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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2005 Helen Conrad. Todos los derechos reservados.

ENAMORADA DEL JEFE, Nº 124 - marzo 2012

Título original: The Boss, the Baby and Me

Publicada originalmente por Silhouette® Books

© 2005 Helen Conrad. Todos los derechos reservados.

DE ENEMIGOS A AMANTES, Nº 124 . marzo 2012

Título original: Trading Places with the Boss

Publicada originalmente por Silhouette® Books

© 2005 Helen Conrad. Todos los derechos reservados.

EL DESTINO DEL CORAZÓN, Nº 124 - marzo 2012

Título original: The Boss’s Special Delivery

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicados en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin, logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9010-568-9

Editor responsable: Luis Pugni

Imagen de cubierta: CZALEWSKY/DREAMSTIME.COM

ePub: Publidisa

Raye Morgan

Enamorada del jefe

CAPÍTULO 1

EN ALGÚN momento aquel hombre tendría que marcharse.

Jodie Allman le dedicó su mirada más desagradable a Kurt McLaughlin, director del departamento de márketing de Industrias Allman mientras él seguía hablando tranquilamente con Mabel Norton. Hacía tiempo que había pasado la hora de salida de la oficina y Mabel, con el bolso al hombro, se disponía a regresar a casa. Kurt no miró ni una vez hacia donde estaba Jodie mientras hablaba con la directora del Servicio de Atención al Cliente, pero ella sabía que él sabía que lo estaba mirando, esperando instrucciones.

–Uno… dos… tres –susurraba para sí misma mientras daba golpecitos impacientes con el pie en el suelo. Contar hasta diez era una forma muy primitiva pero también efectiva para controlar su temperamento. Probablemente fuera el momento de buscar un sistema algo más sofisticado, como encontrar el modo de conseguir al hombre de su vida.

–No es tan complicado –se dijo por millonésima vez aquella semana, colocándose un mechón de pelo rubio detrás de la oreja en un gesto de impaciencia–. Mi padre es el dueño de esta empresa. ¿Por qué no puedo hacer que lo despida?

Pero, claro estaba, ni lo había intentado. La idea de ver a Kurt recibir un tirón de orejas era muy reconfortante, pero sabía que verlo salir de la oficina cargando con una caja de efectos personales, implicaría las miradas asesinas hacia ella y llorosas hacia él de un montón de mujeres de la oficina, y eso era otra cosa muy distinta. Jodie no era tan dura e independiente como le gustaba demostrar.

Lo más frustrante era que ella parecía ser la única en darse cuenta de cómo era realmente Kurt McLaughlin. Ni siquiera su familia se tomaba en serio la amenaza que suponía. Todos los trabajadores de la empresa lo adoraban. Medía casi dos metros de estatura, tenía un cuerpo hecho a medida de las fantasías de cualquier mujer y era tan atractivo que todas las mujeres se volvían para mirarlo cuando se cruzaban con él. Su pelo castaño siempre parecía un poco revuelto por el viento y aquellos ojos verdes parecían mirar a una mujer más allá de su cuerpo y penetrar hasta su alma, y esos encantos bastaban para que las mujeres se derritieran ante él sin pararse a pensar en lo que estaría tramando.

Ella había vuelto a la ciudad hacía unas pocas semanas, pero desde que empezó a trabajar para él, se dio cuenta de cuál era su juego. Estaba claro.

De repente, se dio cuenta de que la estaba mirando, aunque seguía hablando con Mabel, y para su asombro, empezó a llamarla con el dedo. ¡Con el dedo!

Era la gota que colmaba el vaso. Ella no iba a ir corriendo hacia él como si fuera un perrito faldero, ni pensaba esperarlo mucho más. Hacía rato que había pasado la hora de salida del trabajo y ellos tres debían de ser las únicas personas en el edificio. Tras lanzarle una última mirada heladora, se giró y echó a andar hacia el ascensor para ir a su despacho a recoger sus cosas.

–¡Espera!

Tardó un momento en darse cuenta de que iba tras ella. Apretó una y otra vez el botón de cierre automático de puertas y estas empezaron a moverse, pero él fue más rápido: se coló en el ascensor y apretó el botón de parada. Ella, terca, volvió a apretar el de cierre de puertas, y él le dedicó una amplia sonrisa cuando las puertas comenzaron a abrirse, pero después se cerraron, se abrieron y por fin se cerraron con un desagradable chirrido. Su sonrisa se esfumó.

–Oh, oh –dijo él, mirándola.

El ascensor subió unos cuatro metros y después se paró quejándose ruidosamente.

–Oh, oh –repitió ella, de acuerdo con él por primera vez.

El silencio hizo presa del ascensor mientras los dos miraban al panel de control esperando alguna señal de vida. Después, Kurt empezó a apretar un botón tras otro sin que hubiera ningún cambio en su situación. Alarmada, Jodie dio un paso adelante y lo imitó, pero los botones parecían estar desconectados.

–Mira lo que has hecho –dijo Kurt con expresión sombría–. Nos hemos quedado atrapados.

–¿Lo que he hecho? –respondió ella, lanzándole una mirada de odio–. Fuiste tú el que se coló en el ascensor y lo paró.

–Tenía que hacerlo. Intentabas escaparte.

–¿Escaparme? –respiró profundamente para contener la respuesta que deseaba darle.

«Calma. Tienes que permanecer tranquila. Al fin y al cabo, es tu jefe».

–Llevaba siglos esperándote mientras hablabas con Mabel Norton como estuvieseis tratando el asunto más importante del día.

–Lo era. Era lo más importante del mundo en mi escala de valores –su expresión se dulcificó–. Buscaba consejo para encontrar una guardería para Katy.

–Oh –ella hizo una mueca, sabiendo lo mucho que quería a su hijita.

–Me está costando encontrar a alguien que la cuide durante el día. ¿No conocerás a nadie que esté buscando un trabajo como canguro?

Ella dio un paso atrás, levantando las manos.

–Lo siento. No sé nada de bebés y de nadie que quiera cuidarlos.

–Sí, ya me di cuenta de que no te gustaban mucho los niños desde el principio –dijo él con aspereza.

Eso la sorprendió. No sabía qué había hecho para darle esa impresión, y algo en el modo en que la miraba hizo que se sintiera incómoda. Pero era cierto, se sentía incómoda con los bebés.

Pero ése no era el mayor de sus problemas en aquel momento. Estaban atrapados en un viejo ascensor de un edificio que debía haber sido demolido hacía años, pero que había sido catalogado como edificio histórico de la ciudad de Chivaree, en un condado ganadero del estado de Texas. Algo así no debía ocurrirle a nadie.

Pero esas cosas ocurrían. Todo había sido un poco chocante desde que había vuelto a su ciudad después de diez años, y había encontrado a un McLaughlin en un puesto imposible para alguien de su apellido en Industrias Allman. Y después se había enterado de que tendría que trabajar para él. Aquello había sido demasiado.

Había crecido considerando a los McLaughlin como el enemigo, los ricachones elitistas que vivían en lo alto de la colina y miraban desde arriba a los Allman y a los de su «clase», como solían decir. Ciertos hechos ocurridos en el pasado habían envenenado las relaciones entre los dos clanes y probablemente permanecieran así para siempre.

Durante su niñez, los Allman había mirado hasta el último penique que gastaban mientras los McLaughlin compraban toda la ciudad. Su familia había tenido que apurar los límites de la ley en ocasiones, lo que había provocado rumores de que eran amigos del dinero rápido, y eso había hecho crecer su resentimiento.

Y ahora, como por arte de magia, las tornas habían cambiado. El padre de Jodie, Jesse Allman, había conseguido sacar adelante uno de sus negocios, para sorpresa incluso de sus propios hijos. De hecho, su bodega de vinos había crecido tanto que era la empresa con más empleados de la ciudad. La gente ya no lo insultaba a la cara, pero los prejuicios no desaparecían tan rápidamente. Ella tenía muy claro lo que pensaba la gente de Chivaree de su familia. Y creía tener claro cuáles eran los planes de Kurt McLaughlin desde que lo había encontrado ocupando cómodamente un puesto de gestión en la empresa de su padre. ¿No había nadie más que él para ese puesto? Se giró y lo vio intentando hablar por el comunicador del ascensor, buscando ayuda.

–¿Hola? Estamos atrapados en el ascensor.

Ambos escucharon un rato en silencio, pero nadie respondió. Él se volvió para mirarla.

–No hay nadie en la sala de control –dijo con el ceño fruncido.

–Está claro –respondió Jodie, intentando no pensar en que tal vez ellos dos fueran las dos únicas personas en el edificio. Mabel Norton ya debía de haber salido al aparcamiento y el resto de trabajadores se habían marchado hacía tiempo. Su única esperanza era comunicarse con el mundo exterior.

–¿Hay alguna alarma?

–¿Una alarma? Claro –alargó la mano y tiró de la manivela. No ocurrió nada.

–Tal vez no hayas tirado lo suficientemente fuerte –dijo ella, empezando a estar realmente asustada–. Vuelve a intentarlo y dale un buen tirón.

Él volvió a intentarlo con más fuerza y se giró hacia ella con el tirador en la mano.

–Vaya –dijo.

Jodie se mordió el labio y contuvo un comentario muy justificado, teniendo en cuenta la situación.

–Muy bien –dijo, esquivando su mirada–. Puesto que ninguno de los dos tiene el móvil a mano, supongo que tendremos que esperar.

–¿Esperar? –repitió Kurt, pasándose una mano por el pelo castaño y mirándola como si ella supiera la respuesta–. ¿Esperar a qué?

–A que alguien se dé cuenta de que hemos desaparecido.

Él se volvió, impaciente, y después la miró a los ojos.

–Todo el mundo se ha ido a casa –dijo con un gruñido, como si se acabara de dar cuenta de ello. Ella tragó saliva. Tenía razón. Tal vez tuvieran que pasar allí mucho tiempo, y eso no le gustaba nada–. Estaremos atrapados hasta que alguien intente usar el ascensor y vea que no funciona –dedujo él acertadamente–. Estamos solos tú y yo, pequeña.

Aquella situación no se le había pasado nunca por la cabeza. Alargó la mano para sujetarse en la barandilla lateral y mantener el equilibrio. El aire empezaba a parecerle más escaso, y los hombros de Kurt cada vez más anchos, llenando la cabina del ascensor. Además, con aquellas botas de cowboy, él parecía aún más alto de lo habitual.

–Ésta es tu peor pesadilla, ¿verdad? –preguntó él casi divertido, como si le hubiera leído el pensamiento, otro más de sus talentos ocultos.

–No sé de qué me estás hablando –contestó Jodie, concentrándose en leer la placa de inspección del ascensor. El documento, que parecía oficial, decía que el ascensor estaba en perfectas condiciones. Mentira.

–¿No? –se echó a reír.

Ella lo miró y se arrepintió casi al instante.

–¿Acaso te estás divirtiendo con esta situación? –preguntó.

Kurt consideró la cuestión un segundo, con una ceja levantada.

–La respuesta no es tan fácil como crees –dijo él–. Las circunstancias pueden ser un factor decisivo. Si me hubiera quedado encerrado con Willy en el cuarto del material, él habría sacado una baraja de cartas del bolsillo y habríamos jugado hasta perder la noción del tiempo. Si hubiera sido con Bob, de contabilidad, me habría contado una de esas fascinantes historias de cuando estaba en el ejército y Tiana, de márketing, me habría hecho una demostración de danza del vientre. Está yendo a clases.

Jodie hizo un ruido de impaciencia, deseando que no siguiera por ese camino.

–Ya, pero no estás con ninguna de esas maravillosas e interesantes personas, sino conmigo.

–Sí. Contigo –sus dientes brillaron en una amplia e impúdica sonrisa mientras la recorría de arriba abajo con la mirada, lo que le hizo desear no llevar aquel ajustado jersey azul y la falda de ante bien ceñida. Él la retó–. ¿Y a ti qué se te da bien?

Jodie deseó largarse de allí; imposible, teniendo en cuenta la situación. En su lugar, decidió aparentar estar aburrida con la situación.

–Nada, supongo –dijo ella, con cierto tono sarcástico.

Cuando él apoyó su cuerpo musculoso contra la pared, Jodie no pudo evitar que su mirada se posara en los muslos bien torneados que dejaban adivinar sus pantalones.

–Vamos, Jodie –dijo él–. No te infravalores. A mí me parece que tienes algo muy divertido.

Aquello la dejó helada y lo miró, dispuesta a rebatir cualquier cosa que él dijera.

–¿De qué estás hablando?

–Vamos, es como si fuera 1904 y acabara de robar la yegua favorita de tu padre. Parece que llevas el peso de la rivalidad McLaughlin-Allman sobre tus hombros.

Ella se estiró. Estaba entrando en su territorio.

–La rivalidad McLaughlin-Allman es un hecho –lo corrigió con frialdad–. Y no sé por qué dices que es importante para mí.

–Porque lo es –dijo él, moviéndose incómodo y mirándola con dureza–. Pero la mayoría de la gente ya ha olvidado todo eso.

–Eso es lo que tú crees –el problema era que sabía que él podía estar en lo cierto. Ella parecía ser la única en recordar aquella disputa. ¿Qué había pasado? Antes aquello era el punto central de la vida de la ciudad.

–Ya veo –dijo él–. Por eso me tratas como si tuvieras que vigilar la cubertería de plata cuando ando cerca. No puedes superar esas viejas peleas.

Ella dejó de fingir.

–Ninguno de nosotros puede –contestó, testaruda.

–Eso no es cierto. Mírame a mí.

No quería mirarlo. Sabía que si lo miraba se podría meter en líos, pero al final acabó haciéndolo.

Y por primera vez lo vio del mismo modo que los otros, no como un oponente de una antigua batalla, sino como un hombre con una sonrisa verdaderamente atractiva y una presencia radiante de masculinidad. Su cuerpo reaccionó de un modo tan intenso que su corazón se lanzó a la carrera y un escalofrío la recorrió de arriba abajo. Cuando sus ojos se encontraron, tuvo la inquietante sensación de que él podía ver el fondo de su corazón y de su alma.

–¿Así que crees que tú lo has cambiado todo? –dijo ella, deseando que no se notara el temblor de su voz.

–No –él sacudió la cabeza–. Yo no he cambiado nada. En realidad, ha sido tu padre.

–Al contratarte, quieres decir.

–Claro. Supongo que te imaginas que la gente no lo alababa precisamente entonces.

Y dijo aquellas palabras como si admirase realmente a Jesse Allman por haber cruzado la línea. Jodie lo miró consternada. ¿Acaso pensaba que su padre lo había contratado por la bondad de su viejo corazón? ¿Podía estar tan despistado?

No, no era eso. Él no era estúpido, pero ella tampoco. Sabía desde el principio que Kurt tenía sus propios planes, y si no, ¿por qué iba a estar trabajando en Industrias Allman, robándole el corazón a todo aquél con el que se cruzaba? Él podía hacer como si no recordara el pasado, pero ella lo tenía muy claro. Conocía a los McLaughlin: había sido un McLaughlin el que estuvo a punto de arruinarle la vida, pero eso era otra historia.

En cualquier caso, sabiendo cómo eran los hombres McLaughlin, tenía muy claro que tenía que alejarse de la influencia de Kurt. Dio un paso hasta el centro del ascensor, puso los brazos en jarras y miró a su alrededor.

–Ya está bien. Lo que tenemos que hacer es concentrarnos en ver qué haremos para salir de aquí.

Él la miró con pereza.

–¿Salir de aquí? Muy bien. ¿Tienes alguna idea?

–A ver… –miró las paredes y el techo y vio algo interesante–. ¿Eso de ahí arriba no es una trampilla? Tal vez podamos abrirla. ¿Por qué no subes y echas un vistazo?

Ella lo miró, expectante y él le devolvió una mirada sorprendida, aún apoyado contra la pared del ascensor, como si no tuviera intención de cambiar de postura.

–¿Yo?

–¿Y por qué no? –preguntó ella con impaciencia–. ¿No lo hacen los hombres en las películas?

Él levantó la mirada hacia la supuesta salida, que estaba casi un metro por encima de su cabeza, y asintió.

–Claro. En las películas –la miró fríamente–. ¿Y cómo supones que voy a llegar hasta ahí? ¿Crees que tengo alas o zapatos con ventosas en los bolsillos para subir por la pared?

Jodie se pasó la lengua por los labios y frunció el ceño.

–No lo sé. ¿Qué hacen los hombres de las películas?

–Podría probar a subirme a tus hombros –sugirió él, encogiéndose de hombros–. No veo otra solución.

Ella no se molestó en sacudir la cabeza, aunque se sintió tentada.

–Tiene que haber una manera –masculló.

Él volvió a mirar la pequeña trampilla.

–Y una vez ahí arriba, quién sabe si habrá un complicado cableado listo para freír en el sitio al aventurero confiado –se volvió y la miró divertido–. ¿Y si pruebo a subirte a ti hasta la trampilla? Tal vez tu puedas subirte y ver qué se puede hacer.

–¿Te has vuelto loco?

Él se encogió de hombros como si su respuesta lo hubiera decepcionado.

–Le das a una mujer una oportunidad para convertirse en heroína, y mira lo que hace.

–Lo que necesitamos aquí no es un héroe, sino un poco de eficacia.

–¡Ay! Supongo que consideras eso como un golpe bajo.

–No. Tal vez una indirecta –se encogió de hombros. Las peleas verbales no les iban a sacar de esa situación–. Ya sé que subir ahí arriba probablemente no sea factible, pero es muy frustrante verse aquí atrapado. ¿No se te ocurre nada?

Sus ojos verdes brillaban de un modo que ella no pudo interpretar, pero habló calmado.

–Creo que lo mejor es sacar la parte buena de cada situación –dijo–. Así que me parece que esta es una buena oportunidad para conocernos más.

–¡Conocernos más! –exclamó ella–. No necesito conocerte más. Te conozco de toda la vida.

–No es cierto –repuso él, sacudiendo la cabeza–. Sabías de mi existencia, pero no me conocías, ni yo a ti –le sonrió–. Hemos sido como dos barcos cruzándose en la noche, que saben de la existencia del otro pero no prestan atención a su presencia. Tenemos que conocernos un poco más íntimamente.

Algo en el modo en que pronunció esas palabras hizo que ella diera un rápido paso atrás. Una vez segura en la esquina del ascensor, lo miró preguntándose si eso sería parte de su plan, el intentar subyugarla del modo en que lo había hecho con el resto de trabajadores.

–No creo que necesitemos conocernos más. Tenemos una buena y fría relación profesional. Y lo mejor será dejarlo ahí.

–¿Eso es lo que crees que tenemos? –preguntó él inocentemente–. A mí me parecía que lo nuestro se resumía en que yo era el jefe y tú la subordinada recalcitrante que siempre dudaba de sus decisiones.

La definición era bastante acertada, pensó ella, pero levantó la barbilla, como retándolo.

–¿Y te supone algún problema?

–No –rió él–. No es ningún problema. Tal vez una distracción, pero no un problema –su expresión cambió–. Y supongo que eso te da la ilusión de que mantienes candente la llama de la reyerta de nuestras familias, ¿no? –ella no respondería a eso, y él lo sabía, así que cambió de tema–. Así que, dime Jodie, ¿Por qué volviste?

Cuando alguien volvía a Chivaree, siempre acababa escuchando esa pregunta. La gente se sorprendía de que después de haber salido de aquella polvorienta ciudad, alguien volviese a ella. Decidió ser franca.

–Volví porque Matt apareció un día en mi casa y me dijo que tenía que hacerlo.

Matt era su hermano mayor, unos pocos años mayor que Kurt.

–¿Que tenías que hacerlo? –repitió él sorprendido–. ¿E hiciste lo que te pedía sin protestar? –sacudió la cabeza–. Tendré que preguntarle cuál es su secreto.

–Primero me planteó la situación –dijo ella, levantando la barbilla.

–Ya entiendo –asintió él–. Volviste a Chivaree, y cuando entraste en la empresa te enteraste de que trabajarías para mí, al menos durante un tiempo.

–Sí.

–Ése debió ser uno de tus peores días.

Jodie lo miró con frialdad, molesta por el modo en que se reía de ella a cada instante.

–¿Por qué no me dejas tranquila? No es algo permanente. Dentro de aproximadamente un mes me trasladarán de departamento –su padre había tenido la brillante idea de que probara cada área de negocio para conocer a fondo toda la empresa–. Puedo soportarlo.

–¿En serio? –parecía escéptico–. Todos los indicios muestran que odias cada precioso segundo que pasamos juntos.

–Pues no es así –dijo, mordiéndose la lengua. Si no tenía cuidado, aquella discusión podía subir de tono. Tomó aliento y decidió cambiar de tema–. Pero tú te marchaste de la ciudad antes que yo. ¿Por qué volviste?

Ella ya había escuchado su coartada: cuando su esposa murió y él se tuvo que hacer cargo de su hija, volvió al lugar donde su extensa familia podía ayudarlo a sacarla adelante. Pero ella tenía sus dudas, sobre todo al ver que estaba buscando canguro.

No, McLaughlin tenía un plan y ella creía saber cuál era. También estaba convencida de que éste implicaba arruinar el negocio de los Allman, según el modelo establecido hacía años por sus abuelos. Se suponía que los McLaughlin eran los ganadores y los Allman mordían el polvo de la derrota.

–De acuerdo, te diré por qué volví –dijo él, lentamente, volviéndose hacia la pared–. Aunque no te lo creas, volví porque me gusta esta vieja ciudad.

–¿Qué?

Chivaree no era una de esas ciudades pequeñas y adorables que describen las canciones; aunque las cosas habían mejorado últimamente, seguía siendo un sitio ventoso y polvoriento olvidado por todos. La gente se marchaba de allí tan pronto como conseguía reunir suficiente dinero para emprender la marcha.

Jodie había oído que él había pasado bastantes años en Nueva York, pero aún conservaba parte del dulce acento texano. Muy sutil, pero demostraba que la ciudad no lo había conquistado por completo.

–Es cierto –continuó él con voz grave–. Y cuando mi mundo empezó a derrumbarse bajo mis pies, la única solución que me vino a la cabeza fue volver a Chivaree, volver a casa.

«Volver a casa a curarme», parecía decir su voz.

Por un momento, ella lo creyó. Parecía realmente sincero, y su rostro parecía emocionado, con un cierto tono de un dolor muy profundo. Por un segundo… pero era muy listo. Estaba dándole la historia que más la emocionaría. Estaba jugando con su fibra sensible de un modo muy inquietante. Tenía que salir de allí antes de empezar a creerse todo aquello.

Él se había girado de nuevo hacia ella, y se estaba quitando la corbata y desabrochando los botones de la camisa. Jodie, horrorizada, pudo ver unos centímetros de piel morena y algo de vello.

–¿Soy yo? –dijo con voz grave y dejando caer los párpados– ¿O empieza a hacer calor aquí.

Ella sintió que su pulso se aceleraba. Primero le había puesto una trampa emocional, y después, la física, lista para verla caer en ella. Y su cuerpo traidor se comportaba como un cachorro hambriento de caricias, a pesar de que ella era consciente del modo en que la estaba abordando.

Se apartó todo lo que pudo de él y cambió de tema.

–No tengo calor –dijo con un énfasis que a él no pudo pasarle desapercibido–. Pero estoy hambrienta. Quiero comer –añadió. Sus ojos la miraban maliciosos–. En serio. Estaba muy ocupada y no he comido a mediodía.

–Veamos… –dijo él, hundiendo la mano en el bolsillo de sus pantalones de sastre–. Mira lo que he encontrado. Una cajita de caramelos de menta.

–Oh –ella miró los caramelos deseosa. Realmente tenía hambre, y también la boca seca.

–Ten –dijo él, después de haber tomado uno. Ella dudó, pero el hambre le hizo superar sus inhibiciones.

–Gracias –dijo, tomando un caramelo y esperando a que el azúcar hiciera efecto.

–¿Ves? –casi susurró él–. Estoy dispuesto incluso a compartir mi última cena contigo.

Ella empezó a decir algo que estaba destinado a hacerle caer de espaldas, pero en su lugar, al tomar aire, se atragantó con el caramelo. En lugar de ponerlo en su sitio, no podía dejar de toser.

–Espera –el hombre de acción le dio un par de golpes en la espalda, pero al ver que no funcionaba del todo, la rodeó con sus brazos para presionarle en la boca del estómago.

–¡No! –protestó tosiendo antes de que él procediese–. ¡Espera, estoy bien!

Él se detuvo, pero por alguna razón, sus brazos no se movieron de la cintura de Jodie.

–¿Estás segura? –dijo en voz baja y tan cerca de su cara que pudo sentir el calor de su aliento.

–Sí, estoy segura –contestó, intentando apartarse sin que él la soltara–. ¡Kurt, suéltame!

Ella giró la cabeza y sus miradas se encontraron. Entonces ocurrió algo mágico. No fue sólo el que ella viera las manchas doradas que salpicaban sus ojos verdes, ni la electricidad que sentía allí donde él la tocaba. De repente se vio inundada por un sentimiento de deseo tan profundo y desgarrador que la dejó sin aliento. Deseaba que la besaran. Deseaba que Kurt McLaughlin la besara.

–Oh –dijo ella como hipnotizada, con los ojos fijos en su boca. Inclinó la cabeza y separó los labios, invadida por el deseo. Por un momento estuvo segura de que ocurriría.

Y entonces él se apartó, dejándola casi sin equilibrio, como si le hubieran vaciado un jarro de agua fría sobre la cabeza. Se sentía como una idiota.

Al menos él no se rió de ella. Se retiró el puño de la camisa y miró la hora.

–¡Maldición! Se está haciendo muy tarde. Llego tarde a recoger a Katy. Será mejor que busque ayuda para salir de aquí.

Ella intentó mantenerse en pie apoyándose en la barandilla. ¿De qué estaba hablando?

–¿Ayuda? –preguntó, aún sin aliento y avergonzada–. ¿Qué estás diciendo?

Él se llevó la mano al cinturón y, con la boca abierta, Jodie vio que tenía un teléfono móvil.

Sacudió la cabeza antes de dejar escapar un sonido de ultraje.

–¿Quieres decir que has tenido eso todo el tiempo ahí? –gritó–. ¿Por qué no lo dijiste cuando te lo pregunté?

–No me preguntaste si lo tenía. Simplemente asumiste que no lo llevaba conmigo –murmuró él, empezando a marcar–. ¿Jasper? Perdona por la molestia, pero hemos tenido un problema en la oficina y tengo que pedirte que vuelvas por aquí y me ayudes a salir del ascensor.

Asesinato. Ésa era la palabra que le venía una y otra vez a la cabeza. Algo rápido e indoloro, y no habría ningún jurado en el mundo que fuera a condenarla por algo tan justificado. Con un gruñido, apretó los puños. Si al principio había desconfiado de él, ahora tenía aún más razones para hacerlo.

Estaba claro que ése era su plan. Cuando abrió los ojos se encontró con una enorme sonrisa complacida en su cara. ¡Había que darle su merecido a aquel hombre!

CAPÍTULO 2

JODIE se sentó y miró a su familia reunida alrededor de la vieja mesa de la cocina, tal y como venían haciéndolo desde hacía décadas. Aquello le resultaba familiar y extraño a la vez. La ausencia más pronunciada era la de su madre, que había muerto de cáncer cuando Jodie tenía dieciséis años. Su hermano pequeño, Jed, tampoco estaba; era el único al que Matt y Rita, los mayores, no habían conseguido convencer para que volviera.

Rita había preparado un menú excelente, como de costumbre. Jodie la miró mientras ella se apartaba un mechón de la cara; cuando sus miradas se cruzaron, le sonrió. Al menos algo bueno había salido de todo aquello: Rita estaba contenta de tener a la mayor parte de la familia reunida de nuevo. Ella se ocupaba de la casa del modo en que lo habría hecho su madre si no hubiera muerto hacía doce años. Merecía tener su propia familia, pero sus salidas de casa se reducían casi al supermercado, y las oportunidades de encontrar allí un hombre maravilloso no eran muchas.

Matt, el mayor, no parecía tan contento. Había sido él quien había acudido al piso de Jodie en Dallas para darle un largo discurso sobre la necesidad de estar todos juntos ahora que su padre estaba enfermo. Aquellos días parecía tan preocupado por ello como Rita.

Matt había sido el modelo a seguir por Jodie. Él fue el primero en desafiar a su padre y marcharse a Atlanta a estudiar Medicina. Había trabajado muchos años en un hospital en la ciudad, hasta que decidió volver a aquella ciudad polvorienta. Jodie se preguntaba el por qué de la expresión de preocupación que ensombrecía su cara. Algo lo molestaba, pero no sabía qué podía ser.

Con David, su otro hermano y al que más se parecía, no tenía que preocuparse de esas cosas. Ambos eran rubios, tenían los ojos castaños y la pequeña nariz salpicada de pecas. David estaba sentado junto a Matt y comía con juvenil entusiasmo todo lo que caía en su plato. Él nunca se había marchado de Chivaree, aunque habría estado perfecto sobre una tabla de surf en Malibú. Aunque a los demás siempre les dijera que era demasiado perezoso para marcharse, ella sabía cuál era la razón por la que se quedaba en la ciudad. El amor lograba que la gente hiciera cosas extrañas.

Y después estaba Rafe, el de los ojos negros y mirada penetrante, que tenía la misma edad que Kurt y parecía estar diciéndole: «Jodie, a mí no me engañas con esta brillante actuación. Puedo leer tu mente».

Ella le devolvió la mirada, esperando que interpretara bien el mensaje: «Métete en tus asuntos».

–Hola, papá –saludó David a su padre cuando éste entró en la cocina–. ¿Vas a intentar comer algo hoy?

Apoyándose en el bastón, sacudió la cabeza en respuesta mientras Rita le ofrecía una silla.

–No. No puedo comer nada. Sólo quería sentarme con vosotros y ver vuestras caras –se sentó con dificultad y recorrió la mesa con la mirada–. Mi orgullo y mi alegría –susurró en un tono que podría ser cariñoso, pero que sonó sarcástico.

Jodie apartó la mirada de él y sintió una punzada de emociones en conflicto: amor, resentimiento, ira, pena. ¿Qué se ha de hacer cuando uno quiere a sus padres tanto casi como le desagradan?

–¿Así que habéis vuelto para salvar la granja del viejo, eh? –rió suavemente–. Supongo que os eduqué bien, después de todo.

–Papá –interrumpió Rafe–, he estado hablando con un distribuidor de Dallas. Parece que tenemos una oportunidad para firmar un contrato con la cadena de tiendas Wintergreen. Podría suponer un buen negocio para nosotros.

Jesse Allman asintió, pero no estaba mirando a Rafe. Su mirada había discurrido hasta Matt, su hijo mayor, al que había tratado de inculcar la motivación para ser su sucesor durante años, sin mucho éxito. Aunque Matt había ayudado a su padre en los duros principios de las Bodegas Allman, cuando su padre desarrolló el plan para convertirse en el distribuidor de las pequeñas bodegas del condado, él estaba en la universidad. Aquello desencadenó el éxito y no era ningún secreto que Jesse pensaba que Matt debía involucrarse en él.

–¿Tú qué dices, Matt?

–¿Sobre qué? –preguntó, sorprendido.

–Sobre lo de Wintergreen.

–Tú decides, papá –dijo, encogiéndose de hombros–. Ya sabes que yo no me involucro en las negociaciones de la empresa.

–Pues deberías –repuso Jesse, con los ojos entrecerrados.

Matt y Rafe cruzaron una mirada.

–Habla con Rafe –dijo Matt con calma–. Él es el que sabe de qué va ese asunto.

Jodie suspiró. Era la misma historia de siempre. El negocio de los Allman había crecido y se había convertido en Industrias Allman; la familia se había enriquecido y se había convertido en una familia respetable y respetada que daba trabajo a parte de la población local, pero las viejas emociones sólo esperaban la oportunidad para salir a la superficie. Empezaba a plantearse si habría sido un error volver a casa.

–¿Y tú, señorita? –dijo su padre, mirándola de forma acusadora–. ¿Aún sigues pretendiendo que me libre de McLaughlin?

–Yo nunca he dicho que te tuvieras que librar de él –protestó–. Sólo quiero que seas consciente del peligro que entraña.

–¿Peligro? –rió David–. ¿Kurt McLaughlin? Pero si es un gatito…

–Me fío de los McLaughlin tan poco como tú, pero hay que admitir que Kurt está haciendo un trabajo excelente en el departamento de márketing. Tenemos suerte de que esté con nosotros –añadió Matt.

Ella echó un vistazo a sus hermanos, sorprendida de no ver a nadie de su parte. Nadie comprendía lo peligroso que podía ser un hombre como Kurt en la estructura de poder de la empresa familiar.

–Yo te entiendo, señorita –sonrió Jesse a su hija–. Eres como yo. Ni olvidas ni perdonas –dio un golpe en la mesa–. Pero no lo voy a echar. Es bueno en su trabajo y no me importa cómo se apellide. De hecho, me encanta que sea un McLaughlin. Ahora puedo mirarlos a la cara en las reuniones de la cámara de comercio, sonreír y decirles que su chico trabaja ahora para mí. Yo soy el que se lleva el gato al agua en esta ciudad ahora, y ellos están acabados.

Entonces ella recordó las razones por las que huyó de allí en plena rebelión de los dieciocho años. Había decidido no volver nunca, y así lo habría hecho de no ser por la visita de Matt.

–Está viejo, Jodie. Viejo y enfermo, y nos necesita –le había dicho.

Se dio cuenta de que a su padre le temblaban las manos y, al mirarlo a la cara, el corazón se le aceleró de miedo. Matt tenía razón. Era viejo y estaba enfermo. Tal vez aún no le hubiera perdonado cosas que había hecho en el pasado, pero seguía siendo su padre y, en lo más profundo de su corazón, lo quería. Entonces era bueno haber vuelto y, a pesar de todo, se quedaría, al menos una temporada.

Y eso significaba que tendría que vérselas con Kurt McLaughlin. Su mente voló al momento en que la había rodeado con sus brazos en el ascensor. Tendría que protegerse contra sus encantos; tendría que seguir trabajando con él y tal vez eso fuera lo mejor: alguien tenía que velar por los intereses de su familia.

Una hora más tarde, decidió escaparse de las tensiones dando un paseo hacia el centro de la ciudad. Era una noche cálida iluminada por la luna y olía a heno recién cortado.

Caminó por las mismas calles de su juventud intentando decidir lo que haría. A la vuelta de la esquina estaba el parque en el que ella y Jeremy conspiraban sobre el modo de huir de Chivaree juntos. Parecía que había pasado un siglo desde entonces.

Jeremy… ¿Lo había amado de veras? Cuando lo pensaba desde la distancia, veía más excitación que amor. Se necesitaban el uno al otro, pero al final resultó que ella lo necesitaba a él y que él no la necesitaba. ¿No era lo lógico, siendo un McLaughlin?

Sus pasos se ralentizaron al llegar a la calle principal. Con todos aquellos edificios nuevos, la zona no le resultaba tan familiar, pero el Café de Millie seguía en su sitio, igual que lo había dejado. Tal vez entrase a tomar un café y saludar a Millie, la madre de Shelley, su mejor amiga del colegio. Pero al doblar la esquina vio que el local estaba lleno y que había gente de pie, esperando una mesa libre. Por un momento creyó ver a Kurt y el corazón le dio un brinco. Como no quería encontrarse con él, siguió caminando.

¡Maldición! ¿Iba a pasarse toda la vida reaccionando de ese modo ante su presencia? No podía vivir así. Se detuvo en medio de la carretera y miró al otro lado de la calle, hacia el café, para comprobar si realmente era él.

Un chirrido de frenos la sacó de su ensoñación. El miedo la dejó paralizada un par de segundos antes de saltar a un lado para apartarse, pero al mismo tiempo, su mente procesó que Kurt no podía estar en el Café de Millie, porque la cara de Kurt estaba en ese coche.

Después de esquivarla, Kurt intentó recuperar el control de su vehículo, pero ella vio horrorizada que no pudo evitar a un coche que venía de frente. Chocaron y el ruido metálico del impacto lo llenó todo.

Realmente, los daños se redujeron a unas abolladuras en el parachoques, pero Jodie corrió hacia los coches con el corazón en la garganta. El conductor del otro coche salió enfurecido, pero Kurt no se movió. Jodie, muerta de miedo, abrió la puerta y vio la extraña postura en que había quedado su cuerpo. Ella dejó escapar un gritito y él abrió los ojos verdes.

–Hola –dijo él, antes de que torciera el gesto por el dolor–. ¿Puedes llamar a un médico? Creo que me he hecho daño en la pierna.

Tenía que ser un embrujo. Cada vez que se giraba, se encontraba a Kurt McLaughlin rompiéndole el equilibrio mental. Tenía ganas de gritar, o al menor protestar, pero no podía quejarse de él cuando acababa de dejarlo cojo.

Al verlo tumbado con aspecto desvalido en la habitación de la acogedora casita que compartía con su hija Katy, Jodie deseó estar en cualquier otro lugar. Su hermano Matt estaba comprobando que la escayola que le había puesto en la clínica, hacía una hora, estaba perfecta y David, que había ayudado a llevar a Kurt a casa, parecía muy divertido con la situación.

Ella estaba en una esquina, deseando que la tierra se la tragase.

–Sabía que Jodie quería llamar mi atención –dijo Kurt, en broma, pero a punto de hacer que ella perdiera los nervios–, pero no me había dado cuenta de lo lejos que estaba dispuesta a llegar.

Ella emitió un quejido y su hermano David continuó con la broma.

–Hermanita, ése no es el mejor modo de conseguir que un hombre te pida salir.

Ella lo ignoró. Llevaba muchos años soportando las bromas pesadas de sus hermanos mayores y sabía que lo mejor era no hacerles caso. Por otro lado, se sentía fatal por lo que había pasado y quería que Kurt lo supiera.

–No sé cómo he podido ser tan estúpida –dijo, por millonésima vez.

Kurt miró al techo y gimió.

–Jodie, si vuelves a decirme lo mucho que lo sientes, le pediré a tu hermano que te ponga uno de esos esparadrapos en la boca.

Todos se echaron a reír y Jodie se puso colorada. Estaba claro que a sus hermanos les caía bien Kurt; no entendía cómo podían estar tan ciegos.

Pero lo que más le sorprendía era lo bien que Kurt se lo había tomado todo. Ella habría esperado algún grito y muchos juramentos, pero apenas los escuchó. Tal vez si él hubiera estado más gruñón, ella lo habría llevado mejor: podría estar enfadada en lugar de sentirse culpable.

Cuando el equipo de emergencias de los bomberos vieron que Kurt tenía la pierna rota, ella decidió llamar a su hermano, el mejor médico de la ciudad, y éste había acudido enseguida trayendo a David consigo. Entre los dos habían llevado a Kurt al hospital para que le hicieran una radiografía. Tenía una fisura en la rótula, lo cual podía ser muy doloroso, y Matt le había dicho que lo tendría escayolado un par de semanas, hasta que pudiera pasar a un vendaje que le permitiera más libertad de movimientos.

Todo había ido bastante bien y, una vez en casa, Matt le había dado unos analgésicos. Tal vez por eso estuviera Kurt tan tranquilo… anestesiado por las medicinas.

Ella quería marchase a casa y olvidarse de todo, pero no podía porque el accidente había sido culpa suya.

–Jodie es fisioterapeuta –le estaba diciendo Matt–. Podrá ayudarte en la rehabilitación.

–Lo había olvidado –dijo Kurt, y le sonrió, consciente de que eso le molestaría–. Me vendrá bien.

Jodie se quedó helada. De un modo u otro, siempre acababa atada a aquel hombre. Debía de ser un maleficio.

Para sorpresa de Jodie, la mirada de Matt se detuvo sobre una fotografía enmarcada que descansaba sobre la cómoda.

–¿Es tu hija? –preguntó.

–Sí –asintió Kurt, orgulloso–. Es Katy. Esta noche está en casa de mi madre.

Matt observaba la fotografía de un modo que Jodie encontró extraño. No sabía en qué momento habían empezado a gustarle los niños a su hermano mayor. Como ninguno de los seis hermanos tenían esposos o hijos, Jodie pensaba que él sería de su misma opinión: a ella no le desagradaban los niños, pero estaba más cómoda cuando se mantenían a distancia. Tal vez Matt no lo viera así.

–Menos mal que no estaba contigo en el momento del accidente.

–Desde luego –dijo Kurt.

Jodie estaba de acuerdo, aunque no dijo nada. No quería ni pensar lo mal que se hubiera sentido si en lugar de hacerle daño sólo a Kurt, se lo hubiera hecho también al bebé.

–Es una niña preciosa –siguió Matt–. ¿Cuánto tiempo tiene?

–Dieciséis meses.

–Poco más de un año.

–Sí.

Jodie enarcó las cejas, pensando qué le estaría pasando por la cabeza a su hermano. Aquello no coincidía con la imagen que tenía de él. Después vio que Kurt se había tumbado en la cama y dejó de pensar en su hermano inmediatamente. Su cuerpo volvió a reaccionar de aquel modo tan incómodo.

Kurt se había puesto unos vaqueros cortados que dejaban al aire su pierna escayolada… y la otra. Ella había intentado evitar no notar lo bien definida que estaba y, además, él se acababa de quitar la camisa. Ahora no podía evitar ver aquella demostración tan sexy de su musculatura, toda ella bien envuelta en la piel más suave y bronceada que había visto nunca.

¡Aquel hombre parecía un dios griego! Al mirarlo sentía un peligroso calor por todo el cuerpo.

Entonces se dio cuenta de que llevaba demasiado rato mirándole el impresionante pecho y levantó la vista hasta sus ojos para descubrir que él la había estado mirando todo el tiempo. Con las mejillas ardientes, se dio la vuelta y pretendió sumirse en la lectura de los títulos de la estantería más cercana.

Matt y Kurt siguieron hablando, pero ella no escuchó ni una palabra de lo que decían por el zumbido que retumbaba en su cabeza. Él se había dado cuenta de que lo estaba mirando y le había devuelto la mirada con tanta intensidad que casi daba miedo. Parecía que supiera lo que estaba sintiendo y lo que estaba pensando también. ¿Se habría dado cuenta de lo atraída que se sentía físicamente hacia él? ¿Lo mucho que había deseado que la besara en el ascensor? Era tan humillante…

Intentó respirar con normalidad, controlar la rojez de sus mejillas y evitar volver a mirar a Kurt a los ojos. Después salió del cuarto y fue a la sala a tomar un poco de aire fresco.

La casa estaba amueblada con sencillez, pero había juguetes por todas partes. Ella torció el gesto y apartó la mirada. Habían pasado casi diez años, pero cada vez que veía cosas de niños, sentía náuseas. Sabía que era estúpido y autodestructivo dejar que aquella sensación gobernase su vida, pero no podía evitarlo. Siempre era duro perder un hijo, aunque no hubiera llegado a nacer.

Intentó pensar en otra cosa. No dejaba de preguntarse por qué Kurt no vivía en la mansión victoriana de la colina, con el resto de su familia. Si había vuelto para que lo ayudaran con la niña, allí era donde debía haberse quedado. Se suponía que era una casa maravillosa.

Ella nunca había estado allí; nunca la habían invitado a las fiestas de los domingos por la tarde a las que acudía el resto de chicas de la ciudad. Entonces ningún Allman era bienvenido a nada organizado por los McLaughlin.

–Jodie –llamó David, apareciendo de repente.

–¿Qué? –se sobresaltó de haber sido arrancada tan de repente de su ensoñación.

–Matt ha acabado.

–Menos mal.

–Pero Kurt quiere decirte algo.

–¿A mí? –se llevó las manos instintivamente al cuello–. ¿Por qué? ¿Qué quiere decirme?

–Ni idea –David se encogió de hombros–. Algo de trabajo, supongo. Bueno, te esperamos en el coche.

–De acuerdo –dijo ella, viendo a su hermano salir por la puerta.

Volvió a la habitación y sus remordimientos regresaron en cuanto vio a Kurt tendido sobre la cama.

–Oh, de verdad que lo…

–No lo digas –ordenó él–. Ya sé lo mucho que lo sientes. Yo también. Pero ya está hecho, así que olvidemos el tema.

Ella arqueó al cejas al notar el cambio de tono. Se había puesto más ropa y ya no era el mismo que intercambiaba bromas con sus hermanos. Bueno, tenía que estar cansado y dolorido, así que decidió darle cierto margen.

–Tenemos que ver cómo vamos a llevar mi baja laboral. Matt dice que no puedo volver al trabajo hasta dentro de dos semanas.

Una baja laboral. Eso lo iba a poner en clara desventaja y tal vez retrasara sus planes, y le permitiría a ella vigilarlo con más facilidad.

–Oh, qué pena –ya podía imaginar trabajar sin él a la vista distrayéndola. Se animó inmediatamente. Tal vez las cosas estuvieran mejorando, después de todo.

–Pero tengo un par de proyectos a medias que no admiten retraso, así que voy a tener que trabajar desde casa.

–¿Desde casa? –repitió ella, presintiendo que la continuación no le iba a gustar nada.

–Sí. Tengo ordenador y fax, pero como no podré moverme mucho, ahí es donde entras tú.

–¿Yo?

–Sí. Puedes venir a trabajar aquí conmigo. De eso modo avanzaré en el trabajo mucho más.

–Oh, pero…

–Lo he estado pensando. Puedes ir a la oficina a la hora de siempre, resolver los asuntos que tengas allí pendientes, traerme el trabajo que tenga que hacer yo y trabajar aquí hasta la hora de comer. Seguro que eso no te supone un problema, ¿verdad?

¿Qué podía decir? Aquello era culpa suya y tenía que ayudarlo en todo lo que pudiera. Jodie sintió que le empezaba a doler la cabeza y se mordió el labio. Pudo imaginar las mañanas con Kurt, los dos solos, trabajando codo con codo sobre algún asunto complicado, aumentando la confianza entre ellos… ¡No! ¡Imposible!

–Tal vez –intentó ella– lo mejor fuera que enviase a Paula para que te ayudase –Paula era su secretaria–. Yo también tengo unas cuantas cosas a medias, así que me quedaré en la oficina para asegurarme de que todo vaya bien, y Paula puede hacer de enlace entre nosotros.

–Eso no va a funcionar.

–¿Por qué no? –preguntó ella, asombrada.

–Porque quiero que seas tú la que esté aquí.

Eso era justo lo que estaba temiendo. Se había puesto en su papel de jefe y estaba dando órdenes. El problema era que ella no llevaba bien lo de recibir órdenes. Lo miró fijamente.

–¿Por qué yo?

–¿Eres o no mi asistente? –dijo él, frunciendo el ceño.

–Es algo temporal.

–Por lo que a mí concierne, vivamos al día. Ésa es mi respuesta.

Jodie deseó decir algo impertinente e insubordinado, pero sabía que sería interpretado como una falta de madurez. El problema era que le costaba mucho doblegarse sin más.

Se quedaron mirándose el uno al otro y Jodie se notó enfurecer, aunque consiguió contener el ataque de ira en el último momento. Para él estaba claro que lo estaba pasando mal, y para sorpresa de Jodie, eso parecía divertirlo.

–¿Acaso todas tus disculpas no significan nada? –preguntó él con dulzura.

¡Cómo podía…!

–Y el que tú las rechazaras, veo que tampoco significaba mucho.

Kurt rió.

–Jodie, tranquilízate. Esto es lo que quiero y vas a tener que aceptarlo.

–¿O qué? ¿O me despedirás?

–¿Despedirte de la empresa de tu padre? Nunca haría algo así –su sonrisa resultaba de lo más irritante–. Sin embargo, podría darle los mejores trabajos a Paula y darte más tiempo para hacer fotocopias y traerme café.

Estuvo tentada de salir por la puerta, furiosa. Al final tendría que hacer lo que él quería, pero no se lo iba a poner fácil. Por otro lado, se sentía radiante: habría deseado que sus hermanos vieran a Kurt ponerse autoritario con ella. Eso le daba más motivos para pensar que Kurt planeaba algún tipo de sabotaje.

Pensándolo bien, tal vez no fuera tan mal idea estar cerca de Kurt mientras trabajaba, puesto que ella era la única que sospechaba de él y alguien tenía que vigilarlo.

Se volvió y lo miró.

–De acuerdo –gruñó–. Aquí me tendrás –para su sorpresa, él pareció más aliviado que triunfante, pero antes de que dijera nada, le advirtió–: Pero a cambio de venir a tu casa y trabajar lo mejor que pueda, quiero que… que no hagas nada que perjudique a mi familia.

–¿Perjudicar a tu familia? –otra vez se hacía el inocente–. ¿Por qué iba yo a hacer eso?

–No lo sé… ¿Por qué huelen las flores? –dijo ella, mirando al techo.

–Otra vez esa estúpida disputa familiar, ¿verdad?

–Justo. El caballero ha ganado el premio.

–Jodie, yo no quiero ningún premio. Lo único que quiero es que estés aquí… conmigo.

¿Qué estaba diciendo? Lo cierto era que no quería saberlo.