UNO

Desde su escondite en el montículo de paja y con los ojos anegados en lágrimas, Nimue pensó que el padre Carden parecía un espíritu de luz. Se debía a su posición, de espaldas a un sol descolorido, y al modo en que las nubes se vertían debajo de sus mangas colgantes y palmas en alto, como si estuviera en el cielo. Su temblorosa voz se elevaba sobre el bullicio del balar de las cabras, el crujir de la leña, los gritos de los niños y los lamentos de las madres.

—¡Dios es amor! Un amor que purifica, un amor que santifica, un amor que nos une —los ojos azules del padre Carden pasaron sobre la turba aulladora y lastimera, postrada en el fango y cercada por monjes cubiertos con sotanas rojas—. Dios ve —continuó Carden— y hoy sonríe. Porque hemos llevado a cabo su tarea. Nos hemos purificado con su amor. Quemamos la carne putrefacta —el humo que se acumulaba en torno a sus piernas y brazos ondulaba con escamas de ceniza roja y las comisuras de sus labios se cubrían de saliva—. ¡Cortamos la corrupción de lo demoniaco! ¡Expulsamos las oscuras inclinaciones de este lugar! ¡Dios sonríe hoy! —bajó los brazos y sus mangas, al caer como velos, revelaron detrás de sí un infierno de treinta cruces en llamas sobre la llanura. Era difícil distinguir a los crucificados en medio del humo denso y negro.

Biette, fornida madre de cuatro, se irguió como un oso herido y avanzó de rodillas hacia Carden antes de que uno de los monjes tonsurados vestidos de rojo se adelantara, le plantase una bota entre los omóplatos y la hundiera de bruces en el fango. Ella permaneció ahí, quejumbrosa sobre la tierra húmeda.

Los oídos de Nimue no habían cesado de zumbar desde que llegó con Pym a la aldea en ancas de Dama del Crepúsculo y vieron el primer cadáver en la vereda. Pensaron que se trataba de Mikkel, el hijo del curtidor, quien cultivaba orquídeas para los rituales de mayo, pero su cabeza había sido aplastada con algo pesado. Ni siquiera pudieron detenerse a confirmarlo porque toda la aldea ardía en llamas y había por doquier Paladines Rojos, cuyas ondulantes sotanas danzaban al compás del fuego. En la colina sin cultivar, media docena de ancianos morían quemados sobre cruces erigidas de prisa. Nimue oyó a la lejanía los gritos de Pym mientras su mente se quedaba en blanco. Dondequiera que miraba veía que su gente era ahogada en el lodo o arrancada de sus hogares. Dos paladines arrastraban a la vieja Betsy sujetándola de los brazos y del cabello, a través de su corral de gansos. Las aves graznaban y revoloteaban en el aire, con lo que contribuían al irreal caos. Poco después, Nimue y Pym fueron separadas y Nimue se refugió en el montículo de paja, donde contenía la respiración cuando los monjes pisoteaban sus atados de bienes que había recuperado. Los desplegaron por fin sobre el piso de la carreta descubierta que ocupaba el padre Carden, a cuyos pies derramaron su contenido. El sacerdote miró y asintió como si se esperara lo que veía: raíces de tejo y aliso, estatuillas de madera de antiguos dioses, dijes y huesos de animales. Suspiró con paciencia.

—¡Dios lo ve todo, amigos míos! Ve estos instrumentos de conjuros demoniacos. Ustedes no pueden ocultarse a su mirada. Él extraerá este veneno. Y proteger a otros como ustedes no hará más que prolongar su sufrimiento —sacudió las cenizas que habían caído sobre su túnica gris—. Mis Paladines Rojos están ávidos de oír sus confesiones. Ofrézcanlas por su bien de manera voluntaria; mis hermanos son diestros en el manejo de las herramientas de la Inquisición.

Los Paladines Rojos arremetieron contra el vulgo para elegir blancos de tortura. Nimue vio que familiares y amigos se echaban unos en brazos de otros para evitar que los paladines se los llevaran. Había más gritos cuando niños eran arrebatados de sus madres.

Impertérrito, el padre Carden bajó de la carreta y cruzó el fangoso camino hacia un monje alto y ancho de hombros que vestía de gris. Sus mejillas eran angulosas bajo su capucha y extrañas marcas de nacimiento manchaban el área alrededor de sus ojos y descendían por su cara como profusas lágrimas de tinta. Nimue no alcanzó a escuchar sus palabras a causa de la gritería en torno suyo, pero el padre Carden posó una mano en el hombro del monje, del modo en que lo haría un hombre de Dios, y tiró de él para murmurarle algo al oído. Con la cabeza inclinada, el monje asintió varias veces en respuesta a sus palabras. Carden apuntó al Bosque de Hierro; el monje asintió una última vez y montó en su corcel blanco.

Nimue volteó hacia el bosque y vio que Ardilla, de diez años de edad, se interponía atónito en el camino del religioso, con sangre que descendía por su mejilla mientras arrastraba una espada detrás de él. Salió disparada del montón de paja y cargó contra Ardilla. El repicar de los cascos del Monje Gris era cada vez más ruidoso a sus espaldas.

—¡Nimue! —exclamó Ardilla y ella lo jaló hasta la pared de una choza en tanto el monje pasaba con gran estrépito a su lado—. ¡No encuentro a papá! —añadió.

—¡Escúchame, Ardilla! Ve al agujero del fresno y escóndete ahí hasta que anochezca, ¿entiendes?

Él intentó desprenderse.

—¡Papá!

Nimue lo sacudió.

—¡Márchate lo más pronto que puedas, Ardilla! ¡Ya me oíste! —le gritó en la cara y él asintió—. Sé valiente. Corre como lo haces en nuestras cacerías de zorros. ¡Nadie te atrapará!

—¡Nadie! —susurró como si se armara de valor.

—Eres el más rápido de todos —Nimue contuvo las lágrimas porque no deseaba que partiera.

—¿Me alcanzarás allá? —preguntó suplicante.

—Sí —prometió—, pero primero debo buscar a Pym, mi madre y tu padre.

—Vi a tu madre cerca del templo —titubeó—. La perseguían.

Ella sintió que la noticia le helaba la sangre. Lanzó una mirada al templo, en lo alto de la cuesta, y se volvió hacia Ardilla.

—¡Tan rápido como el zorro! —le ordenó.

—¡Tan rápido como el zorro! —repitió él y se tensó al tiempo que dirigía furtivas miradas a izquierda y derecha. Los paladines más próximos estaban demasiado ocupados golpeando a un granjero renuente para reparar en él. Sin mirar atrás, cruzó en un segundo los pastizales hacia el Bosque de Hierro.

Nimue se lanzó al camino y corrió al templo. Resbaló y cayó en el fango que los caballos y la sangre habían revuelto. Cuando se ponía en pie, un jinete emergió de un costado de una choza en llamas. Ella vio la bola de hierro que se agitaba en la punta de la cadena. Intentó apartarse pero la esfera la alcanzó en la base del cráneo con tal fuerza que la arrojó por los aires hasta una pila de leña. El mundo se desbarató mientras Nimue veía estrellas y sentía que un líquido tibio bajaba por su cuello y su espalda. Tendida en el suelo y rodeada de varas, vio que un arco largo se partía en dos a su lado. El arco roto. El cervatillo. El consejo. Puente de Halcones.

Arturo.

Parecía imposible que apenas hubiese transcurrido un día. Conforme perdía el conocimiento, una idea la asfixió de pavor: todo era culpa suya.

DOS

—¿Pero por qué tienes que partir? —preguntó Ardilla mientras trepaba sobre el brazo cubierto de musgo de una estatua rota.

—No me voy todavía —Nimue inspeccionaba un ramo de lilas entre las raíces expuestas de un viejo fresno. Aunque pensó en cambiar de tema sabía que él no se lo permitiría.

—Pero ¿por qué quieres marcharte?

Vaciló. ¿Cómo podía decirle la verdad? Eso iba a lastimarlo y confundirlo, y daría pie a nuevas interrogantes. Quería irse porque era indeseable en su propia aldea. Temida. Juzgada. Criticada a sus espaldas. Señalada. A los niños se les instruía que no jugaran con ella debido a las cicatrices que marcaban su espalda. Debido a los siniestros relatos acerca de su niñez. Debido al hecho de que su padre la había abandonado. Porque estaba maldita. Y quizás esto era cierto. Su “contacto” —como su madre decía, en tanto que ella lo llamaba “posesión”— con los Ocultos era intenso, enigmático y distinto del de cualquier otro Celeste que conociera. Y se manifestaba en ella sin querer de modos extraños, a veces inesperados y violentos, ya fueran accesos o visiones; otras, el suelo temblaba o se combaba u objetos de madera cercanos adoptaban formas grotescas. Sentía entonces ganas de vomitar. Y las sensaciones posteriores eran iguales: sudoración, vergüenza, vacío. La relevancia de su madre como Archidruida era lo único que impedía que se le expulsara de la aldea con varas y cuchillos. ¿Para qué agobiar a Ardilla con todo esto? La madre del chico, Nella, era como una hermana para su madre y una tía para ella, así que le había ahorrado a su hijo todas las malévolas habladurías. Para él, Nimue era normal, incluso aburrida (sobre todo durante sus paseos por el bosque), y eso era justo lo que ella deseaba. Pero sabía que no duraría.

Sintió remordimiento cuando contempló las ancestrales pendientes verdes del Bosque de Hierro, pletóricas de una vida gorjeante y bulliciosa, y los rostros misteriosos de los Antiguos Dioses entre las parras y la tierra negra, que ella había bautizado a lo largo de los años —la Gran Nariz, la Dama Triste, el Calvo Herido—, restos de una civilización desaparecida mucho tiempo atrás. Dejar todo eso sería como abandonar a viejos amigos.

En lugar de confundir al muchacho, se atuvo a su mentira.

—No sé. ¿Acaso no has deseado ver cosas que desconoces?

—¿Como un Ala de Luna?

Ella sonrió. Ardilla siempre estaba atento a las copas de los árboles en busca de un Ala de Luna.

—Sí, o como el mar, las Ciudades Perdidas de los Dioses del Sol o los Templos Flotantes.

—¡Ésos no son reales! —protestó.

—¿Cómo lo sabremos si no los buscamos?

Él puso las manos en su cadera.

—¿Te marcharás y no volverás nunca, como Galván?

Nimue brilló por dentro ante la mención de este nombre. Recordó que, cuando era apenas una niña de siete años, envolvía entre sus brazos el cuello de Galván al tiempo que él la conducía en su espalda por esa misma arboleda. A los catorce, él conocía los dones especiales de cada flor, hoja y corteza del Bosque de Hierro, remedios, venenos, la infusión de cuáles hierbas concedían visiones y qué otras servían para atrapar un corazón, la masticación de cuáles cortezas inducía el trabajo de parto y los nidos de qué aves predecían el clima. Recordó que en una ocasión se sentó entre sus rodillas y él la rodeó con sus largos brazos como lo haría un hermano mayor, para ver los polluelos de milano que piaban en su regazo, y que Galván le enseñó a descifrar las figuras que era posible distinguir en los cascarones rotos, a fin de obtener señales acerca del vigor del bosque.

Nunca juzgó a Nimue por sus cicatrices. Su sonrisa era siempre amable y espontánea.

—Quizá regrese algún día —dijo ella con más esperanza que convicción.

—¿Es a él a quien irás a buscar? —sonrió Ardilla.

—¿Qué? ¡No seas ridículo! —le pellizcó el brazo.

—¡Ay!

—Ahora pon atención —Nimue exageró una mirada severa—, porque ya me cansé de ser indulgente contigo durante tus lecciones.

Señaló un arbusto cubierto de ortigas.

Él entornó los ojos.

—Es la raíz de osha. Nos protege contra la magia negra.

—¿Y qué más hace?

Ardilla arrugó la nariz mientras pensaba.

—¿Es buena para el dolor de garganta?

—¡No se trata de que adivines! —bromeó Nimue. Alzó luego una piedra, bajo la cual había unas pequeñas flores blancas.

Él cortó un botón, sumido en sus pensamientos.

—Ésta es la sanguinaria, para las maldiciones —dijo— y las resacas.

—¿Qué sabes tú de resacas? —lo empujó levemente y él retrocedió entre risas sobre el suave musgo. Aunque salió en su persecución sabía que nunca lo alcanzaría. Ardilla pasó volando bajo el mentón caído de la Dama Triste y saltó a una rama que ofrecía una magnífica vista de los pastizales y las chozas de Dewdenn.

Nimue llegó hasta él casi sin aliento, feliz de sentir la brisa entre su cabellera.

—Te echaré de menos —Ardilla la tomó de la mano.

—¡No me digas! —ella le dio un golpecito en la cintura y se llevó al pecho la sudorosa cabeza del chico—. Yo también.

—¿Tu mamá sabe que te vas?

Mientras pensaba qué contestaría sintió en el vientre el zumbido de los Ocultos y se tensó. Era una sensación desagradable, como si un ladrón escalara hasta su ventana. Se le resecó la garganta. Le propinó un codazo a Ardilla y casi graznó:

—Márchate ya. La lección ha terminado.

Fue música para los oídos de él.

—¡Viva, no más clases! —celebró, salió disparado entre las rocas y dejó sola a Nimue con su malestar estomacal.

Los Celestes no eran ajenos a los Ocultos, los espíritus invisibles de la naturaleza de los que se decía que el clan de Nimue descendía. De hecho, los invocaban en sus rituales para todo, fuera grande o pequeño. En tanto el Archidruida encabezaba las principales ceremonias del año y resolvía las controversias entre ancianos y familias, del Invocador se esperaba que llamara a los Ocultos para que bendijeran la cosecha o trajeran lluvias, facilitaran un parto o guiaran a los espíritus en su retorno al sol. Pero como Nimue sabía desde niña, esas invocaciones, tales requerimientos a los Ocultos, eran sobre todo ceremoniales. Los Ocultos casi nunca contestaban. El propio Invocador, a quien se elegía por su supuesto contacto con los espíritus, tenía que intuir los mensajes a menudo e interpretaba las nubes o probaba el sabor de la tierra. Para la mayoría de los Celestes, los Ocultos se manifestaban en un hilillo de agua o una gota de rocío; para Nimue lo hacían en cambio como un río impetuoso.

Pese a ello, en ese momento la sensación fue distinta. Si bien el zumbido vibraba en su vientre, una calma se extendió por el Bosque de Hierro, una quietud. El corazón de Nimue saltó, no de temor sino de expectación, como si algo se aproximara. Lo escuchó en el susurro de las hojas, el canto de las cigarras, el siseo de la brisa. Percibía palabras dentro de esos sonidos, similares al animado murmullo en una habitación abarrotada. Esto le dio esperanzas de una comunión plena de sentido, cargada de respuestas, con la explicación de la causa de que ella fuera diferente.

Sintió un movimiento y en cuanto volteó vio muy cerca un cervatillo. El zumbido en su vientre subió de volumen. El animalito la miró con profundos ojos negros, más antiguos que el inmóvil tocón bajo su cuerpo, más antiguos que la luz del sol en sus mejillas.

No temas. Escuchó una voz que no provenía de su pensamiento. Era del cervatillo. La muerte no es el final.

No podía respirar. Tenía miedo de moverse. El silencio rugió en sus oídos. Una veneración arrolladora, tan vasta como el sueño, llenó el espacio en el fondo de sus pupilas. Resistió el impulso de correr o cerrar los ojos, como solía hacer hasta que la sensación pasaba. Quería estar presente en este instante. Después de tantos años, los Ocultos deseaban por fin comunicarse.

El sol se ocultó tras una nube y el bosque se oscureció y enfrió. A pesar de su temor, Nimue sostuvo la mirada del cervatillo. Era la hija de la Archidruida y no se acobardaría ante la mente secreta de los Ocultos.

Se oyó preguntar:

—¿Quién morirá?

Escuchó el sonido gutural de una cuerda, un silbido, y vio que una flecha se hundía en el cuello del venadito. Una explosión de mirlos estalló en los árboles cuando el contacto llegó a su fin. Nimue giró furiosa. José, uno de los gemelos del pastor de ovejas, alzaba el puño en señal de victoria. Ella miró al cervatillo tendido en el suelo, con los ojos vidriosos y vacíos.

—¿Qué hiciste? —gritó mientras José cruzaba la enramada para recuperar a su presa.

—¿Qué te parece que hice? ¡Buscar algo de cenar! —tomó al animal por las patas traseras y se lo echó sobre los hombros.

Unas parras de plata ascendieron por el cuello y la mejilla de Nimue a la par que ardía en cólera, y entonces el arco largo de José se contorsionó, se quebró en sus manos y cortó su piel. Asustado, el muchacho dejó caer el ciervo al suelo junto con el arco, que se retorció como una serpiente moribunda.

Miró a Nimue. A diferencia de Ardilla, José estaba al tanto de los maliciosos rumores sobre ella.

—¡Estúpida bruja!

La empujó con fuerza contra el tocón mientras levantaba su arruinado arco. Nimue iba a propinarle un puñetazo en la cara cuando su madre apareció como un espectro en la linde del bosque.

—Nimue —la voz de Leonor era tan gélida que enfrió su ira.

Con un resoplido, José recogió el ciervo y los pedazos del arco y se marchó en medio de grandes zancadas.

—¡Esto no se va a quedar así, maldita bruja! ¡Es muy cierto lo que dicen de ti!

Nimue replicó en el acto:

—¡Qué bueno! ¡Témeme y déjame en paz!

Partió enfurecido mientras ella languidecía bajo la reprobadora mirada de su madre.

Momentos después, Nimue se arrastraba detrás de Leonor por las pulidas piedras del Sendero del Sol Sagrado hacia la oculta entrada del Templo Sumergido. Aunque jamás daba la impresión de que tuviera prisa, Leonor estaba siempre diez pasos adelante.

—Buscarás la madera, la tallarás y encordarás el arco —le dijo.

—José es un idiota.

—Y te disculparás con su padre —continuó.

—¿Con Anis? ¡Otro idiota! No estaría mal que en ocasiones te pusieras de mi parte.

—Ese cervatillo saciará muchas bocas hambrientas —le recordó.

—Era más que un cervatillo —reclamó Nimue.

—Se ofrecerán los rituales adecuados.

La hija sacudió la cabeza.

—¡Ni siquiera me escuchas!

Leonor volteó, enérgica.

—¿Qué, Nimue? ¿Qué es lo que no escucho? —bajó la voz—. Sabes lo que dicen. Sabes lo que piensan. Arrebatos de este tipo no hacen más que avivar su temor.

—No es culpa mía —sintió una vergüenza insoportable.

—El enfado lo es. Y también la culpa. No muestras disciplina ni recato. El mes pasado fue la cerca de Hawlon…

—¡Escupe en el suelo cada vez que paso a su lado!

—… y el incendio del granero de Gifford…

—¡No cesas de repetírmelo!

—¡Y tú no cesas de darme motivos para hacerlo! —la tomó de los hombros—. Éste es tu clan. Ellos son tus amigos, no tus enemigos.

—Sabes que lo he intentado y no me aceptan. Me odian.

—Entonces edúcalos. Ayúdalos a comprender. Porque un día tendrás que dirigirlos. Cuando yo ya no esté…

—¿Dirigirlos? —rio Nimue.

—Posees un don —repuso Leonor—. Ves y experimentas a los Ocultos en formas que yo jamás entenderé. Pero ese don es un privilegio, no un derecho, y debes acogerlo con gracia y humildad.

—No es un don.

Una campana sonó a lo lejos. Leonor exhibió el dobladillo roto y enlodado de su hija.

—¿No podrías hacer una excepción sólo por hoy?

Nimue se encogió de hombros, abochornada.

Leonor suspiró.

—Ven.

Cruzó con delicadeza un velo de parras colgantes y bajó un tramo de viejos escalones, cubiertos de lodo y musgo. Nimue rozó con las manos las esculpidas paredes, que describían mitos ancestrales de los Antiguos Dioses, a fin de no tropezar en su descenso al enorme Templo Sumergido. El sol se derramaba a través de una abertura natural en la copa de los árboles y bañaba con sus rayos las piedras del altar, cientos de metros abajo.

—¿Por qué tengo que asistir a esto? —Nimue bajaba suavemente la escalera de caracol que conducía hasta el fondo.

—Hoy elegiremos al Invocador, quien más tarde será Archidruida. Es un día importante, y eres mi hija y debes estar a mi lado.

Nimue entornó los ojos y llegaron a la planta del templo, donde los Ancianos de la aldea se habían reunido ya. Algunos pusieron mala cara por la presencia de Nimue, quien se obstinó en evitar el círculo y fue a recargarse contra una de las paredes distantes.

De rodillas ante el altar meditaba Clovis, el joven Druida, hijo de Gustavo el Curandero, que había sido un leal asistente de Leonor y a quien se respetaba por su amplio conocimiento de la magia curativa.

Los Ancianos se sentaban en círculo con las piernas cruzadas cuando Leonor tomó a Clovis de la mano y lo ayudó a levantarse. También Gustavo el Curandero estaba presente, ataviado con sus mejores galas y radiante de orgullo. Se sentó con los Ancianos mientras Leonor se volvía para hablarles.

—En vista de nuestra naturaleza Celeste, damos gracias a la luz dadora de vida. Nacimos con la aurora…

—Para marcharnos al anochecer —contestaron al unísono los Ancianos.

Hizo una pausa y cerró los ojos. Ladeó la cabeza como si escuchara algo. Un momento después, marcas encendidas semejantes a parras de plata subieron por el costado derecho de su cuello y mejilla y rodearon su oreja.

Los Dedos de Airimid aparecieron por igual en las mejillas de Nimue y de los Ancianos en el círculo.

Leonor abrió los ojos.

—Los Ocultos están presentes ya —y continuó—: Desde la desaparición de nuestra querida Ágata, hemos estado sin Invocador. Esto nos ha dejado desprovistos de un sucesor, un Guardián de las Reliquias y Ministro de las Cosechas. Ágata compartía también una honda comunión con los Ocultos. Era una querida y afectuosa amiga. Jamás será reemplazada. Con todo, ya han transcurrido las nueve lunas y es momento de que nombremos un nuevo Invocador. Si bien debe poseer numerosos atributos, ninguno es más importante que una duradera relación con los Ocultos. Y aunque apreciamos a Clovis —dirigió una sonrisa reconfortante al joven Druida, parado junto al altar—, necesitamos que ellos consagren nuestra elección de un Invocador.

Susurró palabras inmemoriales y elevó los brazos. La luz que caía de lo alto cobró una nitidez como de llamas en la fragua y de ella se desprendieron chispas diminutas que danzaron en el aire. Una luz idéntica emanaba del musgo que cubría los obeliscos y las añejas rocas y se mezcló con las chispas en una nube fluida y luminosa.

Clovis cerró los ojos y alargó los brazos para recibir la bendición de los Ocultos. Y aun cuando las chispas se dirigieron a él en una masa amorfa, después se curvaron lejos del altar y se extendieron hasta Nimue, quien con estupefacción creciente miraba cómo la nube se vertía sobre ella. Alzó un brazo para protegerse, pese a que las chispas no le hacían daño alguno.

Este suceso causó resquemor en el círculo de los Ancianos.

Leonor elevó la cabeza con expresión de asombro a medida que los murmullos de desagrado se tornaban en francas voces de disgusto. Gustavo se puso en pie para protestar.

—Este… este ritual es impuro.

Otro dijo:

—Clovis debería ser el siguiente en recibir la encomienda.

Y otro más:

—Nimue es una distracción.

—Clovis es bueno y talentoso, y valoro su consejo —admitió Leonor—. Pero la decisión de nombrar al Invocador recae en los Ocultos.

—¿Qué? —exclamó Nimue, acorralada por las miradas acusadoras de los Ancianos. Con mejillas ardientes lanzó a su madre una mirada furiosa al tiempo que intentaba escapar de la nube, que ya ascendía por sus piernas. Resueltas a seguirla, las partículas de luz la cubrían justo en el momento en el que lo único que ella deseaba era ser invisible.

Florentino el Molinero apeló a la lógica.

—Es inaudito que propongas, Leonor… Quiero decir, Nimue es demasiado joven para asumir esas responsabilidades.

—Cierto, a sus dieciséis años es joven para ser Invocadora —habló como si no le sorprendiera el giro que habían dado los acontecimientos—, pero su afinidad con los Ocultos debería valorarse más que tales consideraciones. De la Invocadora se espera sobre todo que conozca la mente de los Ocultos y guíe a los Celestes al equilibrio y la armonía en ambos planos de la existencia. Desde que Nimue era niña, los Ocultos han mostrado predilección por ella.

Luciano, un Druida venerable que sostenía su encorvado cuerpo sobre una sólida rama de tejo, preguntó:

—No sólo los Ocultos la procuran, ¿verdad? —las cicatrices de Nimue hormiguearon en su espalda; sabía adónde apuntaba ese comentario. Leonor frunció los labios como única señal de su enojo. Luciano rascó su barba blanca y dispareja y se fingió inocente—. Después de todo, está marcada por la magia negra.

—¡No somos unos niños, Luciano! Pese a que nos llamen Danzantes del Sol, eso no significa que desconozcamos la sombra. En efecto, cuando era muy joven, Nimue fue llevada al Bosque de Hierro por un espíritu maligno, y era probable que hubiera perdido la vida, o sufrido un destino aún peor, de no haber sido por la intervención de los Ocultos. Cabría sugerir que este solo hecho la convierte en una digna Invocadora.

—Eso fue lo que nos hicieron creer… —dijo Luciano con desprecio.

Nimue quería encogerse y sumirse en una ratonera, pero las partículas de luz no la dejaban. Fastidiada, las apartó con un gesto, y se dispersaron para retornar a ella como un halo.

—¿Qué insinúas de mi hija, Luciano?

Gustavo intentó conciliar, y preservar de pasada la posibilidad de que su hijo obtuviera el nombramiento en disputa.

—Repitamos el ritual sin que Nimue esté presente.

—¿Ahora ponemos en duda la sabiduría de los Ocultos si su decisión no es de nuestro agrado? —preguntó Leonor.

—¡Es una envilecedora! —espetó Luciano.

—Retira tus palabras —lo amonestó la Archidruida.

Él insistió:

—No somos los únicos que desconfiamos de tu hija. Su propio padre la rechazó; prefirió abandonar a su clan antes que vivir bajo el mismo techo que ella.

Nimue se introdujo en el círculo de los Ancianos.

—¡No tengo ningún deseo de ser su Invocadora! ¿Están contentos ya? ¡Ningún deseo! —y antes de que su madre pudiera detenerla giró y corrió escaleras arriba, mientras las estentóreas voces a sus pies retumbaban en los inveterados muros de piedra.

TRES

Nimue recuperó la respiración tan pronto como salió al aire fresco del bosque y contuvo sus lágrimas; estaba demasiado enojada para llorar. Sintió ganas de estrangular al viejo y necio de Luciano y de tirar a su madre de los cabellos por su obstinación en que se presentara a esa ridícula ceremonia.

La alta y larguirucha Pym, su mejor amiga, empujaba por el campo un fardo de trigo cuando la vio bajar de la colina, en sentido opuesto al bosque.

—¡Nimue! —soltó el fardo y corrió hasta ella, quien pasó a su lado sin detenerse—. ¿Qué ocurre?

—¡Soy la nueva Invocadora! —no se había calmado aún.

Pym balanceó la mirada entre la carretilla y su amiga.

—¿Que eres qué? ¿Leonor dijo eso?

—¿A quién le importa? —bufó Nimue—. ¡Todo es una farsa!

—¡Espera! —Pym trotaba a sus espaldas, cansada de cargar con el trigo.

—Odio este lugar. Me marcho. Tomaré ese barco hoy mismo.

—¿Qué sucedió? —Pym la forzó a dar media vuelta.

Aunque su expresión era feroz, había lágrimas en sus ojos, que enjugó de inmediato con las mangas.

La amiga se dulcificó.

—¿Qué tienes, Nimue?

—¡No me quieren aquí! Y yo no los quiero a ellos —le temblaba la voz.

—No entiendo.

Nimue se encogió para entrar en la pequeña choza de adobe y madera que compartía con su madre y sacó un costal de debajo de la cama mientras Pym refunfuñaba en la puerta. Dentro del costal había una pesada capa de lana, mitones y calcetas extra, un jabón de lejía, un trozo de pedernal, una bota para beber que estaba vacía y frutos secos. Tomó unos bizcochos de la mesa y se marchó tan rápido como había llegado.

Pym la siguió.

—¿Adónde vas?

—A Puente de Halcones —respondió.

—¿Ahora? ¿Estás loca?

Antes de que contestara, oyeron unos gritos. Miraron al camino y vieron que unos lugareños bajaban a un chico de un caballo. Incluso a lo lejos, Nimue distinguió manchas de sangre en el blanco pelaje del animal. Uno de los hombres cargó al chico. La piel de éste era azul clara, sus brazos anormalmente largos y delgados y sus dedos puntiagudos, ideales para trepar.

—¡Es un Ala de Luna! —susurró Pym.

Los aldeanos trasladaron pronto al Ala de Luna herido hasta la choza del Curandero, mientras exploradores corrían al Bosque de Hierro para informar a los Ancianos. Encabezados por Leonor, los mayores emergieron de la arboleda con semblantes serios. Pasaron junto a Pym y Nimue sin mirarlas, a excepción de Luciano, quien le dirigió a esta última una sonrisa socarrona a la par que cojeaba hacia la cabaña del Curandero.

Nimue y Pym se arrodillaron junto al postigo en tanto Leonor y los Ancianos se acomodaban dentro de la choza. Resultaba extraño ver en cualquier sitio a un Ala de Luna, porque eran tímidos y de hábitos nocturnos y se habían adaptado a vivir en las copas de los árboles en lo más profundo de los bosques. Las plantas de sus pies casi nunca tocaban el suelo y su piel asumía el color y textura de la corteza del tronco que escalaban. Aparte de eso, una antigua animadversión entre Celestes y Alas de Luna volvía aún más rara e inquietante la aparición de este chico en Dewdenn.

El pecho del niño se agitaba al tiempo que hablaba con voz débil.

—Llegaron de día, cuando descansábamos. Vestían túnicas rojas —tosió con violencia y la agitación se acentuó—. Prendieron fuego al bosque para atraparnos en las ramas. Muchos murieron asfixiados mientras dormían, otros porque saltaron desde las alturas. Quienes logramos llegar al suelo fuimos recibidos por el Monje Gris, el que llora. Él acabó con nosotros. Colgó al resto en las cruces que usa su gente —otro ataque de tos lo dejó sin aliento y con los labios empapados de sangre. Leonor lo serenó mientras Gustavo preparaba una cataplasma.

—Este problema ya no es exclusivo del sur. Los Paladines Rojos se dirigen al norte. Nosotros estamos justo en su camino —señaló Félix, robusto granjero que era uno de los Ancianos.

—Hasta que sepamos más sobre la dirección que siguen y su número, queda prohibido viajar —decretó Leonor.

Florentino alzó la voz:

—¿Cómo venderemos nuestros bienes sin el día de mercado?

—Hoy mismo enviaremos rastreadores. Ojalá esta restricción dure un solo ciclo lunar. Nos las arreglaremos entre tanto. Den libre acceso a sus cultivos, compartan. Y avisemos a los demás clanes.

Mientras los Ancianos debatían, Nimue apartó a Pym de la ventana y se encaminó con ella a la caballeriza.

—¿Te marcharás de todas formas? —preguntó su amiga.

—¡Por supuesto! —aseguró ella. Esperar sólo agravaría las cosas. Debía ser ahora.

—Tu madre acaba de decir que no podemos ir a Puente de Halcones.

Nimue entró en la caballeriza, tomó de un gancho su silla de montar y preparó a su palafrén, Dama del Crepúsculo.

—No permitiré que subas a ningún barco. No iré a despedirme de ti.

Nimue se puso seria.

—Pym…

—¡No lo haré! —repitió y se cruzó de brazos.

A Puente de Halcones se llegaba después de atravesar quince kilómetros de colinas onduladas y densos bosques. Era una ciudad lo bastante grande para atraer a sus tabernas a juglares y mercenarios y dar cabida a un decoroso mercado un jueves sí y otro no, así que para Celestes como Nimue y Pym equivalía a Roma, al mundo entero. Una impresionante fortaleza de madera dominaba la urbe desde un promontorio al norte. Más de una docena de ahorcados servían de alimento a los cuervos en el muro más elevado del baluarte, como ominosa advertencia para extranjeros y ladrones.

Pym se estremeció con tal espectáculo y se ajustó la capucha.

—Estas capas son un pésimo disfraz. Hice tareas de campo todo el día. No huelo bien.

—Te dije que no vinieras —le recordó Nimue—. Y no hueles tan mal.

—¡Eres odiosa! —rezongó.

—Y tú eres bonita y hueles a violetas —la apaciguó, aunque ella misma recogió su pelo bajo la capucha, por si acaso. Las Inefables siempre llevaban el cabello suelto, a diferencia de las mujeres de la ciudad, que lo recogían bajo una toca o pañoleta.

—¡Esto es una locura! —sentenció Pym.

—Por eso me quieres.

—No te quiero. Te detendré y me enoja que actúes así.

—Le doy emoción a tu vida.

—Le das penas y aflicciones.

Los guardias de la puerta este les permitieron pasar sin aspavientos. Dejaron a Dama del Crepúsculo en un establo próximo y enfilaron al puerto de Bahía de Suturas, un embarcadero para pescadores locales y comerciantes marítimos. Ruidosas gaviotas aleteaban sobre los cascos y botes pequeños y se arrojaban en picada contra las docenas de trampas que bordeaban el muelle, llenas de la caótica captura por la que reñían.

A medida que se aproximaban al atestado y bullicioso puerto, Nimue se dio cuenta de que Pym temblaba de nervios.

—¿Cómo sabes que te aceptarán a bordo? —preguntó la amiga.

—El Escudo de Bronce recibe a una docena de pasajeros en cada viaje. Me dicen que éste fue el barco que tomó Galván. Es el único que cruza el océano hasta los Reinos del Desierto —esquivó a un muchacho que cargaba una caja con cangrejos vivos.

—¡Claro que es el único que va a los Reinos del Desierto! ¿Qué te dice eso? Que nadie quiere ir allá. ¿Para qué tanto alboroto, francamente? Significa un gran honor que te nombren Invocadora. Las vestiduras son espléndidas y llevas joyas increíbles. ¿Cuál es el problema?

—No es tan sencillo como parece —replicó Nimue. Pese a que la quería como una hermana, sabía que a Pym no le agradaba hablar de los Ocultos. Le gustaba lo que podía ver y tocar. Ésta era una cuestión, la única con ella, en la que Nimue se guardaba sus sentimientos.

—Al menos tu madre te quiere en casa. La mía insiste en que me case con el pescadero.

Nimue asintió, comprensiva.

—El Apestoso Aarón…

Pym le lanzó una mirada iracunda.

—¡No es cosa de risa!

Cuando Nimue asimiló la magnitud de lo que estaba a punto de hacer, adoptó una actitud grave. Se volvió hacia Pym, deseosa de que comprendiera.

—Los Ancianos no me aceptarán —era una verdad a medias.

—¿A quién le importa lo que piensen esas cebollas pasadas?

—¿Y qué tal si están en lo correcto?

Pym levantó los hombros.

—Bueno, tienes visiones.

—Y cicatrices.

—¿Acaso no te dan personalidad? —insinuó—. Digo, intento ser útil.

Nimue rio y la abrazó.

—¿Qué haré sin ti?

—Entonces quédate, tonta —respingó la amiga.

Nimue sacudió tristemente la cabeza y marchó al puerto con paso decidido. Pym se apresuró detrás de ella como una gallina clueca.

—¿Y si descubrieran que eres una Inefable? ¿Y si ven los Dedos de Airimid? —murmuró.

—No lo harán —siseó Nimue—. ¿Cuidarás a Dama del Crepúsculo?

—Sí. ¿Llevas dinero?

—Traigo veinte monedas de plata —suspiró exasperada.

—¿Qué tal si te roban?

—¡Ya fue suficiente, Pym! —se acercó al calvo y sudoroso capitán del puerto, quien ahuyentaba de su mesa a unas gaviotas agresivas—. Disculpe, señor, ¿cuál de estos barcos es el Escudo de Bronce? —preguntó.

El capitán no apartó los ojos de sus listas.

—El Escudo de Bronce salió ayer.

—Pensé… pensé que… —contempló a Pym—. Galván se fue a mediados de invierno y apenas estamos en noviembre. El barco aún debería estar aquí.

—Dígaselo a los vientos de levante —replicó el agobiado capitán con voz teñida de fastidio.

—¿Cuándo estará de regreso? —Nimue sentía que su fuga se le escapaba de las manos.

El hombre la miró con párpados caídos y frunció el ceño.

—¡Dentro de seis meses! Ahora vete de aquí —cerca había surgido un altercado entre pescadores, que derribaron unas trampas y asustaron a los pájaros. El capitán las olvidó de inmediato para ocuparse de la batahola—. ¡Oigan, aquí no se permite eso! ¡Basta!

Nimue se volvió hacia su amiga con los ojos anegados en lágrimas.

—¿Qué voy a hacer ahora?

Pym le acomodó el cabello bajo la capucha.

—Por lo menos te tendré más tiempo conmigo.

Nimue miró el horizonte como si sopesara la idea de pasar seis meses más en su villorrio. Parecía una eternidad.

Pym le rodeó los hombros con un brazo.

—Haz las paces con tu mamá —dictó y la arrastró al establo.

—¡El remedio es una caravana de peregrinos! —resolvió Nimue de pronto, dio media vuelta y desfiló hacia la ciudad.

—¿Una caravana de peregrinos? ¡Odian a los Inefables! Ese grupo es el último donde deberías estar.

Aunque sabía que se sujetaba de un clavo ardiente, retornar a Dewdenn no era una opción para Nimue.

Pym la tomó del brazo con obvia intención de cansarla, sospechó ella.

—¡Espera, ya sé! —cambió de táctica—. Yo seré la Invocadora y tú te casarás con Aarón el Apestoso.

Nimue puso mala cara.

—¡Por ningún…!

—¡Así tu vida no será tan horrible!

Nimue salió disparada y Pym en su persecución.

Era día de mercado y la angosta avenida resultaba apenas transitable para los bueyes que tiraban de las carretas de cereales, los caballos de carga que remolcaban los bloques de piedra destinados a la catedral en construcción y los descalzos labriegos que correteaban a una díscola bandada de gansos. Una familia de cuatro, peregrinos a juzgar por su indumentaria, vieron con malos ojos a las jóvenes y el padre cuchicheó algo cuando pasaron.

—Son peregrinos —indicó Pym—. Incluso con estas capas saben que somos Inefables. ¿Por qué no les pediste que te llevaran? —Nimue arrugó la frente—. Conseguiremos algo de queso y pan para el camino y volveremos a casa mientras haya luz todavía —la jaló por una calle que desembocaba a la extensa plaza de la ciudad.

Se les hizo agua la boca cuando cruzaron por una nube tibia de pan recién horneado. La esposa del panadero había instalado una mesa de hogazas grandes y frescas adosada a otra, que ofrecía tartas de queso y pastelillos con especias. Un malabarista cubierto con una túnica raída saltó de súbito junto a ellas; una compañía actoral levantaba un tablado en las inmediaciones.

Pym aplaudió y los ojos de Nimue vagaron al otro extremo de la plaza, donde encontraron a dos jinetes de sotana roja que observaban a la multitud con rostro huraño. Eran muy jóvenes, de la misma edad que ellas, y exhibían la calva tradicional al centro de la tonsura. Los dos eran delgados, aunque uno le sacaba al otro una buena cabeza de alto. Nimue le apretó la muñeca y orientó con la suya la mirada de Pym hacia los jinetes.

—Creo que son ellos.

—¿Quiénes? —la amiga examinó el gentío.

—Los Paladines Rojos —Pym se quedó sin aliento y se llevó la mano a la boca—. No vayas a armar un escándalo —la bajó con ojos muy abiertos y alterados—. Quisiera acercarme…

Nimue rechazó su intento de retenerla y lentamente se abrió paso entre la muchedumbre mientras los paladines espoleaban a sus potros en dirección al borde contrario de la plaza, por una hilera de puestos de objetos artesanales. Se detuvieron en una mesa con espadas. Uno de ellos le dijo algo al herrero, quien asintió, y seleccionó enseguida un puñal entre las cuchillas dispuestas sobre la mesa, que le tendió al otro. Este último inspeccionó la hoja, la aprobó con una elevación de hombros y la escurrió dentro de un pliegue de sus alforjas, para animar después a su caballo a avanzar al puesto contiguo. El herrero reclamó airadamente su pago. El monje menudo dio vuelta en su montura, trotó hasta el artesano y le clavó la bota en el pecho con tanto vigor que lo tiró sobre la mesa en medio de un estrépito de espadas. El religioso giró alrededor de su víctima para saber si tenía más palabras que asestarle. No las tuvo; se retiró a su puesto. El jinete resopló y miró alrededor en busca de otro valiente. Comerciantes y campesinos mantuvieron gacha la cabeza y formaron un amplio círculo en torno a él, para que fuera a reunirse satisfecho con su hermano, en poder de la daga robada.

—¡La hurtaron así, sin más! —Nimue estaba ofendida.

—¿Y eso qué? —Pym se encorvó para hacerse menos espigada y visible en la multitud.

Nimue sintió que el estómago se le retorcía de coraje. Seguía a los paladines a cincuenta pasos, a fin de utilizar como protección a los peones, buhoneros y peregrinos. Su anonimato se complicó cuando los religiosos doblaron hacia una calle estrecha en la esquina del ayuntamiento y el tenderete del maestro de la balanza. Nimue condujo a Pym por una galería descubierta de arcos abovedados donde se vendían canastas de hierbas y verduras, y siguió entre las columnas el vaivén de las cabezas de los monjes hasta que se perdieron de vista. Hizo una breve pausa antes de arrastrar a su amiga a la linde de la galería y la angosta calle. Caballos de carga se interponían entre ellas y los paladines, quienes se sumaron a otro par de hermanos a caballo debajo de un andamio de tres pisos en el que unos trastejadores reparaban un techo erosionado. Las chicas se guarecieron en un acceso treinta pasos atrás mientras los paladines hablaban en voz baja.

—Ya los vimos, ahora vámonos —siseó Pym y la jaló de la manga.

Nimue la abandonó en el zaguán y se deslizó junto a otro caballo de carga que procedía pesadamente desde la plaza. Dio varios pasos a un lado del animal, que segundos después interrumpió el coloquio de los paladines porque la calle no era lo bastante amplia para todos. El mampostero que viajaba en lo alto del carretón puso cara de vergüenza.

—Disculpen, hermanos —intentaba evitar al grupo.

Los monjes arrugaron el entrecejo una vez que la carreta se impuso sobre sus caballos. Nimue se infiltró en medio de ese desorden y sacó de la alforja del ladrón la daga robada, que escondió bajo la manga sin el menor contratiempo. Cuando el monje menudo volteó en su dirección, lo único que vio fue un destello de faldas que torcían en una esquina.

Pym dejó el zaguán y corrió al jaleo de la galería. Respiraba más tranquila cuando una hoja larga apareció en su garganta y la paralizó.

—¡Dame todo tu dinero! —rugió Nimue en su oído.

Pym giró y la emprendió a bofetones contra ella, cuya risa resultó contagiosa.

—¡Me haces daño! —se cubrió la cabeza.

—¡Merecido te lo tienes por loca! —continuó Pym hasta que una verdulera les reprochó que hubiesen volcado un balde con coles.

Corrieron a la plaza entre la gente. Nimue se aproximó al puesto del herrero justo en el instante en que un martillo resonaba bajo la carpa y devolvió la daga robada a su lugar original sobre la mesa.