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Prólogo

¡Virgen santa! ¡Me han admitido en el instituto Hervormd Zuid, la puta madre!

Mi hermano y yo bajábamos sonrientes la escalinata llena de jóvenes fumadores del instituto donde acababa de tener lugar mi entrevista de admisión. Como la inútil de mi profesora de primaria había recomendado que fuera a la enseñanza secundaria profesional VMBO —en contra de los resultados de las pruebas CITO, que me aupaban a la enseñanza preuniversitaria VWO—, dijeron que tenía que acudir a la cita acompañado por uno de mis padres. Dependiendo de cómo transcurriera ese encuentro, decidirían si era apto para el liceo. Como de costumbre cuando citaban a mis padres en el colegio, fue mi hermano quien me acompañó.

Una profesora de holandés me sometió a un interrogatorio de película. Le faltó poco para atarme a los apoyabrazos de la silla. A los tres cuartos de hora concluyó la entrevista diciendo:

¿Me prometes que te esforzarás al máximo si te admitimos en este instituto?

—Sin duda, señora.

Miró a mi hermano, sentado a mi lado.

—¿Lo ha oído también? Perfecto. Por lo menos tengo un testigo. ¿Velará usted por que lo haga?

—Como un carcelero, pierda cuidado. Los próximos seis años, será mi prisionero.

Mi hermano me agarraba por el cogote con su zarpa caliente. Cruzamos la calle y nos acercamos a Suse, el brazo derecho de mi hermano, que nos esperaba en la acera de enfrente sentado en su motocicleta y con las suelas de los zapatos apoyadas en la Vespa de mi hermano.

—Pon cara triste— me susurró antes de gritarle a Suse —¡quita tus sucias patas de mi escúter!

Suse se levantó de un salto al vernos. Hablaba con más acento amsterdamés que Johan Cruijff.

—A este colegio vienen unas nenitas buenísimas, colega. ¿Y? ¿Qué han dicho? ¿Cómo ha ido todo? ¿Te han admitido?

Yo me tocaba la visera de la gorra Lacoste. La llevaba al revés para que mi copete saliera por la abertura como una gran ola.

—No, Suse —dije suspirando.

—¿Qué dices? —miró a mi hermano—. ¿Tengo que ir yo a hablar? ¡Entro allí ahora mismo, me importa todo una mierda; estas cosas me sacan de quicio!

Suse levantó el sillín de su moto y empezó a buscar algo con la cabeza medio metida en el agujero.

—¿Y qué vas a hacer, dispararle al director en la pierna? —preguntó mi hermano.

—Si hace falta…

—No seas bruto.

—Son unos putos traidores. Tenía que haber entrado yo. Pero nada, a mí me dicen que espere en la calle. ¿Te avergüenzas de mí o qué?

—¡Han admitido a Sam!

Suse levantó la mirada.

—No jodas.

Yo asentía con ímpetu.

—¡Lo sabía! No me lo había comido, ¿qué se creen? ¡Ven aquí, gusano! —me abrazó—. Tenemos que celebrar. Vamos por un helado.

Suse observaba de reojo un grupo de retozantes vestiditos de verano; probablemente del último curso, pues disponían de todos los atributos femeninos necesarios.

—Ensaya con el helado, hay mucho que lamer en este colegio. A la vista está…

—¡Qué asco! —le dije.

—Un cinturón de castidad le voy a poner. Se va a dedicar solo a estudiar, ¿verdad, Sam?

Suse ignoró a mi hermano y me miró a los ojos.

—¿Asco? ¿No te gusta el helado?

Ahora sí se giró hacia mi hermano.

—Cinturones de cantidad o como se llamen, eso es lo que tendrían que ponerte a ti. Me pregunto cuándo tardará en caerse muerta esa pinga tuya.

—Suse, te mereces pasar el resto de tu vida en camisa de fuerza. Hace un momento querías cargarte a una inocente profesora.

—Nadie es inocente. Los profesores menos aún. ¿Por qué crees que se hacen profesores? Efectivamente, no es mala idea, eso del cinturón de castidad para Sam.

—Mierda, ¡qué asqueroso eres! —dijo mi hermano.

—Ya lo sé.

—No me extraña que solo te jodas la mano derecha.

—Me conoces de toda tu miserable vida; me hago las pajas con la izquierda, maricón. Pero en serio, ¿a qué heladería andiamo? ¿Pisa o Venecia?

—Que elija Sam, es su día.

—Súbete, tigre —dijo Suse—, te voy a contar una historia grandiosa sobre tu futuro instituto.

Me senté detrás de él en la moto y le dije:

—Venecia no me gusta. Vamos a Pisa.

Mientras íbamos por la Stadionweg, Suse me contó girándose una y otra vez hacia atrás que en la Segunda Guerra Mundial, el director del Hervormd Zuid había sido un traidor de mierda, un miembro del MNS, Movimiento Nacional Socialista. Que tuviera cuidado, no sea que el director actual fuera su nieto.

—¿Sabes lo que tienes que hacer? Entérate; si es su nieto le quemamos el carro. Con él dentro, claro.

Suse era un experto en materia de historia, le fascinaba especialmente la Segunda Guerra Mundial. Llevaba años trabajando para un tendero del mercado Albert Cuyp. Mientras chambeaban, su jefe, Benjamín de Jood, le contaba historias fascinantes sobre el Holocausto.

Suse era marroquí, pero parecía un negro. Sus padres eran de Uarzazat, capital y provincia en el sur de Marruecos; allá la gente tiene la piel quemada por el sol. Los grandes estudios cinematográficos se encuentran también en esa ciudad. Muchos directores de cine de Hollywood rodaron allí escenas del desierto. Sus cuatro filmes favoritos, Gladiador, Cruzada, Lawrence de Arabia y La guerra de las galaxias, se habían rodado allí. Yo me preguntaba si serían sus favoritos si los hubieran rodado en otro sitio. Bueno, ya vale.

De cuando en cuando veía un trocito del nuevo tatuaje de Suse asomar por el cuello de su camiseta del Ajax: “El orgullo de Ámsterdam”.

Suse lo dijo en alguna ocasión: “Quiero más a Ámsterdam que a mi madre”.

A veces decía en broma que quería tatuarse en la verga tres cruces como las que aparecen en el escudo de la capital y en los amsterdamitos, los bolardos de la ciudad. Así, todas las chicas que se tirara sabrían que lo estaban haciendo con un amsterdamito.

En la calle Ferdinand Bolstraat, a la altura del hotel Okura, íbamos las dos motos en paralelo. Mi hermano conducía imperturbable su Vespa roja cual valiente caballero medieval. Su camiseta de D&G ondeando al viento, las mangas ceñidas alrededor de los brazos. El sol brillaba con fuerza y resaltaba el relieve de sus músculos; unas pequeñas sombras acentuaban y realzaban todas las formas. Hasta sus manos eran nervudas. Eso era porque tocaba mucho el piano. En una muñeca llevaba una colección de pulserillas y en la otra, un reloj que centelleaba como los destellos de luz en la superficie del Amstel. Un Rolex Submariner de oro y acero, fabricado especialmente para buceo de profundidad. Suse lo llamaba un reloj “Yak Custó”, seguido por un “¿sabías que…?” y entonces te contaba sobre Cousteau, que después de la Segunda Guerra Mundial desactivaba las minas que los kartoffen habían sembrado en secreto como regalo para los aliados en los puertos de Francia, y que no habían hecho explosión.

Mi hermano trabajaba en Hello Sushi, en una bocacalle del Albert Cuyp. Gracias a la enorme cantidad de chicas que iban allí a cenar atraídas por mi hermano, su jefe lo adoraba y ya estaba haciendo planes para ampliar el negocio. Las chicas pierden el sentido común cuando hay sushi de por medio.

Cuando terminaba su turno de trabajo, se llevaba cajas enteras llenas de sushi: California rolls, atún picante XL, salmón teriyaki, semillas de edamame y rollos crocantes de langostino en tempura.

Con la barbilla en alto, mi hermano conducía su Vespa por las calles de Ámsterdam como si fueran de su propiedad. De vez en cuando me guiñaba el ojo. Yo le devolvía el guiño en un gesto casi espasmódico que no se parecía en nada a la forma en que lo hacía él. Todo lo que hacía mi hermano parecía fácil e iba acompañado de una buena dosis de autoconfianza: la forma en que hablaba con chicas que no conocía, cómo repartía trabajitos entre sus amigos, la forma de responder preguntas difíciles, cómo conducía su escúter, y ¡hasta su forma de caminar! Yo intentaba imitarlo lo mejor que podía, pero siempre fracasaba. A veces me echaba con la mano un beso que yo rechazaba convulsivamente.

En el puente que cruza el canal Josef Israëlskade, un viejo les echaba pan a las palomas. Llevaba un raído abrigo de invierno, aunque estábamos en junio. Es siempre la gente andrajosa la que piensa en las palomas, nunca son tipos relamidos en trajes a medida. El hombre echaba también trocitos de pan en el agua para alegrar a los patos. Bueno, más que alegrarlos era desilusionarlos, porque al momento aparecieron unas malditas gaviotas tan enormes que parecían águilas nazis. Interceptaban el pan en el aire lanzándose en picado como aviones de bombardeo. Miles de palomas levantaron el vuelo a nuestro alrededor cuando pasamos a toda velocidad en las motos, algunas incluso aleteaban unos segundos a nuestro lado, algo que a mí me hizo gracia pero que irritó a Suse.

—¡Ratas voladoras!

—¡No, son tórtolas! —grité yo.

—¡Se nos van a cagar encima!

—¡Eso trae suerte!

—¡Idioteces!

El sol se filtraba por sus delicadas alas; una que pasaba muy cerca tenía las patas cortadas y le colgaban como si fueran un tren de aterrizaje con un defecto de fábrica. Mantenía las patitas muy pegadas al cuerpo, como si se avergonzara de ellas. Pero lo que más me gustó fue el ruido que hacían al despegar, las raudas alas batiendo el aire hacia arriba como ávidas nadadoras estilo mariposa; parecía que se ahogaban en el aire libre.

En ese momento sucedió algo muy triste.

Sonó un claxon, pero era demasiado tarde. El coche que iba delante de nosotros atropelló a una paloma. El espeluznante sonido al aplastar el pájaro hizo que mi hermano y Suse se detuvieran en el lugar del crimen. El neumático culpable siguió rodando y con cada revolución dejaba atrás un coágulo de despojos sangrientos. Observamos en silencio el untado de paloma urbana y el sembrado de plumas blancas sobre la calzada, esparcidas como flores funerarias. El tipo andrajoso se acercó a curiosear.

Suse rompió el ceremonioso silencio.

—Pobre; sería una paloma mensajera.

El alimentapalomas dirigió a Suse una mirada penetrante. Y de repente se dejó caer de rodillas y empezó a canturrear una canción mientras manoseaba el pájaro reventado como si estuviera preparando un cadáver.

No empujes, palomita

No apremies, palomita

Ya te llegará la vez

No me picotees los dedos

Qué animal tan majadero

Mas qué hermosa brillantez

Mientras tarareaba la cancioncilla, tomó con las puntas de los dedos las arrugadas alas y aleteó con ellas suavemente. Mi hermano me miró, yo a Suse y en ese momento de distracción, el hombre arrancó las alas de un tirón y se las metió en el bolsillo interior de su deshilachado abrigo ante nuestras miradas de desconcierto.

—Algunos coleccionan sellos, yo colecciono alas.

Se reía satisfecho y quería darnos la mano, probablemente porque aprobaba que hubiéramos presentado a la paloma los últimos respetos.

Su mano se quedó suspendida en el aire, las yemas manchadas de sangre aviar.

Suse habló en nombre de los tres:

—Guárdate esas sucias garras, vejestorio.

El hombre abandonó el puente husmeando, avanzó por la orilla del canal y desapareció de nuestra vista. Nosotros continuamos el viaje entre risas, sin poder creer lo que acabábamos de presenciar. Mi hermano iba delante, nosotros le seguíamos. En el siempre abarrotado cruce de la Scheldestraat y la Churchilllaan un semáforo nos mantuvo inmovilizados infinitamente. Por los cuatro costados, el tráfico estaba parado, como si rindiera un homenaje a la paloma muerta. Los que iban en bicicleta tenían la barra entre las piernas, los peatones apretaban impacientes los botones de los semáforos, los automovilistas jugueteaban con los embragues haciendo que los coches dieran empujoncitos hacia delante. Al mismo tiempo, como si se comunicaran por telepatía, Suse y mi hermano dieron gas y cruzaron la calle saltándose todos los semáforos. Mi cuerpo se inclinó un poco hacia atrás.

—Agárrate a mis michelines, tigre.

De repente, el tráfico resucitó y todo el mundo empezó a circular de un lado para otro. El comportamiento pionero que mostraban mi hermano y Suse me excitaba, era impresionante y contagioso y los hacía brillantes. Mi hermano y Suse se salían de lo corriente como si les iluminara una luz especial.

Circulamos despacio por la Scheldestraat. Primero veías los vivos carteles de las tiendas, algunos atractivos, otros repulsivos. Pero si te fijabas bien, descubrías que era una calle de mafiosos en la que unos individuos siniestros tanto del mundo legal como del hampa cenaban juntos en las terrazas, brindando por sus nuevos proyectos y encarando alegres la crisis.

Suse adelantó a una ciclista mientras decía irritado:

—¡Rápido, carajo!

Después se fijó descaradamente en la sandwichería Sal Meijer, donde un tipo con kipá hacía de portero junto a la puerta. Encima de él, un letrero con tres letras hebreas invitaba a entrar a los clientes. Probablemente decía Sal. Pero yo lo quería saber con certeza, así que lo señalé y pregunté a Suse qué decía exactamente.

—B.C.R. —me contestó.

—¿Es algún movimiento revolucionario, como el PLO del que me hablaste hace poco?

—Bajo Custodia del Rabino. Significa que es kosher. Nosotros, los medio musulmanes, podemos comer aquí también.

Suse saludó con la mano.

—¡Hebreo, vuelvo en un segundo!

El portero levantó el pulgar en señal de aprobación.

—Tengo una cuenta pendiente. En el descanso paso siempre a recoger unos sanduches de hígado de buey y carne salada para mí y para Benja. El tipo ese vigila la calle constantemente. Deja la puerta abierta todo el año, de par en par, hasta en pleno invierno.

Mi hermano nos alcanzó en su Vespa y preguntó:

—¿Por qué? ¿Teme que llegue un marroquí con un lanzagranadas al hombro?

—No —se rió Suse—, espera la llegada del Mesías. Va en serio. Tiene siempre una silla preparada por si se quiere quedar a cenar. Siempre que entro, llamo a la puerta y digo que ha llegado el Mesías.

Delante de la heladería, un quiosco al abrigo de unos árboles descortezados, una fila de parejitas aburridas en ropa veraniega avanzaba paso a paso.

Al cuarto de hora nos tocó el turno.

Buongiorno, ¿qué les doy? —preguntó la sonriente empleada desde detrás de los variopintos recipientes de helado.

—¿Buon-qué? —soltó Suse—. Estamos en Ámsterdam, nena, hazte un favor y habla en holandés. ¿Acaso digo yo “Assalam Alaykum”?

Vi que mi hermano lo miraba irritado.

—Perdone, pero tenemos que decirlo así. El jefe dice que le da un toque italiano.

—¿Dónde está el jefe ese?

Mi hermano suspiró ante la creciente fanfarronería de Suse.

—De vacaciones, en Italia.

—Tiene suerte. Sam, ¿qué quieres?

Tras dudarlo un buen tiempo, me decidí por un cono con cinco bolas de helado de chocolate, con nata y topping de almendras, fideos dulces y salsa de caramelo.

Mi hermano eligió un vasito con helado de yogur semidesnatado, trocitos de fresones y rodajitas de plátano.

—¿Con nata?

—Sin.

Suse se inclinó por un cono con tres bolas: canela, peras al vino y galletas de almendra.

—Ya enredados con el italiano, échale un chorro de amaretto, s’íl vous plait”.

—Eso es francés, señor, en italiano se dice per favore.

—Encima tiene la desvergüenza de corregirme.

Suse sacó un billete para pagar, pero la dependienta señaló divertida un adhesivo con el texto “no se aceptan billetes de 500” sobre un fondo de un billete morado de 500 euros.

De pura incredulidad, Suse hizo una especie de pirueta.

—¡Qué cansada eres, maldita sea! —exclamó.

Mi hermano se metió las manos en los bolsillos y sacó unos fajos de billetes morados.

Me miraban los dos a mí. Volví mis bolsillos del revés y lo único que cayó al suelo fue una pelusilla.

Detrás de nosotros esperaba un señor medio calvo con sandalias y calcetines.

—¿Va todo bien por aquí? ¿Vas a comprar una casa, o qué? —preguntó.

Suse lo miró a la manera Suse, pueril y audaz; diez de cada diez veces eso significaba que iba a soltar algo cáustico.

La fila seguía creciendo, igual que la impaciencia de la gente.

—¿Sabes qué? —dijo Suse decidido mientras pasaba a la dependienta el billete de 500 y se daba la vuelta— invito a todos a un helado. Menos a este chiflado con sandalias.

Estábamos a 25 grados. El sol se filtraba por la cubierta de ramas; parecía que habían esparcido esquirlas luminosas sobre los adoquines. Estábamos sentados junto a la heladería, en un banco redondo con un macetón de flores en el medio. Suse me puso la mano sobre el hombro, mi hermano me masajeaba el cuello. Pulíamos los helados con la lengua, pero yo detuve mis lametones unos instantes cuando me dio un ataque de frío en el cerebro. En las obras de la acera de enfrente trabajaban unos hombres orondos con chalecos amarillos y cascos blancos. Debajo de nosotros construían la línea Norte-Sur con ayuda de enormes tuneladoras. A Suse le parecía un plan absurdo. Mi hermano opinaba que la gente siempre se quejaba de todo.

—Huevadas —dijo Suse—, están malgastando mis impuestos.

—¿De qué hablas? —le preguntó mi hermano—. ¿Tus impuestos? ¿Tú pagas impuestos, acaso? ¡En el Albert Cuyp te pagan en negro! Si sigues diciendo esas idioteces no quiero ver que te montas en el metro cuando terminen, en 2073.

Todo el mundo que dejaba la fila se acercaba a saludar a Suse como si lo conociera personalmente y le daba las gracias por su generosidad.

Suse sonreía.

—Brilla el sol —dijo.

A la vista de todas aquellas alegres caras empezó a fanfarronear.

—Así aporto mi granito de arena a la religión. Uno de los cinco pilares del Islam es dar limosna. A veces hay que ser compasivo. ¿Qué pone en el escudo de Ámsterdam? ¿Heroico? Lo soy. ¿Firme? Lo soy también. ¿Compasivo? Desde hoy.

Mi hermano coqueteaba con una joven madre que le limpiaba los mofletes a su hijo a nuestro lado. Mientras Suse seguía cotorreando, yo asentía con la cabeza cada diez segundos para hacerle creer que le prestaba atención.

Un par de noches antes me había despertado de golpe cuando mi hermano y Suse entraron furtivamente en casa en mitad de la noche. El suelo de tablas crujía cantidad. Mi hermano encendió la luz del terrario y un zumbido casi inaudible se adueñó del cuarto. Sis, la serpiente del desierto, colgaba enroscada de una rama. Tenía dos bultos en el vientre: las ratitas que se había zampado. Mi hermano y Suse me miraron, yo me hice el dormido. Entraron de puntillas en el cuarto cargando unas pesadas bolsas de deporte. Suse tenía un agujero en el calcetín, la uña de su dedo gordo era gruesa como el cartón y necesitaba un buen corte. Mi hermano nunca permitiría que algo así llegara a esos extremos, llevaba las uñas de los pies y de las manos tan cortas que parecía que se las comiera. Mi hermano era súper meticuloso con todo lo que hacía. Una vez al mes me cortaba a mí las uñas de los pies porque yo no me atrevía. Un día que Suse y yo estábamos sentados en el banco de nuestra calle, me habló de los pies de trinchera y desde entonces yo creía que los pies se me pondrían así también si me cortaba las uñas.

En el momento en que ellos entraban sigilosamente en casa, todo el mundo dormía: mi padre y mi madre, y también Mina y Lina, las gemelas púberes. Si estaban ellas despiertas, lo estaba toda la calle Julianastraat. Probablemente soñaban en medio de la fase REM con algún putas de su clase que no temía a los profesores y los desafiaba todo el tiempo fumando porros abiertamente en el recreo y enganchándose impetuoso con chicos de otras escuelas del barrio en cuanto acababan las clases. Sin duda, mi padre soñaba con el cálido viento del Sahara que deambulaba por las callejuelas de su pueblo natal y depositaba aquellos finos granitos de arena roja en campos de naranjos que daban paso a descuidados terrenos llenos de higos. Campos rodeados de montes con olivos que se alzaban contra un cielo de color azul mar. Entre los olivos discutían hacendados de tez arrugada cual bolsas de papel marrón dobladas sin cuidado. Las eternas enemistades entre los campesinos, una imagen tentadora y cicatrizante de su juventud en Marruecos. Mi madre soñaría seguro con un cuerpo bien gordo, largas mesas llenas de pollos rellenos y vasos rebosantes de infusión de menta con no dos, ni cuatro, sino seis cucharaditas de azúcar. Pobre mujer, todas sus amigas eran como portaaviones y ella deseaba con toda su alma unirse a la flota, pero en vez de eso, se alejaba meciéndose sobre las olas; comía como una lima, pero no engordaba ni a tiros. Una vez me hizo acompañarla al médico para hacerle de intérprete.

—Dile que tiene un metabolismo súper rápido, como la caldera de un enorme barco —explicó el médico con júbilo—, eso es muy positivo, señora. La mayor parte de las mujeres, no, todas las mujeres harían lo que fuera por tener un metabolismo así.

Pero dejemos esto.

Ellos soñaban, yo no.

Mi hermano y Suse estaban de muy buen humor. Dejaron las bolsas de deporte con cuidado en el suelo y se abrazaron, allí mismo, en la penumbra. Suse repetía todo el tiempo “el golpe de mi vida”, como si fuera un mantra, mientras mi hermano, que llevaba puestos unos guantes negros de piel, no terminaba de sacar de las bolsas de deporte unas bolsitas de plástico selladas de color morado. Suse estaba sentado en la banqueta del piano de cola, con la espalda apoyada en la tapa del teclado. Con sus nudosas manos de trabajador se tapaba la cara, incrédulo. Por entre sus dedos, yo veía unos grandes ojos. Con cada bolsita de plástico que salía de la bolsa grande, Suse movía las rodillas más deprisa, como un niño que necesita ir al baño, haciendo vibrar el terrario de cristal. Mi hermano continuó impasible con su tarea, como si se avecinara una inundación y él fuera un soldado apilando sacos de arena. Se detuvo, se sentó con las piernas cruzadas en el suelo, miró la montaña morada y se frotó las manos enguantadas como si estuviera ante una hoguera.

Los vi soñar despiertos en medio de la noche.

Los vi mirar la montaña morada, en silencio, Suse rebosante de felicidad, mi hermano, frío.

Disfrutaron un buen rato de la vista.

Antes de empezar a contar, giraron la mirada hacia mí. Yo cerré bien los ojos.

—Mira el tigrillo domir tan campante —susurró Suse después de darme un beso en la mejilla con mucho cuidado.

De repente, Suse dejó de lamer su helado y enmudeció. Eso me hizo regresar de mi abstracción. Él seguía con una seria mirada a un ciclista que pasaba más lento que el resto a nuestro lado por la ciclovía. Era un hombre de unos cuarenta años. Llevaba una gorra de visera y gafas. También llevaba en los oídos unos pequeños auriculares negros. Por la razón que fuera, intrigaba a Suse.

Suse se levantó despacio, tiró su helado en una papelera y le hizo una señal a mi hermano, que ya estaba en la fase de danza de apareamiento con la joven madre.

—A las once —dijo Suse.

Mi hermano levantó la mirada.

—No veo ninguna hembra buena.

—Bici, acera de enfrente, parada de autobús, con gorra. Es Peter. El tira. No sabe que lo hemos detectado. Mejor así.

—Vale. ¿Y ahora?

—Suse miró a mi hermano como si lo fuera a machacar. Poder, podía. Todos los días, después del trabajo, iba a entrenar una hora en la escuela de boxeo Albert Cuyp. Era magnífico verlo. Saltaba como una bestia alrededor de los oscilantes sacos de boxeo aporreándolos con violencia. Todos los espectadores lo admiraban acomplejados.

—Los tiras nunca van solos. Operan en manada, se mueven en formación siguiendo a su presa. Vámonos. ¡Ya!

—¿Crees que somos los únicos quinquis de la Scheldestraat?

—Quédate tú si quieres, idiota, yo me largo. Sam, ¿te vienes?

—Sam se queda conmigo. Tenemos que hablar.

Yo vigilaba al tira mientras me terminaba el chorreante helado. De vez en cuando se llevaba el pulso a la barbilla y cuchicheaba algo como quien dice una oración. Probablemente hablaba a un micrófono conectado a su radio transmisor para informar a sus invisibles compañeros de lo que pasaba, o pasaba sus coordenadas.

El trasero de la joven madre se interpuso entre el tira y yo. Le dijo adiós a mi hermano y se fue, un pelín desilusionada. La expresión de mi hermano le echaba la culpa a Suse.

—Oye, perrito caliente. ¿Alguna vez te he impedido hacer lo que quisieras? Es la segunda vez que lo veo hoy. Ha pasado también por delante del instituto cuando los estaba esperando. Entonces he pensado: se habrá perdido. Escúchame bien. Me han echado cuatro años de libertad condicional. Casi nada, loco. Ya lo hemos hablado, lo mejor sería escond-, irnos de vacaciones un añito.

—¿Y si el tira ese se pasea por el mercado y pregunta dónde coño estás?

—Benja sabe exactamente que en ese caso tiene que hacerse el tonto. Es bueno en eso. Su padre le mintió una vez a un Sturmbannführer de las SS y el tipo se tragó la bola. Lo lleva en los genes.

—Eso no quita que sería algo notorio y bastante sospechoso si nos voláramos justamente ahora.

—Me importa un huevo. Tengo pinta de sospechoso desde que nací. Cuando esté tomando el sol en una playa de Bali, que pedaleen a mi alrededor las vueltas que quieran.

Se callaron. El ruido del tráfico urbano y de las conversaciones que nos rodeaban pasaron al primer plano. Hasta que también fueron solapados por el zumbante sonido de los cuatro motores de un avión que nos sobrevolaba rumbo a Schiphol.

—Yo no creo en las casualidades —dijo Suse señalando al cielo—, pero si ese avión no es la señal de que tenemos que largarnos de aquí volando, entonces yo soy Cherloc Joms.

Mi hermano se tocaba la mejilla.

¿Te cansas de mí, hermano? —preguntó Suse.

—No. Bueno, sí. Por fin han admitido a Sam en el liceo, tú y yo estaremos calentitos por un tiempo, disfrutamos de un helado, el sol brilla. Ya hablaremos esta noche en el Palladium.

Irritado, Suse plegó la pata de su Vespa y se montó.

—Bueno. Yo me voy, aún tengo que pasar a pagarle al judío. Después voy a pasear al sabueso por todo Ámsterdam hasta que reviente. ¡Estamos en contacto!

—Acuérdate de ponerte ropa decente esta noche.

—¿Qué hay de malo en mi traje del Ajax?

—Nada.

—Entonces no digas maricadas.

—¿Qué pone en la espalda?

Mi hermano se empezó a reír de él.

—No vuelvas a empezar con ese cuento.

Mi hermano se le reía aún más fuerte. Me contagió.

Suse se giró y dijo: “Mira, especialmente para ti”.

Había hecho imprimir en la espalda de su camiseta del Ajax el famoso lema de nuestro barrio, De Pijp:

MI BARRIO

ES

UNA BIRRIA

—Se me hacen cataratas cuando lo veo —dijo mi hermano tapándose los ojos con la mano—. Tápalo. Ponte una capa. Quítalo con las uñas, un raspador de hielo o una hidrolimpiadora. Pero haz algo. ¡Es horrible!

—Horrible. Tu jeta de buñuelo es horrible. Hablamos. Sam, tengo algo para ti.

Se sacó un sobre del bolsillo y me lo dio.

—Una tontería.

Rasgué el sobre y manché de helado de chocolate tres abonos de temporada.

—La temporada que viene, un domingo de cada dos, a ver jugar al Ajax.

Me colgué de un salto de su cuello.

—¡Suse! ¡Coño, eres un tigre, hermano!

—No, tú eres un tigre.

—No, no, tú eres un tigre.

Mi hermano dijo: “Los dos son unos tigres, ¿vale?”

Suse suspiró y dijo: “¡Nos vemos!”

Puso la moto en marcha y se fue. Como si fuera un esquiador de slalom, salió a toda por la acera pasando por entre los peatones y bajando por fin a la calzada, en contravía. El tira lo observó y dudó unos segundos antes de arrancar y salir detrás como si sintiera por él una atracción magnética.

Cuando se fue Suse, mi hermano me dijo que no podía permitirme fracasar. Nadie en la familia tenía un diploma de formación preuniversitaria. Suse tampoco.

—Y tú, ¿por qué no lo conseguiste?

El helado se había derretido en su vasito; se lo tomó de un sorbo al tiempo que miraba el banco ABN AMRO en la acera de enfrente y la gente que entraba y salía de él.

—Hubiera podido fácilmente.

No dejaba de observar el banco mientras los coches seguían pasando; a nuestro lado pasó por la ciclovía una bicicleta con el cubrecadena roto colgando y el consiguiente tintineo; un coche se subió a la acera, el conductor dejó las luces de emergencia encendidas y se incorporó a la cola de los helados. Por debajo de mis oscilantes pies, una pareja de palomas de cuello grueso —probablemente conocidas o quizá hasta familiares de la paloma atropellada— se entregaban a un cucurucho abandonado.

—¿Sabes qué pasaba, Sam? Yo no tenía quien me ayudara. En casa nadie me preguntaba si había hecho los deberes. O si no entendía algo. Lógico, papá y mamá no saben leer ni escribir. Nunca fueron a la escuela. Pero bueno, yo iba a quinto de preuniversitaria, al Montessori. Empollaba como si me persiguiera el mismo diablo. Aún podría matricularme en la enseñanza nocturna para sacarme el diploma, pero no tengo ganas. ¿Tu me imaginas sentadito en un pupitre y escuchando la charlatanería de un profesor? Como te decía, yo iba al penúltimo curso de secundaria, pero en casa me resultaba imposible concentrarme en los deberes, así que los hacía por la noche. A veces estudiaba hasta las cuatro. Y de un día para otro se me cruzaron los cables y pensé: ¿Para qué? Que se vayan todos a la mierda, los profesores, los adolescentes acneicos, mis padres, no me importaba nadie. Cuando lo recuerdo pienso “¡qué imbécil!”, todos mis esfuerzos para nada. Pero lo estúpido es que uno en ese momento no se da cuenta. No sabía lo que hacía. Entonces tenía dieciséis años, ahora tengo veinticuatro. ¿Sabes por qué te llevo conmigo a todas partes? ¿Tú qué crees? Porque yo no le importaba a nadie un pito, nadie me llevaba a ninguna parte. Lo que quiero decir es que si no tienes quien te ayude, es más fácil dejar las cosas. Pero tú no tienes que preocuparte, yo soy tu soporte, hermanito. Lo haremos juntos.

Me dio un estrujón. Algo que nunca hacía. Así que cuando me abrazó, casi se me saltaron las lágrimas.

—Te apoyaré durante todo el periodo de la secundaria. Primero tengo que arreglar algunos asuntos, pero después te ayudaré todos los días con los deberes. Cuando no entiendas algo, te lo explicaré. Cuando tengas pruebas, yo te tomaré la lección. Te preguntaré y te seguiré preguntando.

Se reía. Yo no.

—¿Necesitas clases extra de matemáticas? Conozco a unas cuantas chicas listas que estarán encantadas de ayudarte. Con tal de que no les pongas encima las manos.

—No sé si podré.

—Qué gracioso. ¿Te funciona ya el pito?

—Ya sabe señalar las estrellas.

—No dejes que se acerque a las estrellas.

—¿Qué quieres decir?

—Déjalo.

Mi hermano se acercó a su Vespa, sacó algo del compartimento delantero y me lo dio. Mi felicidad era completa. Primero me admitían en el instituto al que yo deseaba ir, después los abonos de temporada y ahora esto: dos entradas para el Concergebouw. Localidades en el palco central para un concierto de Simeon ten Holt: Canto ostinato. Una pieza preciosa consistente en frases cortas lúdicas y repetitivas con pequeñas y delicadas variaciones. Mi hermano tocaba Canto ostinato muy a menudo en el piano de cola que teníamos en nuestra habitación. Cuando lo oía, yo me ponía un poco triste y al mismo tiempo, muy feliz, la misma sensación que cuando miras fotos antiguas. Acostado en la cama, disfrutaba viendo cómo sus graciosos dedos se paseaban por las teclas blancas y negras. Me imaginaba que mi hermano liberaba aquellas notas que estaban presas detrás de las cuerdas de metal dorado; las dejaba escapar ruidosas de la caja de resonancia y elevarse y flotar plenamente libres por el cuarto, como partículas de polvo en un rayo de luz. Cuando dejaba de tocar levantaba el índice y me explicaba siempre, sin excepción, que canto ostinato significaba “canción testaruda” en italiano.

—¿No vendrá Suse con nosotros?

—Cuatro pianos de cola interpretando la pieza juntos. ¿Tú te imaginas lo que vamos a presenciar mañana?

—Del putas. Pero, ¿no vendrá Suse con nosotros?

¿Suse en el Concertgebouw? ¿Tú lo ves allí? Esa bomba de relojería no puede estarse quieta ni veinte segundos. Si no le gusta es capaz de empezar a abuchear a los pianistas y tirarles cosas.

—No lo había pensado.

—¡Mañana te sentarás en la butaca donde repantiga el trasero su majestad!

¡Yijaa! ¿Puedo rascar un mensaje en el apoyabrazos?

—¿Qué mensaje?

—“Mi barrio es una birria” o “Hay una bomba debajo de su butaca. Si se levanta, hará explosión”, o “Llámeme si necesita relajarse”.

Entretanto, mi hermano había tirado el vasito vacío en la papelera, cogió un par de servilletas de papel de la heladería y me dio una a mí.

—Quiero que me prometas algo, Sam

Oí en su voz que era algo serio. Le miré intrigado. Él me puso la mano otra vez en el cuello. Esperé sin decir nada.

—¿Me prometes que continuarás allí donde yo me quedé estancado? ¿Qué en unos años saldrás del instituto Hervormd Zuid con el puto diploma de formación preuniversitaria en la mano?

Me tendió la mano con decisión; sus pulseras se balanceaban tintineando como cadenas. Yo reflexioné unos segundos mientras miraba el letrero de neón de la heladería. HELADO PISA, decía en unas decorativas letras rojas. Me limpié los pegajosos dedos con la servilleta y sellé la promesa con un firme apretón de manos.

Mi hermano miró la heladería, después a mí y dijo: “La promesa de Pisa”.

Poco después decidimos irnos. Me levanté del banco e inmediatamente sentí unas agudas punzadas en los talones. Me pasaba desde hacía poco. Mi hermano me dijo que era por estar creciendo. Me agaché para atarme los cordones de los zapatos y de repente me di cuenta de que desde hacía un rato casi no pasaba ningún coche por la calle, como un desagüe atascado que no deja que corra el agua. La pieza para piano era realmente una canción testaruda, de pronto, sin pedírselo, sonaba en mi cabeza. Antes de entender lo que pasaba, tuvo lugar un espectáculo alucinante. Lo anunciaron unos fuertes ruidos de aceleración, como el rugido de leones, que llegaban de las calles circundantes y se hacían cada vez más fuertes. La gente de las terrazas y en la heladería levantaba la cabeza sorprendida para ver qué pasaba. Unos coches deportivos oscuros iban y venían en todas direcciones posibles, los neumáticos intentaban agarrarse al asfalto, pero resbalaban como las garras de un gato que quiere frenar en un suelo de madera. Se detuvieron delante de nosotros en una línea defensiva impenetrable. De los coches empezaron a salir hombres como hileras de hormigas soldado listas para el combate. Interpretaron una sinfonía de puertas de coche que se abren, pisadas rápidas y ametralladoras que se cargan. Los transeúntes soltaban gritos asustados, parecía un coro de cantantes de ópera y empezaron a alejarse de nosotros como si se los llevara un huracán. Unos gigantes en jeans, chalecos antibalas azules y boinas nos rodearon. Nos apuntaban con unas armas que en sus imponentes manos se quedaban tan pequeñas que yo hubiera jurado que eran ametralladoras de juguete. Estaba petrificado y seguía en cuclillas, con los cordones entre los dedos, como si me hubiera sorprendido una erupción volcánica y me hubiera sepultado una nube de ceniza. Los gigantes azules permanecían a distancia y gritaban instrucciones a mi hermano. Vi sus ojos en el centro de las mirillas encima del cañón de las ametralladoras. De pie a mi lado, mi hermano levantó los brazos, dio dos pasos hacia adelante y se dio la vuelta despacio hacia mí.

Yo lo miré.

Los aullidos continuaban. Mi hermano se puso las manos sobre la cabeza. Sus abombados bíceps sobresalían de las mangas de la camiseta, en su sobaco vi una decentemente redonda manchita de sudor. No me miró. Se arrodilló con torpeza poniéndose a mi altura. Los gigantes del centro nos asediaron y el cerco se estrechó. Mientras sus zancadas sonaban como penetrantes tambores, los otros gigantes reafirmaban sus garras sobre las culatas festoneadas de sus armas, para cubrirles.

—Mira en el terrario, escóndelo. Nos vemos pronto —dijo mi hermano sin mirarme.

Estaban casi a su lado cuando se movió inesperadamente, sus fuertes rodillas rechinaron sobre los adoquines y él cambió ligeramente de posición. Los gigantes empezaron a gritar, tan alto que yo sentí la vibración del aire como un azote.

—¡Quieto o disparamos!

Se quedó quieto hasta que se lanzaron sobre él, lo agarraron por las muñecas y le pusieron las esposas. Bien ajustadas, un sonido agudo y aterrador. Con las manos esposadas a la espalda y un pelotón de agentes a cada lado, no nos miramos más que un nanosegundo. Fue nuestro momento más íntimo.

El maestro era dominado.

Se lo llevaron hacia los coches. Y de repente mi cuerpo se vio anegado por una ira furibunda que reventó su fosilización. Corrí hacia mi hermano, me agarré con todas mis fuerzas a sus piernas y clavé mis tacones en el suelo.

—¡Déjenlo! ¡No se irá! ¡Se queda conmigo!

Fueron necesarios cuatro gigantes para apartarme de él. Lo empotraron en un coche y la columna salió a toda marcha en rigurosa formación. El estruendo de los motores enmudeció como si obedeciera a un director de orquesta que baja las manos con cautela.

Un agente desconfiado que seguía agarrándome le preguntó a un superior que estaba hablando por teléfono a cierta distancia.

—¿Nos llevamos también a este?

—¿Tú qué crees?

El agente que le superaba en rango se acercó a mí, me observó y dijo: “De momento no volverás a ver a tu hermano. Vete a casa. Julianastraat 21, ¿verdad?”

Parpadeé.

—Suéltalo.

El agente me soltó, yo me di la vuelta para ir corriendo a casa, pero el policía que había dicho que me podía ir, me detuvo de repente con decisión mientras gritaba al teléfono. Apoyó el móvil contra su hombro, señaló mis zapatillas y dijo: “Átate los cordones, no vayas a tropezarte”.

Las silenciosas e intermitentes luces de los coches de policía se reflejaban en los escaparates y teñían la calle Scheldestraat de azul. Al pasar corriendo junto a la sandwichería judía vi un montón de policías. Suse se resistía con ímpetu. Ya estaba esposado, pero seguía haciendo tope con los pies contra el vano de la puerta.

¡Un marroquí en un negocio judío no puede ser kosher, ¿verdad?! —berreaba jadeante.

A duras penas consiguieron meterlo en el coche. Justo antes de ponerse en marcha el vehículo, rompió de una patada una ventanilla y sacó una pierna por ella. El ruido que hizo era enorme y las esquirlas dibujaron rayas rojas en su espinilla.

Seguí corriendo hasta pasar el cruce donde las motos de policía cortaban la calle y los agentes desviaban el tráfico.

En el puente vi primero las plumas blancas. Después, la paloma sin alas que poco a poco se integraba en el paisaje urbano.