la ilustre Mariona Sobrerroca i Salvat, viuda de Garmendia, gran benefactora de…». Sanvisens le arrancó de un golpe la máquina de escribir de la cabeza.

—Aneta, hermosa, ¿eres boba o te has atontado de ir demasiado al Liceo? ¿Crees que te llamaría yo para una necrológica?

Llevaba suficiente tiempo también haciendo de negro para el periódico como para saber cuándo no había que responder a la preguntas de Sanvisens. Aprovechó el silencio para despedirse con una inclinación de la cabeza de la portera, quien por fin había logrado alcanzar el último peldaño. Teresina Sauret se metió en su casa. El roce de sus zapatillas se detuvo, como era de esperar, justo detrás de la puerta.

—La han asesinado.

Sobresaltó a la portera con la exclamación que se le escapó al escuchar estas palabras, porque se oyó un golpe en la puerta. «Ojalá se haya dado un buen cabezazo», pensó Ana.

—Me gustaría que siguieras el asunto. ¿Quieres?

Se le acumularon muchas preguntas. ¿Por qué yo? ¿Por qué no lo hace Carlos Belda? ¿Qué dice la policía? ¿Qué quieres que haga? ¿Por qué yo? Se le acumularon tantas preguntas que solo dijo:

—Sí.

Mateo Sanvisens le pidió que fuera de inmediato a la redacción.

Colgó. Subió a zancadas hasta su piso, se puso unos zapatos de calle, cogió el bolso y se lanzó escaleras abajo. Teresina Sauret estaba cerrando la puertecilla del teléfono.

—¡Qué modos! ¡Vaya carreras! —escuchó mientras salía corriendo a la calle en dirección a la Ronda.

Pasó de largo sin mirar la pintada que había estampado el rostro de José Antonio sobre unas letras de molde que proclamaban «¡Presente!», contra cuyo vandalismo nadie se había atrevido a protestar por temor a significarse. Como no venía ningún tranvía en dirección a la plaza de la Universidad, prefirió no esperar e ir a pie. Caminó tan rauda hasta la calle Pelayo, que pronto dejó de notar el fresco en las piernas. En la redacción del periódico esperaba que Sanvisens diera respuesta a sus preguntas. Tal vez incluso a la pregunta de por qué la había llamado a ella y no a Carlos Belda, que era quien siempre se encargaba de las noticias de sucesos.

—Carlos está enfermo. Estará de baja por lo menos una semana, si no dos —le dijo Sanvisens después de saludarla y mirar el reloj como si hubiera cronometrado el tiempo desde la llamada.

Solo por cortesía, ella preguntó:

—¿Qué tiene?

—Unas purgaciones. Se las han tratado con penicilina y le ha hecho reacción.

—Igual lo que estaba mal era la penicilina.

No hubiera sido algo tan extraño. Había más de un caso de penicilina y de otros medicamentos adulterados que habían dejado un rastro de muertos y enfermos crónicos. Adulterar penicilina estaba penado con la muerte. También se castigaba hacerlo con el pan o con la leche. Pero se hacía.

—Igual sí —dijo el redactor jefe.

Mateo Sanvisens no era un hombre especialmente aficionado a la conversación trivial. Era parco en palabras, adusto —seco, decían algunos— como su cuerpo, el cuerpo fibroso de un alpinista veterano con las manos llenas de aristas como talladas por un cincel. En su juventud había llegado a escalar varios picos altos de los Alpes y conocía los Pirineos, de donde era originario, mejor que los contrabandistas. Tenía en el despacho imágenes de algunos de los picos más altos del mundo, entre ellas una del Everest.

—La montaña más alta, aunque tal vez no la más difícil. Eso es algo que muchas veces averiguas cuando ya estás subiendo. Esta caerá pronto —solía decir.

Al lado estaba la página enmarcada de La Vanguardia en la que se daba la noticia de la coronación del Annapurna por parte de una expedición francesa, hacía dos años, en 1950.

En cuanto Ana se hubo acomodado frente a su escritorio, Sanvisens pasó enseguida a darle informaciones sobre el asunto:

—La criada de Mariona Sobrerroca la encontró muerta ayer en su casa.

—¿Cómo la mataron?

—Le pegaron y después la estrangularon.

—¿Con qué?

Se avergonzó del hilito de voz con que le salió la pregunta, pero la creciente excitación le había atenazado la garganta.

—Con las manos.

Sanvisens imitó el movimiento de estrangulación.

En pocas palabras se habían resuelto el cómo, el dónde y una parte del cuándo.

—¿De verdad se va a cubrir la noticia? —preguntó.

Las noticias de asesinatos no eran bien recibidas por los censores. En un país en el que se suponía que imperaban la paz y el orden, los crímenes locales no debían cuestionar esa imagen. Había claras consignas al respecto, pero también, como en todo, excepciones. Parecía que ese asunto iba a ser una de ellas.

—No se puede ocultar. Mariona Sobrerroca es demasiado conocida y su familia, sobre todo su hermano, tiene las mejores relaciones tanto aquí como en Madrid; por eso las autoridades consideran que es mejor que se dé cuenta de las labores de investigación y se muestre con ello la efectividad de las fuerzas del orden.

Las últimas palabras sonaron como si estuvieran entrecomilladas. Ana captó la ironía.

—¿Y si resulta que la ha matado alguien próximo a ella, alguien de la alta sociedad? —preguntó.

Por la mente de Ana cruzaron, como si pasara las hojas de un álbum, una serie de fotos de Mariona Sobrerroca en las páginas de sociedad: vestida de gala en el Liceo junto a las esposas de altos cargos políticos de la ciudad; llevando regalos de Reyes a los niños del Auxilio Social en compañía de varias dirigentes de la Sección Femenina; en una puesta de largo; con un grupo de señoras en la fiesta de la banderita de la Cruz Roja; en bailes, conciertos, misas solemnes…

—Pues sería un ejemplo de que todos somos iguales ante la ley. —El tono irónico no desaparecía de la voz del periodista—. Pero no creo. Parece que ha sido un robo. Sea lo que sea, vamos a informar sobre ello. En exclusiva.

Hizo una pausa mientras buscaba algo en su escritorio con la mirada.

—El caso está en manos de un especialista, el inspector Isidro Castro, de la Brigada de Investigación Criminal.

Isidro Castro. Aunque no lo conocía personalmente, no sería la primera vez que escribiría sobre él, pero sí sería la primera en la que lo haría abiertamente. Castro había resuelto algunos casos importantes en los últimos años.

Recordaba concretamente uno de ellos, la desaparición y posterior asesinato de una enfermera del hospital de San Pablo, porque ella había redactado los textos que después había firmado Carlos Belda.

Castro había cazado uno tras otro a los asesinos. El primero delató a un cómplice, quien a su vez acusó al tercero. Una cadena de delaciones no muy larga, pero, aunque hubieran sido diez los eslabones, Castro hubiera conseguido enlazarlos todos. Los métodos de la policía eran brutales y efectivos y el inspector, en los años que llevaba en Barcelona, se había ganado la fama de ser el mejor. Pronto lo iba a conocer. ¿Qué aspecto tendría? ¿Cómo sería el artífice de «la magnífica labor de pesquisa llevada a cabo por la Brigada de Investigación Criminal», como ella misma había escrito en el artículo? Sin formulaciones de este estilo no era posible informar sobre crímenes nacionales. El crimen estaba para resolverlo y reinstaurar el orden, el estado natural del país. Había hecho un buen trabajo. Las cosas, aunque se hagan para que otro se atribuya los méritos, hay que hacerlas bien. Tal vez Sanvisens, aunque nunca se lo hubiera dicho, lo había apreciado y ahora se lo recompensaba con esta oportunidad.

El redactor jefe había abandonado su intento de encontrar algo con una simple inspección ocular y revolvía ahora todavía más los papeles, periódicos y cuadernos que cubrían la mesa. Ana sabía que buscaba algo para ella.

Le debía mucho a Sanvisens y a la amistad que lo había unido a su padre antes de que las diferencias políticas los hubieran distanciado de forma irreversible. Desde que su padre había salido de la cárcel y había sido depurado, no se habían vuelto a hablar y ni nombraba a su antiguo compañero de redacción; incluso se enfadaba con Ana si se le ocurría mencionarlo. Por su parte, ella se empeñaba en alejar de su mente la suspicacia de pensar que su trabajo en el periódico fuera una forma de compensación porque Sanvisens estaba donde debería haber estado su padre. Cuando le ofreció la primera colaboración, ella pidió «permiso» a su padre para aceptarla. Con la frase «somos una familia de periodistas» se lo concedió de manera tácita. El nombre de Mateo Sanvisens siguió siendo tabú.

Y ahora, por fin, podía hacer periodismo serio, escribir sobre un caso de asesinato. La sorpresa y la pregunta «¿por qué yo?» debían de leérsele en la cara, puesto que Sanvisens, que en ese momento extraía un papelito de una pila de cartas, la miró y le dijo:

—¿No es eso lo que siempre has querido? Pues es tu oportunidad, aprovéchala.

Como en el teatro o en la ópera, el sueño de todo sustituto es una faringitis de la primera figura. Es el momento de salir a escena, con el papel bien aprendido de tanto verlo detrás de las tablas, salir y deslumbrar.

Ya había recibido muchas respuestas, pero se le ocurrió una última pregunta:

—¿Firmaré…?

Sanvisens parecía haberla esperado:

—Sí, lo que escribas lo firmarás tú.

Le leyó la nota que sostenía en la mano:

—Y ahora ponte en marcha. Tienes que presentarte a las once en la Jefatura Superior de Policía. No olvides el documento de identidad. Olga te está preparando una acreditación.

De pronto, Ana cayó en la cuenta de adónde tenía que ir concretamente:

—¿En Vía Layetana?

—Sí. Eso es lo que he dicho. ¿Pasa algo?

—No, no. Era para estar segura.

En ningún caso iba a reconocer ante él que, como tantos, temía ya la sola mención de ese edificio. Sanvisens la miró con cierto recelo y Ana apartó la vista para evitar que él albergara dudas respecto a su idoneidad para el trabajo. Tenía que salir a escena y deslumbrar, aunque el escenario fuera uno de los más amenazadores de la ciudad. Era su oportunidad. «Ritorna vincitor», decía el aria de Aida que empezó a sonar en su cabeza.

—A las once, Vía Layetana —repitió ella como si tomara nota mentalmente.

—El inspector Isidro Castro te estará esperando —añadió Sanvisens.

Trató de darle las gracias, pero Sanvisens no se lo permitió:

—Hazme un favor, Aneta: cuando salgas, localiza al botones y dile que vaya a la farmacia a buscarme unos sobrecitos de magnesia.

Después de llevarse la mano al estómago a modo de explicación, Sanvisens se dio media vuelta y empezó a aporrear la máquina de escribir. Por eso no pudo preguntarle si Isidro Castro sabía que la persona que iba a cubrir la noticia era una mujer.

Una mujer que después de dar el recado al botones estaba tan eufórica que sin darse cuenta dijo en voz alta:

—Esta vez la muerta sí que tiene nombre.

No como en la broma macabra que le había gastado Carlos Belda cuando llevaba pocos días colaborando en el periódico.

Se acordó de la rata. Una rata muerta que yacía hinchada sobre uno de los escalones, la cola rosada colgando hasta tocar el peldaño inferior. Nadie se había molestado en apartarla, ni los policías, ni los empleados de la funeraria, tampoco ninguno de los curiosos que subían a echar un vistazo. Alguien acabaría pisándola.

La mujer muerta sobre la que se suponía que tenía que escribir una nota estaba en el primer piso de un edificio abandonado en Arco del Teatro, una calle que desembocaba en la parte baja del Paralelo y por la que se llegaba a la zona más mugrienta del Barrio Chino. Unos niños habían descubierto el cuerpo envuelto en una vieja manta.

Ella no llegó a verlo, pero no era necesario. Había visto el hueco en el que la mujer había tratado de guarecerse del frío, una caja de madera, parte de lo que había sido un armario ropero. Como si se hubiera enterrado en vida.

—¿Era mayor?

Había preguntado Ana a uno de los agentes que encontró en el inmueble.

—Los cuarenta tendría, pero muy vividos.

El caso resultó ser una jugarreta de Belda, que sabía que este tipo de informaciones no solían ser publicadas, que las notas sobre los cadáveres que la policía levantaba cada semana de viviendas abandonadas o de las casas de dormir, en las que por las noches se refugiaban los cientos de indigentes que pululaban por la ciudad, no pasaban la censura. Todo había sido para nada. El olor a orines y a podredumbre en la calle, en el edificio, en el piso. Las caras depauperadas de unos, abotagadas de otros, los perros que trotaban despavoridos por las aceras huyendo de críos sucios y canallas.

El simple hecho de que Belda hubiera sido quien le había ofrecido la oportunidad de ir en persona al lugar del suceso debería haberla puesto en guardia. La humillación de haber caído con tal inocencia en la trampa le dolía más que la frustración que sintió cuando se dio cuenta de que no iba a poder escribir nada sobre ello.

Belda la aguardaba en la redacción de La Vanguardia como los niños que el Día de los Inocentes apenas pueden contener la risa al ver el monigote de papel colgando de la espalda de sus víctimas. Nadie en la redacción se había opuesto con tanta vehemencia a que ella empezara a colaborar en el periódico. De eso hacía ya más de un año, pero él seguía sin aceptarlo.

Para llegar a su escritorio, Ana tenía que pasar por delante del de Belda. Ese día, al volver a la redacción, él esperó a tenerla lo bastante cerca, levantó la vista, se quitó el cigarrillo de los labios y con fingida decepción le dijo:

—¿Así que te perdiste el fiambre? Pero igual puedes escribir una crónica sobre la última moda de las putas del Barrio Chino.

Soltó una carcajada y miró a su alrededor buscando el aplauso de los compañeros que seguían más o menos voluntariamente la escena.

Captó un par de risitas, que se convirtieron en risotadas al escuchar la respuesta de Ana:

—Sobre la ropa interior que llevan seguro que estás tú mejor informado.

Se dio media vuelta y lo dejó primero con la boca abierta y después profiriendo improperios que solo cesaron cuando apareció Mateo Sanvisens.

Su primer caso había sido, pues, una muerte sin cadáver, de la que solo quedaría constancia en las actas de algún juzgado, archivada junto a otros desgraciados encontrados muertos esa misma semana. Otra muerta anónima.

Ahora, en cambio, la esperaba una muerta con nombre, con mucho nombre.

3

—Mire, al final Ruiz me compró el cacharro ese de plata. Ya puede estar contenta de haberlo perdido de vista, que solo servía para coger polvo.

Encarni puso el cesto de la compra sobre la mesa. Estaba contenta. Ruiz, el de la casa de empeños, le había pagado bien por el centro de mesa y había podido hacer una buena compra. El cesto rebosaba. Seguro que la señora le decía que podía llevarle algo a su madre.

—Bien —le respondió la señora, pero Encarni notó que no le había prestado atención. Estaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de café delante, en la mano sostenía la boquilla con la punta de un cigarrillo. Seguramente el café y el cigarrillo eran su desayuno y eso que ya eran las doce del mediodía.

Empezó a sacar las cosas del cesto haciendo el mayor ruido posible: estrujó el papel de periódico para que crujiera, hizo que dos botellas chocaran entre sí antes de depositarlas pesadamente en el suelo. Le gustaba que las cosas hicieran ruido, el tintineo de los cubiertos al meterlos en el cajón, el chirrido de los cajones de los numerosos armarios cuando tiraba de ellos, los golpes de las tapas contra las cacerolas.

El ruido era, además, práctico cuando quería llamar la atención de la señora.

Esta se volvió hacia ella, su mirada regresó de la lejanía y se fijó en Encarni:

—¿Cuánto te ha pagado Ruiz?

—Me ha dado noventa pesetas.

—Bien. —La señora sonrió entonces—. Me parece mucho.

Encarni sonrió complacida. Estaba orgullosa de su habilidad para negociar, pero le pareció más elegante aceptar el cumplido sin comentarios, como si nada; por eso cambió de tema:

—¿Sabe qué? Arriba, en el Tibidabo, han encontrado una muerta.

¿La escuchaba todavía la señora Beatriz? No se podía saber. Si estaba pensando otra vez en los papelotes polvorientos y en las fichas amarillas que tenía en el escritorio, no valía la pena contarle nada. Sería lo mismo que hablar con la pared o con el perchero. Pero la señora levantó la cabeza; por lo visto quería saber más. Encarni siguió:

—Una viuda rica. Una cosa horrible. El de los pollos ha dicho que fue una auténtica carnicería. Todo lleno de sangre. ¡Qué horror!

Se dio la vuelta para meter en la nevera la media libra de mantequilla que había comprado. Antes de guardarla, la sacó del papel, la olió para comprobar que no estuviera rancia y puso la barrita en una mantequillera de porcelana.

—La encontró la criada. La pobre. Tenía libre, volvió y allí estaba la viuda. Tiesa. Menos mal que no me ha pasado a mí.

—¡Mira tú, qué suerte! Sobre todo para mí.

La señora sonaba divertida. Todavía llevaba puesto el albornoz. El pelo rubio estaba envuelto en un turbante, un mechón húmedo se le escapaba por un lado. Otra vez se había quedado hasta las tantas con sus libros.

Encarni sonrió.

—Perdone, señora profesora. Pero imagínese, en la pescadería del Fermín dijeron que la pobre chica casi se muere de un ataque al corazón.

Encarni hizo una pausa para que la siguiente frase tuviera más efecto:

—Pero lo peor es lo del ojo…

La señora se inclinó hacia delante y se sacudió algo de ceniza de la manga. Encarni suspiró. Le iba a hacer otro agujero al albornoz. Parecía que no le importaba demasiado, aunque seguro que había costado su buen dinero. Seguramente se lo había comprado antes de la guerra, esos modelos ya no se veían hoy en día. Si lo quisiera, la señora podría ir muy elegante, pero, no, al final acababa poniéndose cualquier cosa que sacaba de los enormes armarios. En uno de ellos había incluso una sotana.

—Era de mi tío Lázaro —le había dicho la señora cuando le preguntó por ella.

—¿Y qué hace aquí?

—Ni me acuerdo.

—El cura de mi pueblo hubiera vendido su alma por una sotana de esta calidad.

—¡Encarni! —La señora Beatriz fingió escandalizarse—. Pues si quieres, se la mandamos.

—Es mucho gasto, déjelo.

Respondió evasiva para no contarle que aún recordaba con vergüenza que el cura de su pueblo, El Padul, en Granada, la había llamado «perra en celo», señalándola durante el sermón en la iglesia, porque la tarde anterior la había visto besando a su novio. Si no se hubiera tratado de una sotana y la tela no hubiera sido tan buena, habría hecho trapos para limpiar el polvo con ella. Encarni entendía de ropa. Ella y su hermana estudiaban los escaparates del paseo de Gracia los domingos por la tarde.

—A la muerta le arrancaron un ojo que cayó rodando por el suelo.

Encarni cogió una naranja que se le había caído y que rodaba por las baldosas de la cocina. La metió en un frutero.

—¿El ojo rodaba por el suelo?

—Eso me contó la de la frutería y mientras tanto, como quien no quiere la cosa, me coló una manzana pocha.

Sacó la manzana y la puso en la mesa, delante de la señora. Pareció que también iba a empezar a rodar, pero la mano de Encarni la frenó y la depositó con un gesto enérgico al lado de la taza de café.

—Mire, las cuatro perfectas. «Déjamelas ver», le he dicho a la frutera, «que la última vez había una pasada». «Pero, mujer, por el amor de Déu», me ha dicho, «tampoco es para ponerse así. Es que esto del asesinato me tiene esfereída».

Encarni imitó la forma de hablar y el acento catalán de la vendedora.

—¡Pamplinas! Cuenta sus historias solo para que los clientes no se fijen y poder venderles manzanas podridas y naranjas mohosas.

—¿Lo puedes repetir?

—¿Qué?

—Lo de mohosos.

—¡Ay, señora! No empiece otra vez con lo de las «zetas» —se lamentó Encarni, aunque con poca convicción.

No olvidaba que debía a las zetas su trabajo en casa de la señora.

Llevaba casi dos años trabajando en su casa, desde que una tarde se sentó agotada en uno de los bancos circulares del paseo de Gracia. Iba desde primera hora de la mañana de casa en casa en busca de una colocación. Estaba tan cansada que no se fijó en la mujer que estaba sentada a su izquierda hasta que esta sacó una cajetilla de fósforos del bolso y encendió un cigarrillo que había encajado en una larga boquilla negra. Una mujer fumando en la calle. Pero no era una buscona, se veía elegante, la ropa un poco anticuada, le calculó más de cuarenta, pero cuarenta de rica, que desgastan menos que cuarenta de pobre. Tenía un libro en el regazo. Después de encender el cigarrillo, sostuvo la boquilla con la mano libre y siguió leyendo. Una mujer fumando y leyendo; no pudo reprimir la curiosidad:

—¿Es bueno?

La mujer se volvió sorprendida.

—¿Perdón?

—No, nada, que digo que si es bueno el libro que está leyendo.

—Mucho. Es la Introducción a los dialectos franceses de Dauzat.

—Vaya. Pues suena bien —dijo, apocada por la oscuridad del título.

Esperaba que la mujer volviera a la lectura, pero no lo hizo, sino que le preguntó:

—¿Usted es andaluza, verdad?

—Sí, señora.

—De Granada, si no me equivoco.

—Sí. De un pueblo que…

—¡Ya me imaginaba yo que tenía que ser de Granada! ¿De la capital o de los alrededores, verdad?

—De cerca de la capital, de un pueblo, El Padul, que… ¿Cómo lo ha sabido?

—Por las eses. Mejor dicho, por las eses que no pronuncia, por el ceceo.

La mujer le contó entonces que su forma de pronunciar las eses era propia del habla de Granada. Se expresaba con tal entusiasmo que Encarni pensó que no era muy normal, aun así respondió de buen grado la siguiente pregunta:

—¿Lleva mucho tiempo en Barcelona?

—Un par de añitos. Vivo en Monchuí.

No le quiso contar que en un barrio de barracas, pero esto le recordó por qué estaba allí, para salir de él de una vez.

—Oiga, ¿no necesitará usted una muchacha para la casa?

La mujer la miró de arriba abajo. Encarni la dejó hacer, pero levantó la barbilla con orgullo. Iba limpia y si la ropa tenía zurcidos, los llevaba por lo menos bien hechos.

—La verdad es que me vendría muy bien porque tengo mucho trabajo, pero no le puedo pagar mucho.

—Comida, techo y lo que me pueda dar. Con eso me conformo.

—¿Cuándo podría empezar?

—Mañana mismo.

La dirección que le dio la mujer estaba en una zona bien de la ciudad, la rambla de Cataluña. Encarni se alegró al saber que no había hombre en la casa, pero le dio pena que no hubiera niños.

Al día siguiente se presentó en la casa de la señora Beatriz Noguer y se enteró de que era una profesora que no ejercía por algo de política, pero que escribía libros. También libros sobre cómo la gente pronunciaba las palabras en diferentes partes del mundo.

Sí, a las zetas les debía mucho, por eso, cogió una de las manzanas, la levantó y le dijo a la señora:

Mansanaz podridaz y naranjaz mohozaz.

Había trastocado todas las eses y zetas. La señora se echó a reír.

Encarni desempaquetó el pollo. Era un poco magro, pero había regateado bien el precio. Y se había fijado en que le pusieran todos los despojos.

—El de la pollería dice que fueron los masones. Necesitan los ojos para sus rituales. Los secan a fuego lento, como las ciruelas pasas o las setas. Después los cortan en rodajas. Prefieren los ojos azules, dice el de la pollería.

—Entonces estamos fuera de peligro —le respondió la señora.

—Pues sí. A no ser que los masones cambien de opinión y de pronto empiecen a coger ojos castaños.

Según parecía, siempre eran los masones los que tenían la culpa de todo. Lo más probable era que ni existieran. Del mismo modo que no existía el hombre del saco, que se llevaba a los niños malos. Y en caso de que los hubiera y necesitaran ojos, no los irían dejando tirados por ahí. El de la pollería solo contaba burradas.

Echó un vistazo a su alrededor. Todas las compras estaban guardadas, todo en su lugar. La señora estaba otra vez distraída mirando el humo de su cigarrillo. Encarni pensó si no sería buen momento para hablarle de lo de la nevera. Parecía estar de buen humor.

La voz de la señora la sacó de sus pensamientos:

—Encarni, ¿había correo para mí?

No, no había ninguna carta en el buzón. Sí, el cartero ya había pasado y había dejado un sobre gordísimo en el buzón de Ramírez, el del segundo. No, no había llegado nada para ella.

La señora se levantó. Parecía descontenta. Adiós, buen humor. Desde hacía varios días esperaba alguna carta. Encarni suspiró y empezó a pelar patatas.

4

Beatriz contemplaba la calle desde la ventana de su estudio. Una densa capa de nubes había cubierto y oscurecido toda la ciudad. Estaba empezando a llover y en la rambla de Cataluña la gente había abierto los paraguas y aceleraba el paso.

Tampoco hoy había llegado la carta. Dio un pequeño empujón al sillón y giró con él. Los títulos de los libros en las estanterías apenas eran visibles. En cambio, los huecos se distinguían a la perfección. Rectángulos oscuros entre los volúmenes encuadernados en piel. Cada vez que su vista llegaba a uno de los huecos sentía una punzada de mala conciencia, pero no se podía evitar. No quedaba otro remedio. Las ediciones antiguas daban más que la cubertería de plata. Pensó brevemente, cuál sería el próximo en caer. ¿Uno de los libros de emblemas? ¿Uno de los Virgilios? Probablemente La consolación de la filosofía de Boecio; la edición que todavía tenía en la estantería había sido impresa en Lyon en 1515. Leída, como todos los libros de su biblioteca, pero en perfecto estado. Tal vez no fuera necesario. Cuando llegara la carta con el mensaje que esperaba… su billete afuera.

En España no podría trabajar en ninguna universidad; ni siquiera en un instituto de Bachillerato. Para poder trabajar necesitaba un certificado que garantizara su adhesión al Régimen. Y no se lo iban a dar nunca. Cuando volvió de Argentina trató de conseguir un puesto en la Universidad de Barcelona. Pronto le dejaron claro que no había sitio para ella en una universidad «limpia de elementos subversivos».

—Lo siento, doctora. Aquí no hay sitio para gente que pretenda socavar los principios del Movimiento —le dijo con sorna uno de los profesores, cuyo rostro le pareció recordar de su época de estudiante en Madrid.

Nunca se había considerado un elemento subversivo, ni siquiera se había interesado especialmente por la política. Pero unos artículos que escribió al principio de la Guerra Civil reivindicando la legitimidad de la República le costaron el exilio y, a su vuelta, el ostracismo académico.

Al regresar de Buenos Aires en 1948, se fue a vivir con su madre al enorme piso familiar de la rambla de Cataluña. Hacía muchos años que había muerto su padre. Se acomodó en su antiguo cuarto. Su madre ya estaba entonces muy enferma. Beatriz le leía novelas en francés y su madre, que la escuchaba con los ojos cerrados, le corregía de vez en cuando la pronunciación.

—Nena, creo que deberías volver a hacer un viaje a Francia.

Después, los intervalos en los que su madre estaba despierta se fueron acortando, los comentarios sobre su pronunciación empezaron a escasear. Al final Beatriz dejó de leer y le canturreaba las mismas canciones con las que su madre la había hecho dormir hacía más de treinta años. Murió el mismo día en el que la selección española de fútbol ganó contra la de Inglaterra, contra la «pérfida Albión», como había dicho en la radio el presidente de la Federación Española de Fútbol. Cuando fue a la habitación de su madre para contárselo y hacerla reír un poco, la encontró muerta en la cama.

Ahora vivía sola en la casa con Encarni. Pero no por mucho tiempo, si recibía por fin la carta y el contenido era el que deseaba. ¿Y si no? Entonces tendría que seguir hibernando.