A partir de los 40 todo te queda pequeño

Sylvia Kling

© 2020. Ediciones Especializadas Europeas, SL

EEEliteraria

www.eeeliteraria.com

Diseño portada: Nele Schütz

ISBN: 978-84-121078-7-6  

Todos los derechos reservados, incluyendo, entre otros, conferencias públicas y transmisiones por radio y televisión, incluidas partes individuales. Ninguna parte del trabajo puede reproducirse de ninguna forma (por fotografía, microfilm o cualquier otro medio) o procesarse, duplicarse o distribuirse utilizando sistemas electrónicos sin el permiso por escrito del editor.

El comienzo del espantoso final de mi pubertad tardía

Era un día como cualquier otro, eso es lo que pensaba. Me levanté por la mañana y preparé el desayuno para mi hijo Julián, de ocho años. Mi marido Harry, como todas las mañanas, animó al niño: "¡Oye, vamos, que nos vamos!” Besé a mi marido y a Julián, quien me miró con sus ojos vivaces y alegres y trató de poner su enorme mochila en su pequeña espalda. Cerré la puerta y desde la ventana de la cocina vi el coche alejándose. Todo como de costumbre. Hoy todo me estaba saliendo bien y decidí no perder el día en molestas tareas de la casa, sino dedicarme exclusivamente a mí misma. "Me arreglo el pelo, me pongo crema, me depilo las cejas, me visto un poco mejor de lo normal y voy al centro comercial a buscar por fin los zapatos de mis sueños para la próxima primavera. Este mes tengo que darme un gusto", me dije, como si primero tuviera que asegurarme de que me lo había ganado.

Me metí en la ducha, me lavé el pelo, me puse crema corporal y me dejé llevar por una retahíla de pensamientos eufóricos. También me vendría bien una toalla nueva. Sabía que tenía por lo menos veinte toallas y sólo utilizaba unas ocho, pero estaba absolutamente convencida de que me encantaría la nueva toalla. Así que todo fue como siempre. 

Ya en el dormitorio me consideré preparada para ese maravilloso día en el que, después de unos meses de enfermedad, me sentía como nueva. El sol parpadeó tímidamente a través de las cortinas. Era un invierno benigno que, sin embargo -como siempre- me hacía sentir un poco somnolienta y deprimida. Me quité el albornoz y empecé a revolver la ropa de mi armario en busca del vestido más apropiado para la ocasión: negro, marrón, verde, negro, negro, blanco, blanco, rojo oscuro, negro, negro, negro. Una vez más me di cuenta de lo monótona que era mi ropa. Decidí no torturarme más y elegí una blusa blanca en corte babydoll. Durante mi enfermedad me puse la mayor parte de mis “mejores” pantalones de jogging. Era lo que necesitaba entonces, cuando llevaba una vida de ermitaña. No es que lo quisiera así, no, me vi obligada a hacerlo.

Hubo semanas en las que pensé que los demás vivirían mi vida conmigo. ¡Cómo  reían, cómo se movían, cómo se atrevían a estar sanos! Eso ya se había acabado. Le había puesto en claro a la enfermedad adónde iba yo y que no era una mujer que pudiera ser maltratada fácilmente con ataques de fiebre, neumonía, inflamación de la pelvis  y otras deficiencias inmunológicas. Era mi vida y decidí recuperarla. 

Los pantalones que quería ponerme ese día no eran vaqueros, sino el único y más maravilloso pantalón de algodón negro que jamás había tenido. Llevada por la euforia, elegí mentalmente los zapatos: botas negras con tacones bajos. Yo era más alta que la mayoría de las mujeres y rara vez o nunca me ponía zapatos de tacones altos. Satisfecha con la elección, quise hacer la prueba. Intenté ponerme la blusa blanca por la cabeza, pero como todavía llevaba el turbante de toalla no me resultó nada fácil. Sin pestañear y con paciencia pasé mi cabeza a través de la abertura de la blusa. De pronto me di cuenta de que algo andaba mal. La pieza no se adaptaba a mi cuerpo como cuando la compré, sino que literalmente se pegaba a mi pecho, vientre y caderas. Sentí que me estaba estrujando. Busqué una justificación instintivamente: "Se ha encogido", me dije. Era difícil tragarse tan magnífica mentira, más que nada porque nunca había lavado esa prenda, este era su punto débil.

Tenía delante los pantalones. Me moví con gracia, pues finalmente estaba delgada y era más flexible. Podría moverme así. Me puse los pantalones tarareando. "Todo es tan extraño hoy", pensé. "Bueno, me he puesto crema corporal fresquita y la tela no se desliza bien", me dije para tranquilizarme inmediatamente. Los pantalones se enfrentaban ahora a su mayor desafío desde que los tenía. Se abrieron paso por mis muslos con esfuerzo, se pararon e indicaron a mi trasero que hiciera movimientos sinuosos para poder maniobrar con las caderas. Mi trasero obedeció sin resistencia y la pretina de los pantalones llegó no sin dificultad y angustia a la cintura, cruzando el vientre con valentía.”¡Vamos, arriba, un poco más!”. “¡No es para tanto!" No fueron los pantalones los que me hablaron así. Eso ni siquiera era necesario, porque mis dedos trataron de presionar el botón en el ojal, cosa que no pudieron hacer. Mis manos ordenaron a mi vientre que se retirase. Obedeció con refunfuños y gruñidos. También hice algunos ejercicios de respiración. Contuve la respiración. ¡Nada de eso, tengo asma! Eso es una tontería. Lo bien que funciona y lo plano que se siente mi estómago ahora, maravilloso. ¡Oh, eso es genial! El botón encontró su camino hacia el ojal. Pasaron unos segundos, que a mí me parecieron interminables.

Me sentí mareada, todo giraba a mi alrededor, mis bronquios me decían que necesitaban desesperadamente este rico aire del bonito frasco de espray azul. Cedí a su petición rápidamente porque guardaba el frasco en mi mesita de noche. En seguida volví a respirar bien y me sentí alarmada. Sin embargo, la señal de alarma no vino de mi pecho, sino de mi alma de mujer (¿niña?).

Lentamente mi cabeza se giró hacia el espejo. Tenía la sensación de que el suelo se movía bajo mis pies. En mi cabeza giraba todo, todo a mi alrededor desaparecía en la nada o parecía roto. ¿Era así cómo se sentía uno en un terremoto? En el espejo encontré algo que parecía una salchicha. Mis pechos estaban literalmente saliendo de la bonita y delicadamente cosida pechera de encaje fino. La costura debajo de la pechera desapareció en la espalda en un reborde adiposo. Mis siempre alegres caderas de chica, pero hasta ahora maravillosamente femeninas, incluyendo el vientre carnoso, se comportaban como en un campo de batalla y.... y... ¡Socorro! Ora me miraba por un lado, ora por el otro, pero el espejo me devolvía la misma  imagen sin piedad. La revelación me fue dada con tanta violencia que me derribó: ¡Estoy gorda!

Agotada me hundí en la cama, incliné la parte superior de mi cuerpo hacia adelante y me tapé la cara con las manos.¡Ya no podía ver nada! Oscuridad, necesitaba oscuridad, claramente. "¿Por qué no me he dado cuenta de esta miseria antes? ¿Por qué no la he visto hasta hoy? No me he engordado de la noche a la mañana, así, tan de repente. Inmediatamente, pensé, con desesperación, en lo que había comido el día antes: un panecillo de trigo con miel (¿por qué no integral, estúpida pava?), una sopa de pollo (hum, bastante bien), un trozo de tarta (no es cierto, ¿Verdad? Deletrea la palabra “tarta”). Sé razonable, sé realista, hubo días en que comiste más, mucho más, mucho más. Entonces me dije:¡ Así que esta es la causa! ¡Vaca comilona! Presa de mi autodestrucción, me insulté con todas las expresiones que se me ocurrieron y di por lo menos diez vueltas alrededor de la cama. Mi pelo mojado me azotaba las mejillas como para confirmar mi fealdad. Lo toqué brevemente. ¡Estúpido pelo! Oh, cómo me gustaba antes, cómo me envidiaban este pelo fuerte y castaño. Me senté en el borde de la cama, ahora aún más exhausta. ¡Pelo, pelo, sí! ¡Y mi cara, por supuesto! ¡El rescate! Sí, yo era una criatura de cara al sol (al menos eso es lo que siempre pensé), así que tomé la decisión de levantarme y correr hacia mi rescate, de salir del lodo y volver a quererme. Con cuidado alisé la parte superior de la blusa en corte babydoll, que en realidad no tenía arrugas porque estaba firmemente ajustada a mi cuerpo. Me dirigí con pasos firmes al lavabo pensando, aliviada, que sólo podría ver mi cara.

Oh, la luz estaba apagada. Mi marido había colocado una lámpara en el espejo para que "la mujer se vea mejor cuando se maquilla", como él decía. Encendí la luz. Con buenos presagios y con la voluntad todavía intacta de olvidar la destrucción de mi belleza unos minutos antes y de castigar a las mentiras, abrí los ojos. El drama echó a andar lentamente, pero no pudo ser detenido. Primero vi como mis ojos, que antes eran grandes y color avellana, se hundían en un tropel de sombras, a su vez rodeado de patas de gallo y una impotencia penetrante e inconfundible.

Luego me miré a la nariz con las dos fosas nasales de diferente tamaño que nunca me habían molestado antes, hasta hoy. De alguna manera hoy todo era diferente, hoy todo era un horror. ¿No era mi nariz cada vez más grande y deforme?

Vi a una mujer de mujeres con mi ojo espiritual, como las que me encontraba a diario: triviales, marcadas por la vida, con ojos llorosos y nariz descompuesta. Pero eso no era suficiente. Mi mirada bajó un poco, esperando ver una boca bella, llena y sensual. Y se produjo el impacto. “Oh, estoy a punto de caer", pensé. Por supuesto que no me caí, pero miré ese cristal escandaloso con los ojos bien abiertos. En cuestión de segundos pensé en el espejo, entonces en la tienda Douglas, que una vendedora excesivamente maquillada sostuvo delante de mí para demostrarme que mi piel de ninguna manera era tan maravillosa como yo pensaba y que cada pequeña impureza que contenía era como una acumulación de fango. Ese espejo me dejó claro que el maquillaje más caro no es suficiente para que yo vuelva a sentirme guapa y superar mi propio disgusto.

Ahora esta miseria era obra de mi propio espejo, ¡qué desastre! Las comisuras de mi boca se desplomaron. Junto a ellas vi muescas profundas que atestiguaban amargura y dolor. "Ya tengo una boca como la de Ángela", exclamé y esta frase resonó en el baño. ¿Por qué mi marido tuvo que construir un baño tan grande con tanta acústica? Nadie tenía un baño tan grande. ¡Mierda, todo es una mierda! ¿Qué debo hacer con la mujer extraña que veo en el espejo? 

La siguiente revelación me pasó por encima como una bola de fuego: ¡Soy vieja! El día había terminado. Nada era como de costumbre. Mi bufanda favorita seguía siendo la roja burdeos que había comprado para mi 44 cumpleaños. Nunca volveré a comprar. ¡Nunca más! De mi talla sólo hay sacos. ¡No puedo vivir mi vida como un saco! ¿Qué se hace con un saco? Se tira a la basura, especialmente cuando es tan viejo y pesado! ¿Quién sabe si volveré a salir a la calle en esta vida? 

Nadie me mirará. La gente huirá, se disgustará o se reirá de mí, me enviará a los nutricionistas, a esas personas que antes, en mi frivolidad infantil, pensaba que eran completamente superfluas. O peor aún: me preguntarán si ya he pensado en ahorrar para mi funeral, como hacen los ancianos para no ser una carga para sus hijos después de la muerte... ¡Estoy en las últimas! Mi vida está acabada, vieja, fea y arrugada, así estoy.


Hombres y mujeres o el sexo

Mi marido llegó a casa por la noche, aunque este día no era como cualquier otro. Julián estaba tan movido y agitado como siempre, charlaba ininterrumpidamente y se acostó después de la cena para abrazarme. El niño yacía en mis brazos, se dejaba acariciar y ronroneaba como un gato. Al menos eso fue como siempre, hasta ahora. Hoy no había salido de casa, había limpiado el apartamento y no me había tomado un descanso (como siempre, cuando no podía hacer nada conmigo misma o cuando tenía sentimientos incómodos que no necesitaba). Pasé por delante de los espejos sin mirarme una sola vez. Mi alma de mujer, profundamente herida, estaba sufriendo. Me distraje con la normalidad de los rituales nocturnos y me calmé un poco con eso.

Pero entonces Julián de repente me abrazó en un momento de euforia y dijo con voz dulce: "Oh, mamá...". Pensé, ahora viene "te quiero tanto" o "eres la mejor mamá del mundo". Pero estaba completamente equivocada. Mi hijo exclamó con total convencimiento: "¡Eres taaaan bonita (...), tan suave! ¿Qué? Contuve la respiración. Nadie me había dicho eso antes. También me sentía orgullosa de no ser suave, sino delgada (en general era demasiado delgada, eso antes, bastante antes, mucho, mucho antes). Las palabras de Julián resonaron en mi cabeza: "Eres tan bonita ..." (No, esta oración es perfecta, tal como quería escucharla) "... suave". Delgada, gorda, gorda, deforme, gruesa, regordeta, el mejor reparto para el papel principal en un espectáculo de monstruos del sobrepeso, y pensé en una de esas superfluas y embrutecedoras series titulada "The Biggest Looser".   ¡Sí, puedo apuntarme! La idea de un club rondó en mi cabeza. "Querido.." le pregunté al pequeño con una mirada acechante, "¿qué quieres decir? (¡El pobre niño, atrapado en la locura de la menopausia de su madre!). Julián me miró, dejó ver su sorpresa y me dijo con toda naturalidad (sí, por qué no, no hay nada más, ¿verdad?): "Bueno, que eres muy suave. Tu vientre es bonito y suave y puedo acurrucarme contigo tan bien que todo es cálido y suave". Y para subrayar sus palabras, se aferró a mí como un mono y parecía querer desaparecer en mí y en mi masa corporal. Mi cuerpo se tensó, todos los músculos se tensaron. Mi descubrimiento, que sólo tenía unas pocas horas, volvió a rebullir en mí y pareció querer sobrepasarme. ¿La felicidad de esta noche? Yo era demasiado madre para mostrarla a Julián (y una actriz casi dotada), así que lo besé y lo escuché y guardé mis sentimientos en un lugar seguro. Sobrellevé la situación como una mujer adulta (¿en serio?). Desafortunadamente, ya era demasiado tarde para limpiar.

Las telenovelas me llenaron la cabeza de nueva información inútil y comencé a relajarme por primera vez ese día. Durante la pausa comercial, Harry y yo fuimos a la cocina para darle a nuestro vicio. Inhalé el humo profundamente y gemí. Mi marido me miró (¿por qué me conocía tan bien después de tantos años juntos?) y dijo: "Cariño, ¿qué te pasa?", "Nada", dije, con una cara que revelaba que era todo menos nada, que era todo. Pero yo estaba metida en el túnel de mi desesperanza. Cuando nos metimos en la cama, quiso acariciarme. “No”, gruñí. No es que yo no hubiese proferido esta palabra otras veces antes. En esta ocasión, sin embargo, el tono no admitía réplica. Era una prohibición, no un simple “no”. “¿Qué pasa, dime, por favor?”, dijo Harry. “Que no quiero que me toques no significa que tenga que haber algo”. Bueno, ¿entonces qué? ¿Era yo tal vez una muñeca que uno podía acariciar tanto como quisiera? No, no lo era. Punto. Mi marido apartó su cara y dijo: “Está bien”, y se apartó.

A mí tampoco me gustó eso. Tenía que esforzarse un poco más por mí y no darse por vencido de inmediato. ¿Dónde encuentras esto? (Bueno, en los hombres, ¿dónde, si no?) Pasaron unos minutos. La revelación me seguía carcomiendo o me carcomía de nuevo. “Estoy gorda”, solté. Harry se volvió hacia mí y sonrió. (¿Qué tiene de gracioso? ¡No me parece gracioso!) "¡Oh, cariño...!" (Ahora no me vengas con eso: "¿Qué te hace pensar eso?"). Eso es lo que dicen los hombres cuando son sorprendidos en una infidelidad!) "No estás gorda!" (suspirando). "Pero...", le pregunté. "¡Eres hermosa, mujer...!" (Exactamente, femenina... Una mujer femenina es regordeta. ¿Cómo podía él, mi propio marido, decir algo tan terrible?) "Mujer, aha", ahora me encabrité.

¡Ay, caray! De repente, pasó su mano por mi vientre. Me puse tensa otra vez y traté de contraer el vientre. Después del embarazo y el parto mi musculatura desafortunadamente no se pudo recuperar y mi pared abdominal, con sus muchas y profundas estrías del embarazo, se tambaleó. "¡Me encanta tu barriga! Para mí es el signo de tu feminidad. Y me gusta acariciar esas estrías del embarazo. No sé por qué, pero es así". Nada de consuelo, por favor, quiero y debo torturarme... ¡no! ¡Basta! ¡Basta! "Me encanta lo bien que se curva cuando te acuestas de lado." Su mano bajó desde mi cintura hasta la cadera. ¡Y ahora eso! Mi marido, el psicólogo aficionado (o ¿el amante?). 

¿Ahora se le llama “curva”? Una paráfrasis psicológica de alta calidad para mis nalgas de caballo, ¡respeto! "¡No soy hermosa! Era hermosa, ¡incluso hace ya unos años!" Harry se rió y dijo: "¿Quieres decir hasta que nos casamos?" No me pareció nada gracioso y dije con obstinación: "Sí, hasta entonces". Mi marido tenía el don de no responder a mis aires de grandeza y dijo con la paciencia de una oveja (¡y luego también con voz de ángel!): "Para mí eres la más bella". "Hum", gruñí y me metí de nuevo en mi túnel. Todos dicen eso y ¿luego? Después encuentran una más bonita (o realmente bonita) ¿Y de qué me servía que él me amara tal y como yo era, si yo no me quería a mi misma? Harry no me entendió.

"¡Va y me cuenta que mira porno a escondidas", resoplé y desaparecí en el baño para meter mi masa corporal en la ducha. Sexo, qué tema. Siempre me ha encantado el sexo. Cuando estaba delgada y divina, no me veía, con mi camisa de seda fina, como un hipopótamo en una tienda de cortinas. Caminaba con gracia, con piernas largas y delgadas por delante de la víctima de mi deseo para deleitarme en su babosa mirada. Todavía jugaba con mis encantos como si nunca hubiera hecho otra cosa en mi vida. ¿Y ahora qué? Ahora ya no tengo más lencería fina. Cuando la vi, pensé que tenía lonas para cobertizos con material defectuoso delante de mí. Pero permanentemente no podía ni quería escapar del sexo. Con la luz apagada. Sólo para no ver estas montañas: tenía brazos como otras tienen piernas. Cuando Harry quería follarme por detrás, mi vientre se tambaleaba como el pudín que le gusta a mi hijo. Me llamé a mí misma "cerdo vietnamita". Por eso nunca me lavaba el pelo desnuda en la bañera. Mirar hacia abajo y ver mi abdomen colgando en el borde de la bañera me habría llevado al suicidio. 

"Tienes unas tetas muy grandes y bonitas", jadeó Harry, quien se agarró a estas cosas colgantes y tambaleantes como si trabajara una masa para hacer pan. Hum, sí, claro. Solía tener una talla de copa B, una circunferencia de 75. Ahora pongo estos pechos tambaleantes en una 95 doble D. Incluso tuve que moverlas para que encontraran su lugar en cada centímetro y nada sufriera aprietos. Parecía una vaca lechera que no había sido ordeñada durante mucho tiempo! Tampoco podía separar bien las piernas. Menos mal que mi marido era un hombre muy delgado. Así que al menos podía recostarse en el espacio a su disposición entre las piernas. ¡Oh, mierda! Ahora recordé el intento, hace unos días, de volver a los viejos tiempos y follar en la mesa de la cocina. Sentí náuseas. ¡Ya es una hazaña subirme a la mesa! 

Hace unos años, Harry quiso hacerlo en la cocina. Me levantó como un pajarito y me sentó en la mesa de la cocina, rompió el tanga (entonces todavía llevaba tanga) por un lado para follarme. Su boca chupaba los tiernos brotes de mis lindos pechos. Todavía podía sacar la cabeza sin problemas de mi base de vaca lechera.

Así que tuve problemas para mantenerme en la pequeña encimera de la cocina, que era suficiente para mí en el pasado. No podía mantener mis piernas tan flexibles en el aire y fingir que no me costaba el menor esfuerzo. Apoyé mis brazos detrás de mí para poder sostenerme. Por supuesto que no me olvidé de gemir, siempre con la esperanza de que mi marido mojara y me soltara ràpidamente. "Ahhhhhhh, sí, fóllame, vamos, sigue, dame fuerte, cabra caliente!" Al menos mi vocabulario no estaba oxidado.

Finalmente llegó el clímax. Me dolían todas las articulaciones. Agradecida y cómodamente me bajé de la mesa de la cocina y valientemente me mordí el labio inferior. Sentí como si mis piernas fueran a doblarse en cualquier momento. Miles de hormigas parecían arrastrarse por mis brazos. Besé a Harry de todo corazón, que parecía sentirse bien. "Sigues siendo tan buena como siempre, yegua cachonda, tú", me susurró y aplaudió mi trasero. Eso me recuerda que ni siquiera lo había mencionado todavía. No era para tanto en comparación con otras partes de mi cuerpo. Seguramente porque nunca lo miré. Al menos no era tan llamativo como mis caderas. Probablemente reclamaban toda la atención para sí mismas.

Mientras bajaba de la mesa mis piernas pegajosas, tal y como mi marido me había dejado, puse mi mirada de yegua glamurosa, lancé mi largo pelo por encima de su hombro y ronroneé: "¡Sólo soy tan buena como tú y tu verga gorda y caliente! Obviamente le gustó eso. "Si sigues hablando así, repetiremos", me susurró, besándome y agarrando mi culo. ¡Por el amor de Dios!


Nunca seré una campista aficionada

Los días siguientes fueron más tranquilos para mí. Había tomado una decisión fenomenal. Cuando fui arrastrada tan rápidamente y sin preparación a la menopausia, a la edad de casi cuarenta y cinco años, arrancada rudamente del mundo de las chicas, tuve que hacerlo con dignidad: silenciosa y pacientemente. No necesitaba una bufanda nueva, ni bonitas botas para la próxima primavera, sino claramente túnicas y ponchos, bajo los cuales podía esconder todo lo que mi última dignidad de joven pretendía robarme. También mis pechos decidieron desarrollar una vida propia. Imagina a esa mujer: todavía tiene que soportar el cambio de dos preciosas pelotas de tenis a dos voluminosos globos. Pero también pensé en mis preciosos tangas de cuerda, que me habían gustado mucho durante años. Cuando ahora me probé diversos tangas, algunas montañas antiestéticas (especialmente porque la base del tanga parecía estar extremadamente desequilibrada) salieron a la izquierda y a la derecha del triángulo de la braguita. Me hubiera encantado mantener la vista (y a mi marido también), pensando en mi educación y en mi madre, que solía decir casi a diario: "Siempre tienes que vestirte de tal manera que no tengas que avergonzarte si alguna vez tienes que desnudarte". En otras palabras: si me pasaba algo y tenía que desvestirme en la consulta, el médico no debía asustarse ni entrar en coma.

Así que había llegado la hora de ir de compras. Pensé en qué toldos enormes compraría ahora. Como no encontraba mi inmensa y nueva talla de ropa, tuve que inventarme historias despiadadas para las dependientas. Me acordé de las palabras de mi madres en el momento adecuado. Esta mujer, que a la edad de setenta y cinco años todavía quería tener un aspecto como para competir con la supermodelo Heidi Klum, se atormentó toda su vida con dietas y exigía a las demás que compitieran con la más bella de las bellas. Ahora yo quería eliminar a esa mujer. Lo mejor de esta pequeña venganza, que tuvo lugar sólo en mi conciencia, era que mi madre nunca se enteraría de ella.

Así fue mi primera compra: al principio la tienda parecía bastante normal. Me moví de un lado a otro entre los tiovivos de ropa, miré ensimismada algunas camisetas y traté de concentrarme en el propósito real de la compra. Tuve que acostumbrarme al olor de la tienda, sentir empatía y adaptarme. Era como siempre cuando iba de compras. Pero esta vez estaba bajo una tensión extrema. Lo disimulé con el paso erguido, la barbilla hacia adelante y el pelo hacia atrás, porque notaba la mirada atenta de la dependienta del otro lado de la tienda sobre mí. 

Tocaba las cosas sin percibirlas. Mi mirada estaba nublada. Entonces, los sostenes que estaban detrás de mí me llamaron la atención y mi mirada se tornó más clara. Sostenes negros, rojos, blancos y naranja me animaron de repente. Me dirigí hacia ellos con paso firme y temblé internamente de emoción. Toqué la tela del sostén rojo, que parecía bastante grande, y respiré profundamente. Luego miré la etiqueta: 90 doble D y eso me hizo mirar más de cerca el sujetador. Lo saqué de la percha y no podía creer lo que veían mis ojos. Los tirantes tenían al menos tres centímetros de ancho y la parte trasera de las copas era todo menos delicado. ¡No es posible! Me acordé de mis antiguos sujetadores, cuyos tirantes tenían como mucho un centímetro de ancho y una delicada vuelta. Algunos incluso tenían sólo tirantes de espagueti, estaban decorados con bordados, cintas o encajes.