Vigdis Hjorth
LA HERENCIA
Novela
Traducción de
Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
Vigdis Hjorth (Oslo, 1959)
Es una de las novelistas noruegas más importantes de la actualidad. Ha vivido en Oslo, Copenhague, Bergen, Suiza y Francia. Estudió Filosofía, Ciencias Políticas y Literatura. Con La herencia (2016), ganadora del Premio de los Libreros de Noruega, Premio de la Crítica y nominada para el prestigioso Premio de Literatura del Consejo Nórdico, ha sido su libro más exitoso. La novela se convirtió en una de las obras más aclamadas por la crítica y uno de los fenómenos editoriales más relevantes de los últimos años en Noruega.
Título original: Arv og miljø

© De la traducción:
Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo
© De esta edición:
Mármara ediciones
marmaraediciones.es
First published in Finnish by Otava Publishing Company Published in the Spanish language by arrangement with Rights & Brands
© De la traducción: Luisa Gutiérrez Ruiz
Edición en ebook: octubre de 2019
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B
28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN: 978-84-17651-94-7
Diseño: Ignacio Caballero
Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón
Composición digital: leerendigital.com
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La herencia
Cuatro hermanos, dos casas de verano en Hvaler y un terrible secreto. El reparto de la herencia familiar se convertirá en un tema de desencuentro. La aparente disputa entre los hermanos por las propiedades encierra algo mucho más profundo: los fantasmas del pasado regresan y lo que parecía olvidado revive en la familia. Galardonada con los más prestigiosos premios literarios de su país, La herencia se convirtió desde su salida en un éxito de ventas en Noruega y generó, junto a la serie Mi lucha de Karl Ove Knausgård, un importante debate sobre la relación entre literatura y realidad. Mármara y Nórdica nos unimos para publicar una de las grandes novelas de la literatura europea de los últimos años.

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La herencia
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Contraportada
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La herencia
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Los Bandídez
y el Karaoke Kanalla
de Autor


La culpa de que los Bandídez tuvieran que asaltar el campamento de violín fue de mi padre.
Era tres de junio. El uno de junio, el segundo día más importante de mi vida, había transcurrido sin pena ni gloria. El más importante había sido, naturalmente, ese día del verano pasado cuando Kaarlo el Feroz tuvo un capricho y decidió robarme para que les hiciera compañía a sus hijos. El verano pasado me convirtió en una salteadora de caminos, pero este tenía todas las papeletas para ser un rollo. Había esperado el uno de junio durante todo el oscuro y deprimente invierno, el día que me largaría zumbando en la bandidofurgona lejos de mi vida en la escuela. Había enviado a los Bandídez un mensaje de socorro, pero de eso hacía ya dos días. Comenzaba a perder la esperanza. Me tocaría pasar las vacaciones aquí, en este estúpido campamento musical al que mi padre me había obligado a venir para evitar que me escapara con los bandidos. De ahora en adelante, pasaría cada uno de los días en mi aburrida vida.
ANÁLISIS DE LA SITUACIÓN
escrito por Vilja
1. Estoy atrapada en un campamento de música de cámara de tres semanas que se organiza en el pueblo de Ypäjävuori.
2. Comparto el dormitorio B con otras tres violinistas. El grupo se llama Las Barbalalas. Perdí la votación del nombre por 3-1, aunque tantas cosas hubiesen empezado por B: Bananas, Bantús, Bacilos, Bandidos. Pero no. Si los Bandídez no me salvan, me tocará ser una Barbalala las próximas tres semanas.
3. Por suerte, los de la M se llaman Mejillones Melodiosos y eso me consuela un poco.
4. No, no me consuela. Me muero de vergüenza.
5. Más hechos: tengo que escapar.
6. Cuestiones que dificultan la fuga:
• El campamento está rodeado por una alta verja blindada. El portón de salida se cierra a las 20 h y se abre a las 8 h. Entre tanto, no se puede escapar reventando un par de cerrojos. Se necesitan unas grandes cizallas o una sierra para metales, que no tengo.
• En un cuarto dormimos cuatro. Por cada dos habitaciones hay un tutor, y su dormitorio está al lado del de los campamentistas.
• Si se tiene la intención de escapar, hay que deslizarse a hurtadillas junto a tres niñas y la habitación del tutor. Para alcanzar el portón hay que pasar también junto a las cabañas de la directora del campamento y del administrador.
• El administrador hace guardia por las noches. Y tiene un perro pastor alemán.
• NO CREO QUE LO CONSIGA SOLA.
7. Por suerte:
• He pedido ayuda a los Bandídez a través del sitio web Bandit-H.
• He pedido que vengan y me roben porque no puedo huir sola.
8. Un gran pero:
• Mi mensaje de socorro fue un fiasco total. No pensé bien el texto para que tuviera toda la información necesaria. No tengo excusa. Me preparé mal. No he sido muy lista ni estaba en mi mejor momento.
9. ¿Pueden terminar ya los autorreproches, por favor?
La tarde de mi llegada al campamento, desfilé hasta la oficina de la directora, Maijariitta Kasurinen, y le conté que tenía que contactar con mi padre por correo electrónico porque necesitaba mi inhalador para el asma. Jadeaba y me quejaba tan convincentemente que a la directora no se le ocurrió preguntar por qué no se podía llamar por teléfono. En ese caso, habría dicho, por supuesto, que debido a sus asuntos secretos para el Gobierno, a mi padre no se le permite usar el teléfono. Estaba convirtiéndome en una maestra de la mentira.
Esperaba que Kasurinen me dejara el ordenador y se ausentara de la habitación, pero no, se quedó de cháchara detrás de mí.
—Hay que vigilar el uso de la red que hacen los niños —dijo—. Aunque para vosotros sea un fastidio.
Aunque le lancé una mirada asesina, la mujer no dejó de parlotear. Por su boca fluía un continuo torrente de lava verbal repleto de cursiladas y florecillas y pegatinas de purpurina.
—No es como hacer encaje de bolillos. Escribes en el cuadradito de la dirección «jounipuntovainisto», el simbolito de la arroba y luego… ¿dónde trabaja tu padre? ¿No encuentras divertido que lo llamen arroba? Nosotros, los amantes de la música y el solfeo, podríamos llamarlo dorremí.
¡Aaah! Y encima cantaba y marcaba el compás con las notas de solfeo. ¿Tendrá hijos? Si los tiene, seguramente estarán hasta el dorremí.
No quedaba otra que actuar rápido. Fingí un ataque de asma y conseguí que me trajera un vaso de agua que, en un supuesto ataque de tos, volqué sobre una partitura recién impresa (¡vivan las impresoras de tinta!). Mientras ella secaba las notas, dispuse de veinte segundos para teclear y abrir Bandit-H, escribir el nombre de Hele en la dirección y el mensaje «SOS Pequeños músicos Ypäjävuori 1.6.-22.6». Por suerte, tenía dedos ágiles de tanto pasar las tardes en Internet. El sitio web creado por Hele se había convertido en un canal indispensable para mantener el contacto y, lo que había empezado como una afición, bandidotunear las Barbies, y su venta online había hecho rica a Hele; la misteriosa diseñadora de Barbies Bandit-H se había convertido en una celebridad.
Aún necesitaba un poco más de tiempo. Di un puntapié a la montaña de cajas junto a la mesa. Las cajas se desplomaron sobre las notas mojadas y de la caja que estaba encima resbalaron montones de bolsas de colores por todo el suelo. Mientras la directora se ocupaba de la nueva catástrofe y su horrorizada respiración silbaba como una tetera, vacié el historial de navegación. Otro truco que Hele me había enseñado. En ese instante alcancé a leer mejor lo que ponía en las cajas de cartón: chocolate con arroz inflado, 20 bolsas de 200 gramos. ¿Cómo es que aquí había chocolate si en el comedor solo nos ofrecían arroz y zanahorias hervidas, según las normas del campamento de «compañía agradable, magia de la música y vida sana?».
¡Llamada de socorro enviada! Ayer estuve flotando feliz todo el día. Soporté mi primera audición en solitario, en la que me reprocharon lo blandengue que sostenía el arco y mi mala postura al tocar. De todos modos, voy a estar poco aquí, dije para mis adentros. Mi suerte cambiaría pronto.
Mi desgracia ya había durado bastante. ¿Cuántas veces me había arrepentido de haber bajado de la bandidofurgona y haber regresado a casa al final del pasado verano? Mi padre estaba enfadado y mi madre fuera de sí y mi hermana Vanamo…, bueno, ella era la misma de siempre. Es-pan-to-so.
Durante la noche, la buena sensación se transformó en sudores angustiosos. Estaba segura de que mi mensaje de socorro no podía interpretarse correctamente. ¿Cómo se me había ocurrido escribirlo así? «¡Pequeños músicos. Ypäjävuori!». ¡Pero si sonaba a publicidad! ¡Como si invitara a Hele y a Kalle y a toda la pandilla al concierto de fin de curso en lugar de rogarles que me salvaran! Ya los estaba viendo entre el público del concierto: Kaarlo el Feroz con las trenzas abiertas repeinadas, Pete Dientesdeoro con los piños lustrados de modo que centellearan en la puesta de sol estival. ¿Por qué no escribí «socorro, salvadme»? ¿Sabría Hele captar mi mensaje, entendería que «SOS» significaba llamada de socorro?
Si Hele no descifraba mi código, ya podía despedirme de un verano de saqueos.
Cerré mi cuaderno de notas y me preparé para otra audición en solitario. El resto de Barbalalas ya habían ido a clase y estaban ensayando para la gran velada en el campo de deportes del campamento. Cada habitación se presentaría a los demás de una manera divertida y nuestra tarea era pensar en un concurso musical simpático y con chispa. Esta expresión, naturalmente, procedía de la directora del campamento, siempre con sus vestiditos.
Entré en el aula. La profesora parecía estar en la pausa del café, pues daba clases desde por la mañana. Abrí el estuche del violín, fijé la almohadilla y tensé el arco. Había practicado poco. Coloqué las notas en el atril y me di cuenta de que me temblaban las manos. Tal vez era el hambre. Comer únicamente zanahorias hervidas mosqueaba y agotaba bastante. ¿Cómo tener fuerzas para ensayar? De pronto se apagaron las luces de la sala de ensayos. ¿Es que la maestra estaba probando algún nuevo método?
—¡Cierra los ojos! —dijo una voz apartada a mi espalda—. Deja con cuidado ese violín encima de la mesa. Coloca las manos en el borde del atril y ¡no mires!
¡La prueba de lealtad!, comprendí. La hermana mayor de una de las Barbalalas había participado el año pasado en el mismo campamento y esta nos había contado las alocadas historias de su hermana mayor y todo mi grupo esperaba con entusiasmo las pruebas secretas con las que durante el campamento se podía ganar el título de Pequeño Musicante. Y tras el concierto de fin de curso se conseguiría un pin de una clave de sol. Y se lloraría de felicidad.
—¿Te encanta el campamento de los musicantes? —me preguntó la voz.
—Bueno… —respondí sin ganas. Por mis compañeras de cuarto no quería meter la pata del todo, pero tampoco quería mentir.
—¿Tocar el violín y comer zanahorias es lo más maravilloso que te puedes imaginar?
—No —respondí y solté una carcajada. Luego traté de ponerme seria. Sentí en la nariz una ráfaga de aroma a abedul. Como si alguien hubiese pasado mucho tiempo entre los árboles o en el bosque y el dulce aroma de las hojas brotando se le hubiese pegado a la ropa.
—¿Qué opinas de la directora del campamento y su peinado a lo nido de búho?
—Eh, oye —dije—. ¿Se trata de una broma?
Durante un horrible instante pensé que la directora en persona había maquillado la voz con la intención de buscar halagos y después respondería machacando con su mantra: «¡Qué chupi, qué guay, qué chupiguay!». Por suerte me di cuenta de que la voz pertenecía a una persona más joven. Y a una muy conocida. Una cuya voz no encajaba en este lugar.
—¿Quieres quedarte en este campamento todo el verano o tienes otros planes?
—¡Los tengo! —exclamé y abrí los ojos. Había reconocido la voz.
Apoyada en la jamba de la puerta estaba Hele, saludando con una media sonrisa. Parecía mucho más alta y más delgada que el verano pasado, sus brazos asomaban fibrosos por las mangas de su camiseta negra.
—¿Nos vamos ya? —dijo.
—Nos vamos —grité de alegría.
No recuerdo la última vez que me sentí tan eufórica, feliz y aliviada.
—Ahora, vámonos por patas —dijo Hele—. Llévate el violín, que tus cosas ya las hemos sacado de tu cuarto y Kalle las ha metido en la furgo. Ahora tendríamos que largarnos sin llamar la atención.
El deseo de Hele se fue al garete en ese mismo instante. En cuanto cruzamos la puerta y salimos al campo de deportes, lo vimos y lo oímos. Habríamos tenido que adivinar que no sería tan sencillo. Kaarlo el Feroz Bandídez jamás hacía nada sin llamar la atención.
Hacer como un acto voluntario lo que tienes que hacer.
Slavoj Žižek
Mi padre murió hace cinco meses, en un momento oportuno o inoportuno, según se mire. Yo creo que él no habría tenido nada en contra de desaparecer de una manera tan repentina justo entonces, hasta incluso pensé que se había caído a propósito cuando me lo dijeron, antes de conocer los detalles. Se parecía demasiado a lo que se lee en las novelas para poder ser casual.
Durante las semanas anteriores al fallecimiento, mis hermanos habían mantenido una enardecida disputa sobre un anticipo de la herencia, en relación con las casas de la playa de la familia en las islas de Hvaler. Y solo dos días antes de que mi padre se cayera, yo me había unido a la disputa poniéndome de parte de mi hermano, en contra de mis dos hermanas pequeñas.
Me enteré de esa disputa de un modo extraño. Un sábado por la mañana que esperaba con mucha ilusión porque no tenía nada más que hacer que preparar una intervención en un seminario sobre teatro contemporáneo en la ciudad de Fredrikstad por la tarde, llamó mi hermana Astrid. Era una mañana despejada y hermosa de finales de noviembre, el sol brillaba casi como en primavera si no hubiera sabido que eso era imposible y si no hubiera visto los árboles sin hojas elevarse hacia el cielo o el suelo rojizo de hojas. Me sentía feliz, preparé café, me hacía ilusión ir a Fredrikstad y dar una vuelta por el casco antiguo de la ciudad al acabar el seminario, caminar por los terraplenes mirando al río, con la perra a mi lado. Me metí en la ducha, cuando salí vi que Astrid había llamado varias veces. Seguro que tenía que ver con esa colección de artículos que le estaba ayudando a redactar.
Contestó al teléfono con voz susurrante. Espera un momento, dijo, había interferencias, como si se encontrara en una habitación con aparatos eléctricos. Espera un momento, repitió, susurrando de nuevo, yo esperé. Estoy en el hospital Diakonhjemmet, dijo, ya la oía mejor, las interferencias habían desaparecido. Se trata de mamá, dijo. Pero todo ha ido bien. Ya está fuera de peligro.
Sobredosis, dijo, mamá se tomó anoche una sobredosis, pero todo ha acabado bien, solo que está muy cansada.
No era la primera vez que sucedía, pero en los otros casos habían ocurrido tantos sucesos traumáticos antes que no me había sorprendido. Mi hermana repitió que nuestra madre estaba fuera de peligro, pero que había sido dramático. Mi madre la había llamado a las cuatro y media de la madrugada: He tomado una sobredosis. Astrid y su marido acababan de volver a casa de una fiesta y no podían conducir, Astrid llamó a mi padre, que encontró a mi madre en el suelo de la cocina y que a su vez llamó al vecino, que era médico; este acudió y dudaba de si era necesario avisar a una ambulancia, pero lo hizo para quedarse tranquilo, y la ambulancia llegó y llevó a mi madre al hospital, donde se encontraba ahora, fuera de peligro, pero muy muy cansada.
Por qué, pregunté, Astrid se mostraba vaga e incoherente, pero poco a poco fui comprendiendo que las emblemáticas casas de la playa de Hvaler habían sido traspasadas a mis dos hermanas, Astrid y Åsa, sin que nuestro hermano Bård hubiese sido informado al respecto, por un valor de tasación que, al enterarse, le pareció demasiado bajo. Había protestado y armado un escándalo, dijo mi hermana. Ella le había enviado un correo unos días antes porque nuestra madre estaba a punto de cumplir ochenta años y nuestro padre ochenta y cinco, y eso era algo que había que celebrar, así que escribió a Bård preguntándole si él y su familia querían participar en la fiesta, él contestó que no quería verla, que le había arrebatado una casa de Hvaler, eso añadido a un trato desigual en cuestiones económicas durante años, que ella solo quería justicia para sí misma.
Astrid se asustó, tanto por los términos como por el contenido, y enseñó el mensaje a nuestra madre, que se asustó y se tomó una sobredosis, y ahora estaba ingresada en el hospital, en cierto modo por culpa de Bård.
Cuando Astrid lo llamó para contarle lo de la sobredosis, él contestó que ella era la responsable de la situación. Se muestra muy frío, dijo ella. Emplea la peor arma de todas, los hijos. Los hijos de Bård habían eliminado a Astrid y a Åsa de Amigos en Facebook y escrito a nuestros padres diciéndoles que estaban apenados por la pérdida de la casa de la playa. Mi madre tenía mucho miedo de perder el contacto con los hijos de Bård.
Le dije a Astrid que le dijera a nuestra madre que se mejorara, ¿qué otra cosa podía hacer? Se alegrará, dijo.
Resulta curioso lo casual que es conocer a personas que luego serán decisivas para el desarrollo de nuestra vida, que luego influirán directa o indirectamente en elecciones que harán cambiar la trayectoria de la misma. ¿O no es casual? ¿Intuimos que la persona ante la que nos encontramos va a empujarnos hacia caminos por los que consciente o inconscientemente deseamos caminar? Entonces seguimos hacia delante. ¿O intuimos que la persona ante la que nos encontramos podrá desafiarnos o echarnos de ese camino por el que deseamos caminar y por eso no queremos volver a verla? Resulta curioso pensar en lo importante que puede llegar a ser una persona para nuestra actuación en situaciones decisivas, porque le hemos consultado justo sobre ello.
No me tomé el café, estaba intranquila, me vestí y salí para que me diera el aire en la cara y se me aclararan las ideas. No estaba reaccionando de un modo adecuado, pensé. Llamé a Søren, que era el que mejor de mis hijos conocía a la familia. Se sorprendió por lo de la sobredosis, claro, pero había oído hablar de las otras veces y sabía que siempre acababan bien, porque ella siempre avisaba a tiempo. Cuando llegué al tema de las casas de la playa y la tasación, se quedó pensativo y dijo que entendía la reacción de Bård. Él no había roto la relación, como yo, había estado allí siempre, no tan cercano a nuestros padres como Astrid y Åsa, pero eso tendría que estar permitido sin recibir por ello castigos económicos.
Llamé a Klara, que se enojó. Coquetear con el suicidio no era bueno. Regalar casas en la playa a dos de cuatro hijos en secreto y según una tasación demasiado baja no era bueno.
Estaban en su derecho, pero durante los últimos años habían hablado muchas veces de su intención de tratar a todos los hijos por igual en cuanto a la herencia. Pero ahora se descubrió que la suma que Bård y yo recibiríamos como compensación por las casas sería notablemente baja. Entendía que mi hermano protestara por eso y porque no se le había informado de que el traspaso ya había tenido lugar. A mí tampoco me habían informado, pero yo llevaba años distanciada de la familia. De todos mis hermanos solo tenía contacto con Astrid, la segunda más pequeña, mediante un par de conversaciones telefónicas al año. De manera que me había sorprendido recibir una felicitación de mi hermana pequeña por mi cumpleaños unos meses atrás, ya que hacía muchísimo tiempo que no sabía nada de ella. Decía que me había felicitado otros años, pero a un número de teléfono equivocado. Entonces lo entendí. Hasta entonces habían sido dos contra uno; Astrid y Åsa contra Bård, pero al entrar yo en juego, todo podría desplazarse. No obstante, yo había afirmado que no me importaba la herencia. Supongo que mis hermanas esperaban que siguiera igual, pero no podían estar seguras. Eran cosas que yo decía en mis conversaciones con Astrid, cuando ella quería que me reconciliara con mis padres. Me presionaba sentimentalmente, esa era la sensación que me daba, hablaba de cuánto sufrían por mi ausencia, de lo viejos que estaban ya, de que pronto se morirían, ¿por qué no me presentaba en un cumpleaños o en alguna fiesta? Estaba segura de que era nuestra madre la que presionaba a mi hermana. Pero a mí no me ablandaba tanta charla de vejez y muerte, a mí me provocaba y me entristecía. ¿No se tomaban en serio mis motivos? Yo los había explicado. Les había contado que me ponía enferma cuando estaba con nuestros padres, que verlos y hacer como si nada hubiera pasado equivalía a traicionarme a mí misma. ¡Que lo había intentado! No me ablandaba, sino que me provocaba y me entristecía, no en el momento, sino después, cuando escribía correos diciendo que no quería volver a ver a mis padres nunca más, que nunca más pondría un pie en la calle Bråteveien, que me desheredasen si querían.
Después de romper con ellos, mi madre me llamó muchas veces, era antes de los tiempos del móvil y yo no sabía quién llamaba. Ella alternaba entre llorar y regañarme, a mí me dolía el cuerpo, pero no tenía elección, si quería sobrevivir, no hundirme, no ahogarme, tenía que mantenerme alejada. Ella me preguntaba que por qué no quería verla, como si no lo supiera, me hacía preguntas imposibles. ¿Por qué me odias si eres la niña de mis ojos? Yo le había dicho innumerables veces que no la odiaba, hasta que empecé a odiarla, se lo había explicado una y otra vez, ¿tendría que explicárselo de nuevo cuando en el siguiente cruce de caminos fuera como si no se lo hubiera explicado, y me sintiera rechazada? ¿Una vez más sería rechazada?
Durante los primeros años tras la ruptura se produjeron muchos episodios dramáticos debido a esa clase de conversaciones telefónicas. Mi madre llamaba y soltaba sus acusaciones y sus ruegos y yo me desesperaba y me entristecía. Poco a poco las llamadas se fueron espaciando, creo que se dio por vencida, seguramente también ella pensaba que la previsibilidad y la tranquilidad eran preferibles a esa desgarradora inquietud que traían consigo las conversaciones irreconciliables. Mejor dejar que Astrid haga un nuevo intento de vez en cuando.
Al menos durante los últimos años había recibido pocas llamadas de mi madre. Alguna que otra vez me escribía un SMS cuando estaba enferma, lo que le ocurría a veces, como suele ocurrirle a casi toda la gente mayor. Estoy enferma, ¿podemos charlar un poco? Un día me llamó tarde, seguro que había bebido, yo había bebido y le contesté que podía llamarme al día siguiente por la mañana. Luego escribí a Astrid y le dije que yo podía hablar con nuestra madre sobre enfermedades y tratamientos, pero que si empezaba con las acusaciones y el drama de siempre, le colgaría. No sé si le transmitió mi mensaje, pero cuando mi madre llamó a la mañana siguiente solo habló de enfermedades y tratamientos, y tal vez sintiera como yo, al colgar, que la conversación había estado bien. Al menos dejó de transmitirme su decepción y su tristeza, pensé que se las dirigiría a Astrid, a quien debía de resultarle pesado manejar la decepción y la tristeza de mi madre y quizá no fuera de extrañar que intentara incitarme a la reconciliación.
Debido a la decepción y tristeza que yo había provocado a mis padres con mi ruptura estaba preparada para que me dejaran sin herencia. Si, en contra de lo que yo pensaba, no lo hacían, sería porque no causaría buena impresión, ellos querían que todo causara buena impresión.
Pero todo eso sería en un futuro lejano, los dos gozaban de buena salud.
De modo que me sorprendió cuando en Navidades, hace tres años, recibí una carta de mis padres. Mis hijos, ya adultos, habían ido a verlos el día veintitrés, como solían hacer desde la ruptura a petición mía, porque me sentía menos presionada cuando mis padres podían ver a sus nietos. Y a mis hijos les parecía bien ver a sus primos y primas y volver a casa con dinero y regalos y, hace tres años, también con una carta. La abrí y la leí en voz alta con ellos a mi alrededor. Decía que mis padres habían hecho testamento y que sus cuatro hijos heredarían a partes iguales. Excepto las casas de la playa de Hvaler, que pasarían a Astrid y Åsa a precio de mercado. Se alegraban de poder transmitir valores a sus hijos, decía. Los míos sonrieron prudentemente, también ellos estaban preparados para no heredar.
Era una carta extraña. Muy generosa, teniendo en cuenta lo deprimidos que se suponía que estaban por mi culpa. Me preguntaba qué esperaban a cambio.
Unos meses después de recibir la carta en Navidad sobre el testamento, llamó mi madre. Yo estaba en un mercado en San Sebastián con mis hijos y nietos, era Semana Santa y había alquilado una casa en esa ciudad. No sabía que era mi madre, porque no tenía guardado su número. Le temblaba la voz, como siempre cuando estaba nerviosa: Bård ha armado un escándalo, dijo, yo no sabía a qué se refería.
Bård ha armado un escándalo, repitió, la misma expresión que había empleado Astrid, debido al testamento, dijo, porque las casas de la playa serán para Astrid y Åsa. Pero Astrid y Åsa han sido tan buenas, dijo, tan consideradas… Hemos estado allí con ellas todos los veranos, lo hemos pasado muy bien, es natural que las casas sean para ellas. Bård nunca ha hecho uso de esas casas, tú nunca has hecho uso de esas casas, ¿quieres una casa en Hvaler?
A mí me habría gustado tener una casa en Hvaler, en la punta del arrecife con vistas al mar, de no haber sido porque me habría arriesgado a encontrarme todo el tiempo con mis padres.
No, contesté.
Me di cuenta de que eso era lo que ella quería oír, al momento se tranquilizó un poco. También le dije que no había hablado con Bård, de ser así, habría sabido enseguida a qué se refería. Dije que no quería ninguna casa en Hvaler, que el testamento me parecía generoso, que no esperaba nada.
Después Astrid me contó que había habido mucho dramatismo en torno a las casas. Cuando Bård supo que Astrid y Åsa las habían heredado, un día estando en casa de mis padres se levantó, dijo que ya habían perdido a una hija, refiriéndose a mí, y que ahora perdían a otro, y se marchó. A mi madre le pareció irrazonable. Bård llevaba muchos años sin ir a las casas de la playa, tenía su propia casa, y su mujer se llevaba bastante mal con nuestra madre cuando ellos aún iban a Hvaler.
Me sorprendió su vehemencia, pero no dije nada. Era estupendo, pensé, no verse envuelta en la disputa de las casas de la playa.
Así que la batalla se había agudizado. Las casas ya se habían traspasado a Astrid y Åsa, Bård se había enfadado y mi madre estaba ingresada en el hospital por una sobredosis.
La primera vez que vi a Klara Tank iba empujando un carrito de niño por los pasillos del Instituto de Ciencias de la Literatura. En el carrito iba sentado el hijo de un conocido pintor. Klara siempre asistía a clase con el hijo del pintor, de quien al parecer se estaba divorciando. Yo era una aplicada estudiante que leía todo lo que tenía que leer, pero iba poco al instituto, estaba embarazada de mi segundo hijo y llevaba una vida familiar. Por esa razón solo vi un par de veces a Klara en el instituto, pero me fijé en ella, la estudiante con carrito de niño. La primera vez que me habló fue en la calle Hausmann unos años después, tras una reunión sobre crítica literaria. Klara estaba en la redacción de una revista literaria que había publicado una crítica malísima sobre un escritor muy popular, ella defendió la crítica descalza y agitando los brazos, iba a decir tribunal literario, pero dijo urinal literario, se echó a reír y no podía parar, se echó a llorar, salió corriendo y no volvió a entrar. Cuando salí, me paró en la acera delante del local, todavía descalza, aunque era octubre, me desabrochó el botón del abrigo y me tiró de la blusa de seda diciendo que era bonita. Me marché de allí, no quería contagiarme de rareza.
Caminé más de lo habitual, aunque iba a viajar a Fredrikstad esa misma tarde. Me metí en el bosque, que era espacio natural protegido, seguía verde en parte, pero no me resultó tan tranquilizador como de costumbre. Los árboles que se habían caído con las tormentas de las últimas semanas cortaban los senderos y reposaban desnudos con sus grandes raíces negras. Llamé a mis hijas y no conseguí hablar con ellas, llamé a mi novio y no conseguí hablar con él, sentía una imperiosa necesidad de transmitir lo que había oído, pero ¿por qué? No era dramático, había ido bien.
Pensé en mi anterior conversación con Astrid, hacía solo unos días. Durante el último medio año había tenido más contacto con ella del que tenía antes. Astrid estaba escribiendo un artículo sobre la enseñanza de derechos humanos y me pedía opinión sobre la disposición y la división de los capítulos, de lo que yo, como directora de una revista, tenía conocimiento. Yo leía y comentaba su texto, charlábamos sobre la forma y la progresión, y en la última conversación, hacía solo unos días, discutimos sobre los últimos retoques y la editorial. También en esa ocasión iba andando, recordaba que me había cambiado el móvil de una mano a otra porque hacía frío para ir sin guantes. Cuando dejamos de hablar del libro, pregunté, como solía hacer, qué tal la familia. Bueno, estamos con lo de Bård y las casas de la playa, contestó, yo creía que se refería al testamento.
Me fui a Fredrikstad. Por fin, cuando iba conduciendo por el casco antiguo de la ciudad casi desértica, me sentía más tranquila. Encontré un lugar para aparcar cerca de la pensión donde me iba a alojar y donde me había alojado en otras ocasiones, di una vuelta con la perra por los terraplenes a lo largo del río, que estaba rojo cobre, porque el sol estaba a punto de ponerse, e intenté pensar en el debate sobre la dramaturgia contemporánea noruega, pero me costaba concentrarme. Volví a llamar a Tale y a Ebba, pero no contestaron, llamé a Lars, tampoco contestó, llamé a Bo, antes de acordarme de que estaba en Israel. Me pregunté por qué me era tan necesario contar a mis hijas, a mi novio y a Bo lo de mi madre, la sobredosis y las casas. Llamé a mi mejor amiga de la infancia, iba conduciendo y tuvo que ser muy breve. Ya sabía lo de la sobredosis, pero la disputa sobre la herencia le interesaba, tenía experiencia en el tema. Están en su derecho, dijo, pueden dar lo que quieran a quien quieran, pero ya no parecen tan generosos como en su mensaje navideño. Por lo demás, dijo, cuando su hermano heredó la casa de verano de la familia, porque era el hijo favorito, ella pensó que debería haberla heredado ella, como compensación por falta de afecto y cuidados.
Encerré a Trofast en la habitación y me fui hasta el ferry que cruzaba el río y llevaba al centro. Desde allí volví a llamar a Tale y a Ebba, pero no contestaron, llamé a Klara y le pregunté por qué me había alterado tanto, por qué sentía esa apremiante necesidad de hablar de ello cuando todo había salido bien.
Es algo profundo, Bergljot, dijo. Es jodidamente profundo.
Me bajé del ferry y caminé por las calles, empezó a llover, me empapé y me sentía pesada. Era lo que decía Klara, me di cuenta de lo profundo que era, cómo algo me empujaba hacia lo más profundo, cómo pesaba, cómo me hundía.
El debate salió bien, me desenvolví bien. Luego me quedé en el café hablando a mis contertulios de la tasación de las casas y de la sobredosis, aunque no los conocía personalmente y pensaba todo el tiempo que no debía hacerlo. Sentía vergüenza mientras hablaba, sentía vergüenza al ver las caras de los que me escuchaban y sentía vergüenza volviendo a la pensión, por cómo había hablado de tasaciones de casas de la playa y sobredosis, de un modo infantil y en falsete, de maneras que pertenecían a la infancia, la estúpida juventud, sentí vergüenza durante toda la noche, no conseguí dormir por vergüenza de no ser una adulta, de no ser capaz de hablar de un modo maduro y equilibrado, de volver a ser una niña.
Al día siguiente de que Klara me hubiera desabrochado el abrigo en la calle Hausmann y tirado de la blusa de seda, me llamó. Yo estaba en la entrada de la casa en la que vivía con mi marido y mis hijos, y no sabía quién era. Volvió a decir su nombre, entonces caí, me entró miedo, mi sistema autoinmune estaba debilitado. Me preguntó si quería reseñar un libro para la revista literaria de cuya redacción formaba parte, yo no quería, no me atrevía, no me atrevía a decírselo. Me preguntó si podía ir a su casa al día siguiente por la mañana para que pudiéramos hablar del tema, yo no quería, no me atrevía a decírselo. Cuando llegué a su casa al día siguiente, sobre el mediodía, ella estaba montando una librería, no era capaz, no seguía el manual de instrucciones, estaba bebiendo ginebra. Yo no podía beber, tenía que conducir, me encargué de la librería. Mientras yo atornillaba, ella dijo que lo de la reseña se podía dejar, la revista iba a cerrar, no resultaba rentable a la editorial, ¿cómo iba a pagar entonces el alquiler de su casa? Yo no lo sabía, sacudí la cabeza, no quería contagiarme de problemas económicos. Dijo que estaba enamorada de un hombre casado, el corazón me latía con fuerza. Estaba embarazada de un hombre casado y se sometería a un aborto al día siguiente, si no lo hacía, él no querría verla más. Yo no podía ayudarla, quería irme a mi casa, me apetecía un trago de ginebra, atornillé la librería y me marché, no quería volver a verla.
Domingo en el casco antiguo de Fredrikstad. Hojas podridas amarillas y rojas en el adoquinado, lluvia fría en el aire. Caminaba abrumada por las calles. No debería haber hablado de la tasación de las casas y la sobredosis a desconocidos. Tenía que hablar de ello, pero no sabía cómo. Entonces me topé con una mujer que había estado en el café la noche anterior, me preguntó si estaba bien, como si pudiera estarlo. Me invitó a su casa, pintada de amarillo, que se encontraba a un par de cientos de metros más arriba de la calle, me sirvió tarta de manzana y café, el llanto me subió por dentro y echó fuera mi infancia y ella la recibió y habló de una manera tranquila y clara de la suya, ¿era posible llegar hasta allí?
Ya en la puerta, a punto de marcharme, me preguntó si hacía mucho que no hablaba con él.
¿Con quién?
Con tu hermano.
No lo recordaba, veinte años o más.
Llámalo, dijo, yo esbocé una sonrisa, ella no sabía cómo estaban las cosas. Pero nos abrazamos como si hubiéramos intercambiado regalos, y cuando salí por la verja, ella gritó: ¡Yo estoy con Bård!
En el coche, volviendo a casa, rebosaba de sentimientos ambivalentes. Avergonzada por las confidencias del día anterior en el café, enfadada conmigo misma porque resultaba muy fácil conmoverme, agradecida por la invitación a tarta y café, por haberme topado con una persona así en un día así, alguien que ofrecía cobijo y consejos. Me pregunté a mí misma si mis padres, si Astrid y Åsa habrían pedido consejo a otras personas, porque no hacía falta saber mucho de los humanos para prever que un hombre que protesta contra el reparto injusto de un testamento proteste contra traspasos en secreto a precio por debajo del valor de mercado. Si hubiesen pedido consejo a personas ajenas, les habrían advertido, ¿no? ¿O no querían ser advertidos? ¿Simplemente no querían ser advertidos? ¿Llevar a cabo a cualquier precio lo que habían decidido?
Ya de vuelta en mi casa, en Lier, cuando se había hecho de noche, cruzando el campo con la perra empezó a nevar, llamé a Tale y me cogió el teléfono. Le hablé de la sobredosis, del traspaso y las tasaciones, y mi hija, que me conocía y sabía que me estaba acercando al precipicio, dijo que no me lo tomara en serio, que no entrara en ese tema, que mi madre estaba haciendo un drama con ella misma en el papel de protagonista como víctima trágica de unas malvadas intenciones, siendo el objetivo cerrar la boca a los críticos.
No apoyo más a esa familia, dijo, no quiero seguir participando en esa farsa.
Oía lo que ella decía, lo entendía con la razón.
Caminé más que de costumbre con el fin de agotarme, con el fin de conseguir dormir, con el fin de dormir toda la noche, me alejé mucho, volví a casa y me senté delante de la chimenea. Astrid llamó para decirme que nuestra madre iba bien, a lo mejor pensaba que yo estaba preocupada. Seguía ingresada en el hospital y estaba cansada, pero la mandarían a casa al otro día y su cumpleaños se celebraría la siguiente semana, como estaba previsto, esperaba que asistieran Søren y Ebba. Dije que no había oído lo contrario. Mamá se pondrá contenta entonces, dijo, temía que los hijos de Bård no acudiesen.
Él utiliza a los chicos, repitió. ¡Es lo más feo que puedes hacer: utilizar a los hijos! Mamá tiene mucho miedo de perder el contacto con los hijos de Bård. Se lleva muy bien con ellos, ¿eso se romperá por culpa de su padre?
Dije con cautela que podría ser que ellos estuvieran realmente tristes porque las casas hubieran sido traspasadas a ella y a Åsa, era la primera vez que le insinuaba que no le compraba su versión así como así. Se calló. Luego dijo que si solo se trataba de la tasación siempre podían conseguir una nueva. Tal vez haya sido un proceso un poco tonto, dijo. Tal vez la tasación fuera algo baja, añadió. A lo mejor deberíamos haber pedido dos en un principio, pero no se nos ocurrió.
Abrí una botella de vino tinto. Después de bebérmela me sentía más tranquila y volví a salir con la perra. Seguían cayendo grandes y pesados copos de nieve que se me derretían en la cara, enseguida estaba empapada. El cielo era grande y las estrellas centelleaban con tanta fuerza que parecían irreales, pero tal vez fuera el vino. Volví a casa y ya lo había decidido.
No encontré el número de Bård en Internet y llamé a Astrid. Dijo que no lo tenía. ¿Pero no hablaste con él ayer? Åsa lo tenía, dijo, le pregunté si podía llamarla y luego volver a llamarme a mí, dijo de mala gana que era tarde, pero al final lo encontró.
Cuando le dije que era Bergljot, él se quedó callado. Luego dijo que últimamente había pensado mucho en mí, yo me quedé callada. Luego le hablé de mis conversaciones con Astrid y él habló de cómo vivía él la situación. Parecía triste. Mencionó un libro que yo le había enviado tiempo atrás, una novela apocalíptica sobre una familia que en mi opinión se parecía a la nuestra, sobre una infancia que se parecía a la nuestra.
Así es como fue, dijo.
Volví conduciendo desde casa de Klara con el corazón latiéndome fuerte. ¿Me había contado que estaba enamorada de un hombre casado porque pensaba que yo estaba enamorada de un hombre casado? ¿Se me notaba? ¿Alguien sabía algo de aquello? Yo estaba casada con un hombre bueno y honesto y tenía tres hijos pequeños con él, sin embargo estaba enamorada de otro, un hombre casado, y no pensaba en otra cosa que en ese hombre casado. Era atroz, asqueroso, qué iba a hacer yo, era imposible, yo era imposible. No tenía un trabajo fijo, ningún ingreso fijo, pero sí tres hijos pequeños y un marido bueno y rico y estaba apasionadamente enamorada de otro, terrible, vergonzoso, imperdonable, ¿cómo podía?, ¿qué clase de persona era capaz de hacer algo así?
Klara me llamó la semana siguiente, yo no habría cogido el teléfono si hubiera sabido que era ella. Me preguntó si podía acercarme otra vez a su casa, se había comprado una nueva librería que no era capaz de atornillar. Yo no quería, fui a su casa, atornillé la librería y le hablé del hombre casado. Me lo había notado, dijo. Ella notaba esas cosas, dijo, acariciándome la mejilla, yo me eché a llorar, ¿qué podía hacer?
Lo que notaba, he pensado después, cuando empecé a pensar, era que se estaba acercando el momento de la verdad, que se estaba acercando el terremoto, lo intuía de la misma manera que los animales intuyen los terremotos. Temía y temblaba ante ese doloroso suceso de la verdad que me sacudiría, me conmocionaría y me estremecería hasta la médula, quizá me estaba esforzando inconscientemente para anticiparlo, para acabar con él, ya que de todos modos no se podía evitar.